León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar
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Capitulo 15
Kim apretaba la mano de su madre como si temiera que fuera a desaparecer. La mujer, aún temblorosa, con la mirada perdida en algún lugar entre el horror vivido y la incipiente conciencia de la libertad, comenzaba lentamente a registrar que estaba a salvo. Que el infierno, después de tantos años, había quedado atrás.
—Muchas gracias —dijo Kim, mirando a León con los ojos brillantes de lágrimas no derramadas—. Por todo. Por traer a Mateo. Por... por esto.
León observó la escena frente a él: una hija sujetando a su madre, ambas vivas, ambas fuera de ese lugar maldito. Y por primera vez en su vida, no vio "una alfa y una omega". Vio dos víctimas. Vio dos personas que habían sufrido por el mismo sistema de mierda que a él lo había marcado para siempre.
—No es nada —respondió, y por una vez, lo dijo en serio.
Martina apareció a su lado, tocándole el hombro con la familiaridad de quien ha compartido trincheras.
—León, necesito tu ayuda adentro. Un par de trámites para el ingreso de la nueva paciente.
León asintió y la siguió sin mirar atrás, dejando a Mateo solo en la sala de espera.
El alfa se quedó allí, sentado en una de esas sillas incómodas de plástico, con las manos entrelazadas sobre las rodillas y la mente aún revolucionada por todo lo que había pasado. El rescate. La pelea. La mirada de León cuando lo vio pelear.
Fue entonces cuando una joven omega, de las que trabajaban en la organización, se acercó con curiosidad mal disimulada.
—Es la primera vez que veo a León con un alfa —dijo, sentándose a su lado sin pedir permiso—. La verdad, me sorprende.
Mateo la miró, sin saber bien qué decir.
—¿Por qué?
La joven sonrió, con un dejo de ternura que suavizó sus facciones.
—Porque ese chico... ha sufrido mucho. Más de lo que te imaginas. Cuando llegó aquí, apenas hablaba. No confiaba en nadie. Pasaba las horas mirando al vacío, como si todavía estuviera atrapado en sus recuerdos. Verlo ahora, trayendo a alguien, trabajando con vos, mirándote como te mira... es un milagro.
Mateo sintió un nudo en la garganta. Un nudo caliente, doloroso, hermoso. Miró hacia la puerta por donde León había desaparecido, como si pudiera verlo a través de las paredes.
—No te voy a mentir —continuó la joven, con un tono más serio pero aún amable—. Acá todas lo queremos. Es como nuestro hermano menor. El que rescatamos entre todas, el que vimos renacer poco a poco. Así que... tené paciencia con él. Y por favor, no le rompas el corazón. Porque si lo hacés, vas a tener problemas con todas nosotras.
Mateo soltó una risa suave, conmovido hasta los huesos.
—Eso no va a pasar —dijo, y su voz tenía una certeza que lo sorprendió a él mismo—. Jamás. Él es... la parte más importante de mí. Es mi destino.
La joven lo miró, evaluándolo con esos ojos que habían visto demasiado. Luego asintió, satisfecha.
—Bien. Me alegra que lo tengas claro.
Mateo volvió a mirar hacia la puerta. Y en ese momento, como si el universo quisiera recompensar su espera, León salió de la oficina.
Tenía una carpeta en la mano, y caminaba distraído, repasando mentalmente los trámites pendientes. El cabello pelirrojo, ese rojo único que Mateo amaba tanto, estaba alborotado, como si se hubiera pasado los dedos varias veces. El ceño ligeramente fruncido por la concentración. La postura erguida pero sin rigidez, más relajada que cuando se conocieron.
Era hermoso. Era único. Era suyo.
Mateo sonrió, con una sonrisa que le iluminó toda la cara, que le cambió la expresión, que lo transformó por completo. Y en ese instante, con el corazón latiéndole fuerte pero tranquilo, supo que esperaría el tiempo que fuera necesario. Que lucharía cada día. Que no importaba cuánto tardara León en perdonarlo del todo, en confiar sin reservas, en entregarse por completo.
Porque él ya había tomado su decisión: amarlo, siempre. En las buenas, en las malas, en la distancia y en el reencuentro. En la salud y en el trauma. En la risa y en las pesadillas.
Siempre.
León levantó la vista en ese momento, como si hubiera sentido la intensidad de esa mirada sobre él. Sus ojos se encontraron a través de la sala de espera.
No hubo sonrisa de su parte. León no sonreía fácilmente, no todavía. Pero sí hubo algo más. Un pequeño, casi imperceptible, relajamiento en sus hombros. Una cesión mínima de esa armadura que había construido durante años. Un "estoy bien contigo cerca" que ninguna palabra podía expresar aún.
Mateo lo vio. Lo entendió. Lo atesoró.
Era suficiente. Por ahora.
Y mientras la organización seguía su curso, mientras Kim abrazaba a su madre y Martina llenaba formularios y la vida continuaba, Mateo se quedó allí, sentado en esa silla incómoda, mirando a su omega con todo el amor del mundo.
Porque había aprendido que las cosas buenas toman tiempo. Que el amor de verdad no apura, no presiona, no exige. Que a veces, un pequeño relajamiento de hombros vale más que mil palabras.
Y él tenía toda una vida para esperar.
Toda una vida para amarlo.
Toda una vida para demostrarle que, contra todo pronóstico, contra todos sus miedos, contra todo su pasado...
Los milagros existen.
Y León era el suyo.
espero el siguiente capítulo