Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.
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El código rojo de los nervios
...CAPÍTULO 16...
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...SEBASTIÁN VÉLEZ ...
Salí del apartamento con la maleta de Luciana en una mano y una bolsa con sus gachas de avena favoritas en la otra. Tenía la piel todavía roja por el agua caliente y la mente un poco más centrada gracias al "terapia" improvisada de mis gatas.
Pero en cuanto cerré la puerta con llave y me di la vuelta, el aire se me escapó de los pulmones una vez más.
Apoyada contra la pared del pasillo, oculta en la penumbra que la luz del techo no alcanzaba a iluminar, estaba ella. Vanesa.
Se veía desastrosa. El cabello, que siempre llevaba impecable, estaba enmarañado; tenía ojeras profundas y la ropa que usaba en la obra estaba sucia y arrugada. Pero lo que más me heló la sangre no fue su aspecto, sino su mirada: tenía ese brillo vítreo de alguien que ya no tiene nada que perder.
—Sebas... —susurró, y su voz sonó como el roce de un papel de lija.
Solté la maleta de Luciana de golpe. El sonido seco del equipaje contra el suelo del pasillo resonó como un disparo. Mi primer instinto fue abalanzarme sobre ella, pero me obligué a frenar.
—¿Qué mierda haces aquí, Vanesa? —solté, con una voz que salió desde lo más profundo de mis entrañas, cargada de un odio que no sabía que podía sentir—. La policía te está buscando por toda la ciudad. Tu madre te dio la espalda. ¿Y vienes aquí?
Vanesa dio un paso hacia adelante, saliendo de las sombras. Dio una risita nerviosa, casi un espasmo.
—Tuve que venir... Necesitaba explicarte. Todo se salió de control, Sebas. Yo no quería que ella se cayera, solo quería que se alejara de ti. Ella te tiene atrapado, ¿no lo ves? —Se acercó un poco más, ignorando el hecho de que yo estaba apretando los puños tanto que me dolían los antebrazos—. Vine a decirte que podemos irnos. Mi mamá cree que me quitó todo, pero yo tengo dinero guardado. Podemos desaparecer antes de que ella...
—¿Antes de que ella qué, Vanesa? ¿Antes de que mi esposa muera por tu culpa? —le espeté, dando un paso agresivo hacia ella. El pánico que sentía antes en el apartamento se transformó en una furia fría y letal—. Luciana está en cuidados intensivos. Tiene costillas rotas y una conmoción cerebral. Y por si no lo sabías, está embarazada.
Vanesa se detuvo en seco. Su rostro, ya de por sí pálido, se tornó de un color grisáceo. Abrió la boca pero no salió ningún sonido. Por un segundo, pensé que la noticia la haría recapacitar, pero luego su expresión cambió. Sus ojos se entrecerraron y una sonrisa torcida, puramente malvada, apareció en sus labios.
—¿Embarazada? —repitió con un tono que me dio náuseas—. Vaya... qué puntería. Entonces supongo que el empujón no fue suficiente.
En ese momento, vi que su mano derecha estaba escondida detrás de su espalda. Un escalofrío me recorrió la columna. No estaba aquí para pedir perdón. Estaba aquí para terminar lo que empezó porque ya no tenía salida.
—Vanesa, entrega lo que tengas en la mano y lárgate de aquí antes de que cometa una locura —le advertí, bajando la voz a un tono peligroso.
—Si no eres para mí, no vas a ser de esa santurrona, Sebastián. Ni de ese... parásito que lleva dentro —dijo ella, sacando un cuchillo de cocina pequeño pero afilado de detrás de su espalda.
El brillo del acero en sus manos me nubló la vista por un segundo, pero el instinto de protección —hacia Luciana, hacia el bebé y hacia mi propia vida— se activó como una descarga eléctrica. No pensé. Me lancé sobre ella antes de que pudiera dar el primer tajo.
El forcejeo fue errático y violento. Vanesa gritaba cosas incoherentes, forcejeando con una fuerza inhumana nacida de la desesperación. Logré atrapar su muñeca y estamparla contra la pared del pasillo. El cuchillo cayó al suelo con un tintineo metálico que retumbó en mis oídos, pero no salí ileso. Sentí un ardor líquido y punzante en mi antebrazo izquierdo.
—¡Suéltame! ¡La mataste tú por elegirla a ella! —aullaba, fuera de sí.
Ignoré el dolor y la empujé hacia atrás, tratando de ganar espacio para recoger el arma, pero Vanesa, al verse desarmada, hizo lo único que le quedaba: huir. Se dio la vuelta y corrió hacia la puerta de las escaleras de emergencia con una agilidad espasmosa.
—¡Vanesa! ¡Detente! —grité, pero la puerta ya se había cerrado tras ella con un estruendo.
Me miré el brazo. La manga de mi camisa se estaba empapando de un rojo intenso. Era un corte profundo, pero no mortal. Con la mano temblorosa, saqué el celular del bolsillo y marqué a Gabriel mientras empezaba a correr hacia las escaleras.
—¿Sebas? ¿Qué pasó? —la voz de Gabriel sonó preocupada al primer timbrazo.
—¡Está aquí! ¡Vanesa está en mi edificio! —dije jadeando, empujando la puerta de emergencia. El eco de los pasos de ella resonaba pisos abajo—Me atacó con un cuchillo. Estoy herido, pero la estoy siguiendo. ¡Llama a la policía, Gabriel! ¡Diles que está en el edificio “Buenavista”!
—¡Sebastián, no seas idiota! ¡No la sigas solo! —gritó Gabriel, pero yo ya estaba bajando los escalones de tres en tres.
El dolor en mi brazo pulsaba rítmicamente, pero la adrenalina me mantenía sordo a todo lo que no fuera el sonido de sus pisadas. Bajamos seis pisos en una persecución desesperada. Mis pulmones ardían. Ella iba perdiendo fuerza, tropezando con sus propios pies en el concreto de las escaleras.
Al llegar al tercer piso, ella intentó abrir la puerta para entrar de nuevo al pasillo de los apartamentos, pero estaba trabada. Se giró hacia mí, acorralada contra la puerta de metal, jadeando, con los ojos desorbitados.
—Se acabó, Vanesa —dije, deteniéndome a unos metros, tratando de recuperar el aire mientras presionaba mi herida con la mano derecha—. No tienes a dónde ir. La policía viene en camino.
Ella miró hacia arriba, luego hacia el hueco de las escaleras, y soltó una carcajada que me heló la sangre. Estaba completamente fuera de sí.
—Si yo voy a la cárcel, tú nunca vas a ser feliz, Sebastián —dijo en un susurro escalofriante—Les voy a decir a todos que tú me obligaste, que tú me buscaste en el hotel... voy a destruir tu nombre aunque sea lo último que haga.
—Ya nadie te cree —le respondí con asco—. Mi esposa sabe la verdad. Gabriel sabe la verdad. Tu propia madre sabe quién eres. Estás sola.
En ese momento, el sonido de las sirenas empezó a filtrarse desde la calle y el estruendo de pasos pesados subiendo desde el primer piso indicó que la seguridad del edificio y la policía ya estaban entrando. Vanesa se hundió en el suelo, abrazándose las piernas y empezando a llorar de forma histérica, dándose cuenta de que el juego, finalmente, se había terminado.
Me apoyé contra el pasamanos, sintiendo que la vista se me nublaba un poco por la pérdida de sangre y el bajón de adrenalina.
—Se acabó... —susurré para mí mismo—. Por fin se acabó.
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Llegué al hospital caminando de lado, como si tuviera una escoliosis repentina, tratando de que mi brazo izquierdo quedara oculto detrás de mi cuerpo. El forcejeo en el pasillo había sido un desastre: Vanesa terminó esposada por la seguridad del edificio, pero no sin antes dejarme un "recuerdo" con su cuchillo de cocina. No era nada del otro mundo, un tajo en el antebrazo que ya me habían vendado en urgencias, pero mi camisa blanca parecía ahora el uniforme de un carnicero novato.
Entré a la habitación de la UCI con mi mejor cara de "aquí no ha pasado nada", sosteniendo la maleta de Luciana con la mano derecha y haciendo malabares para que el brazo herido pareciera simplemente... parte de una pose artística.
—¡Ya llegó el rey de la casa! —exclamé con un entusiasmo sospechosamente alto—. Traje tu pijama de patitos, tus gachas de avena y un poco de dignidad, aunque esa última me costó encontrarla.
Luciana, que estaba medio incorporada comiendo una gelatina roja, me miró con una ceja levantada. Sera, que estaba sentada al otro lado, entrecerró los ojos de inmediato. Su radar de "Sebastián está ocultando algo estúpido" se encendió a máxima potencia.
—Sebastián... ¿por qué estás caminando como un cangrejo con parálisis? —preguntó Luciana, dejando la cuchara a un lado.
—¿Cangrejo? No, no, amor. Es una nueva técnica de postura que aprendí en un video de YouTube para alinear los chakras y la columna —respondí, dando un paso lateral hacia la mesa de noche—Es... vanguardista. Muy de arquitecto.
—Sebas —intervino Sera con una voz gélida—muévete hacia la derecha. Ahora.
—No puedo, Sera. El chakra del este está bloqueado. Si me muevo hacia allá, el cosmos se desequilibra y...
—¡Juan Sebastián Vélez! —gritó Luciana, perdiendo la paciencia—. ¡Date la vuelta!
Me resigné. Solté un suspiro dramático y giré lentamente sobre mis talones. En cuanto el costado izquierdo de mi camisa quedó a la vista, las dos soltaron un grito ahogado. El vendaje abultaba bajo la tela y una mancha roja, del tamaño de una naranja, decoraba mi antebrazo.
—¡Estás sangrando! —chilló Luciana, intentando levantarse de la cama, lo que hizo que el monitor cardíaco empezara a pitar como un loco—. ¡Doctor! ¡Enfermera! ¡Mi esposo se está desangrando!
—¡No, no, quieta! ¡Acuéstate, por Dios! —corrí hacia ella para mantenerla en la cama, olvidando mi pose de cangrejo—. ¡Es solo un rasguño! Me... me tropecé con un rosal en el lobby. Esas plantas de hospital las carga el diablo, tienen espinas como colmillos de tiburón.
Sera se acercó y me agarró del brazo herido con una fuerza innecesaria, haciéndome soltar un quejido agudo.
—Este "rosal" de hospital tiene una forma muy extraña de cortar, Sebas —dijo Sera, oliendo mi camisa—. Y huele a perfume barato... el mismo que usa la loca de Vanesa. ¿Qué pasó en el apartamento?
Miré a Luciana, que tenía la cara pálida y los ojos como platos. Sabía que si le contaba que Vanesa me atacó con un cuchillo en nuestra propia puerta, su presión arterial se iría a la estratosfera.
—Bueno... está bien. La "rosa" se llamaba Vanesa y tenía un cuchillo —confesé, bajando los hombros—. Pero ¡ey!, la buena noticia es que ya está en una patrulla camino a la fiscalía. Le di una lección de defensa personal que... bueno, básicamente consistió en gritar "¡Auxilio!" muy fuerte mientras le quitaba el arma, pero funcionó.
Luciana se tapó la cara con las manos, debatiéndose entre llorar de miedo o reírse de mi patetismo.
—Eres un idiota, Sebastián —susurró ella tras sus dedos—. Un idiota valiente... pero un idiota al fin y al cabo.
—Lo sé, amor. Es parte de mi encanto —le guiñé un ojo, aunque el brazo me latía como si tuviera un pequeño tambor adentro—. Ahora, por favor, deja de moverte que el bebé va a pensar que estamos en una montaña rusa. Yo estoy bien, Vanesa está presa, y lo único que me duele de verdad es que me arruinó mi camisa favorita.
Ella abrió la boca para soltarme seguramente uno de sus dardos sarcásticos sobre mi "heroísmo" de pacotilla y mi camisa de lino, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. Su rostro cambió en un segundo: la burla desapareció y fue reemplazada por una mueca de dolor puro. Se llevó las manos al vientre y soltó un quejido agudo, cerrando los ojos con fuerza.
—¡Ahg! Sebas... un calambre... me duele mucho —logró decir entre dientes, encogiéndose sobre la cama.
El pánico que había sentido en el pasillo con Vanesa no fue nada comparado con el terror que sentí en ese instante. Se me olvidó el tajo en el brazo, la sangre y el cansancio. El monitor cardíaco de Luciana empezó a pitar como una alarma de incendios, reflejando cómo sus pulsaciones se disparaban.
—¡Doctor! ¡Enfermera! ¡Ayuda! —bramó Sera, saltando de su silla y aporreando el botón de emergencia sobre la cabecera.
Yo me quedé congelado un segundo, viendo cómo Luciana palidecía. El miedo de que el susto por mi brazo vendado hubiera sido el detonante para que el bebé se rindiera me golpeó como un mazazo.
—Tranquila, mi amor, respira... aquí estoy —le dije, intentando que mi voz no temblara mientras le tomaba la cara entre mis manos—Respira conmigo, por favor.
—¡Me duele, Sebas! ¡Siento que me tira todo por dentro! —sollozó ella, y verla así, tan vulnerable y asustada, me hizo querer desaparecer.
En menos de diez segundos, la habitación se llenó de gente de bata blanca. El ginecólogo de turno entró casi corriendo, seguido por dos enfermeras que traían el equipo de monitoreo fetal.
—¡Fuera! ¡Necesito espacio! —ordenó el médico mientras empezaba a palpar el abdomen de Luciana, que seguía quejándose del calambre—. Arquitecto, apártese un poco, por favor.
Sera me jaló del hombro hacia la esquina de la habitación. Yo no podía apartar la vista de Luciana. Ella buscaba mi mano en el aire, desesperada, y yo me sentía el tipo más estúpido del mundo por haber entrado con la camisa ensangrentada. Mi "gracia" nos estaba saliendo demasiado cara.
—Vamos a hacer una ecografía de urgencia —dijo la doctora, conectando el monitor—. Necesitamos ver si ese calambre es una contracción uterina o solo tensión muscular por el estrés.
El silencio que siguió mientras aplicaban el gel fue asfixiante. Miré a Sera y ella estaba rezando en voz baja, con los ojos cerrados. Yo solo podía mirar esa pantalla borrosa, rogando internamente: "Por favor, pequeño, no te vayas. Quédate con nosotros. Tu papá es un idiota, pero te juro que voy a aprender a ser mejor si te quedas".
De repente, a través de la estática del monitor, el alivio volvió a llenar el cuarto.
—El bebé está bien —sentenció la doctora, aunque su tono era de advertencia—. Pero el útero está muy irritable. El susto le provocó un espasmo severo. Vamos a aumentar la dosis de los inhibidores y, señor Vélez... —me miró con una severidad que me hizo sentir de cinco años—, si vuelve a entrar aquí con noticias de trágicas o manchas de sangre, le prohíbo la entrada hasta el día del parto. ¿Le queda claro?
—Cristalino, doctora. Me pondré un traje de astronauta si es necesario —respondí, sintiendo que el alma me volvía al cuerpo mientras veía a Luciana relajarse un poco bajo el efecto de la nueva medicación.
Ella me miró desde la cama, todavía con lágrimas en las pestañas, y me susurró:
—Si vuelves a preocuparme así, Sebastián Vélez... te juro que el próximo tajo te lo hago yo misma.
—Entendido, jefa —dije, dándole un beso suave en la mano—. De aquí en adelante, mi vida es tan aburrida como un documental de caracoles o como el día a día de Gabriel. Te lo prometo.
Me senté en la silla de plástico junto a la cama de Luciana, todavía con mi brazo vendado descansando sobre mi regazo. Cerré los ojos solo un segundo para "meditar", o eso fue lo que me dije a mí mismo.
Lo siguiente que supe fue que mi cabeza pesaba como si fuera de plomo y se me caía hacia atrás, dejando mi boca ligeramente abierta. El cansancio acumulado de no haber dormido nada desde el accidente me golpeó como un camión. Empecé a soltar unos ronquidos suaves, rítmicos, que según Luciana suenan como un motor viejo tratando de arrancar en una mañana fría.
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...LUCIANA SALAZAR ...
Me quedé mirando a Sebastián. Tenía el cabello alborotado, la camisa de lino (su favorita, pobre) arruinada con esa mancha de sangre seca, y el vendaje asomando por la manga. Se veía fatal, pero al mismo tiempo, nunca lo había visto tan guapo como cuando se puso frente a mí para protegerme de todo el caos.
Escuché su primer ronquido. Luego el segundo. Era un sonido tan... Sebastián. Tan ridículo y reconfortante a la vez.
—Sera, pásame mi celular —susurré con una sonrisa malvada, estirando la mano con cuidado para no tensar los músculos del vientre.
—Luciana, el médico dijo cero emociones fuertes —me advirtió Sera con una sonrisa cómplice mientras me entregaba el teléfono.
—Esto no es una emoción fuerte, es solo entrenamiento—respondí.
Encuadré la cámara. Ahí estaba él: el "héroe" de la jornada, con la boca abierta, un hilo de baba amenazando con escapar y roncando como si estuviera compitiendo en las olimpiadas del sueño profundo.
Tome la foto con una rista. Me quedé observándolo un rato más. A pesar de la broma, ver su pecho subir y bajar me dio la seguridad que necesitaba. Estábamos a salvo. Vanesa estaba en la cárcel, nuestro bebé seguía latiendo con fuerza y, aunque se perfectamente que Sebastián debe tener pánico de ser padre, sabía que cuidaría de ese niño con la misma torpeza y valentía con la que me cuidaba a mí.
Me quedé dormida poco después, con la mano rozando la suya, arrullada por sus ronquidos y el latido de nuestro pequeño milagro.