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IMPERIO DE CRISTAL " LA REYNA DE MAXIMILIAN"

IMPERIO DE CRISTAL " LA REYNA DE MAXIMILIAN"

Status: En proceso
Genre:Amor-odio
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Maximilian es el Faraón del siglo XXI, un hombre que no perdona errores y que ha construido su mundo sobre el orden y el oro. Amara es la joya que él ha deseado en silencio, la mujer que rescató de un destino cruel para sentarla en un trono que ella nunca pidió.Pero en los pasillos dorados del palacio de cristal, los secretos pesan más que las joyas. Mientras las copas de cristal se alzan en honor a su unión, un beso robado en las sombras y un plan de huida están a punto de derribar el imperio de Maximilian.Él le dio el mundo. Ella solo quería un corazón. Cuando el hombre más poderoso del planeta descubra que su reina ama a un peón, la ciudad de oro conocerá la verdadera furia de un rey traicionado. Porque en la guerra por el amor, Maximilian no está dispuesto a perder... y Amara no está dispuesta a dejarse poseer."

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Capítulo 11: Fuego en el Desierto

El rugido de la tormenta fuera era ensordecedor, pero dentro de la villa, el silencio entre sus cuerpos era aún más violento. Maximilian no la soltó. Sus manos grandes, calientes por la fiebre del desierto, quemaban la seda de la bata de Amara, hundiéndose en su cintura con una desesperación que ya no intentaba ocultar. En la penumbra, sus ojos café buscaban los de ella, no con la frialdad del dueño, sino con el hambre de un hombre que se estaba ahogando.

—Dime que me odias —susurró él, su aliento mezclado con el sudor y el aroma a sándalo—. Dímelo ahora, porque si no lo haces, no voy a poder detenerme.

Amara intentó articular una palabra, una maldición, cualquier cosa que la alejara de ese abismo. Pero su lengua se sentía pesada. La proximidad del torso tonificado de Maximilian, la aspereza de su barba rozando su mejilla y la fuerza bruta de sus brazos la envolvían en una nube de sensaciones que nunca había experimentado. Su cuerpo, traicionero y joven, empezó a responder a la presencia del gigante. El odio seguía allí, una brasa ardiente en su pecho, pero se estaba mezclando con un deseo oscuro, una curiosidad prohibida por el hombre que la había comprado.

Sin esperar respuesta, Maximilian la alzó en vilo. Amara soltó un jadeo cuando su espalda chocó contra la suavidad de las sábanas de lino. El peso de él cayó sobre ella de inmediato, una masa de músculos y voluntad que le quitó el aliento. En la oscuridad, iluminada solo por los relámpagos ocre, Maximilian la besó. No fue el beso de propiedad de la iglesia; fue un beso desesperado, casi suplicante, como si quisiera devorar su rebeldía.

Amara sintió que su voluntad se derretía. Sus manos, que antes se cerraban en puños de rabia, subieron por los hombros anchos de él, recorriendo las cicatrices de su espalda, sintiendo la piel tensa y poderosa. Odiaba lo que él le había hecho, odiaba Neo-Luxor, pero en ese momento, en medio de la tormenta, su cuerpo solo entendía el lenguaje del calor de Maximilian.

La posesión esta vez fue diferente. No hubo bofetadas ni sangre de inocencia perdida. Fue una explosión de tensión acumulada, una lucha de piel contra piel donde Maximilian intentaba, a través de cada caricia, borrar la sombra de Dario de la mente de Amara. Él la tomaba con una intensidad que bordeaba la brutalidad, pero sus ojos buscaban los de ella, suplicando por una conexión que el oro nunca pudo comprar.

Amara lloró, pero no eran lágrimas de terror. Eran lágrimas de confusión. Cada embestida de Maximilian la hacía sentir más suya, pero también más perdida. Por primera vez, se dio cuenta de que el verdadero peligro no era que él la tuviera encerrada en una torre de cristal; el peligro era que ella empezara a amar el fuego que ese hombre encendía en su interior.

Cuando la tormenta finalmente empezó a amainar hacia la madrugada, Maximilian se quedó sobre ella, su respiración agitada en el hueco de su cuello. Amara permanecía inmóvil, mirando el techo en la penumbra. Él era su captor, su dueño y el hombre que había destruido su vida, pero ahora también era el único que podía hacerla temblar de esa manera. El imperio de Maximilian seguía en pie, pero en la cama del desierto, la reina acababa de descubrir que su mayor enemigo vivía dentro de su propio deseo.

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