Amarte no estaba en mi venganza.
Eliana Morel murió traicionada por el hombre que amaba y abandonada por la familia que juró protegerla. Hasta su último aliento creyó que su desgracia había sido solo mala suerte… sin saber que todo había sido cuidadosamente planeado.
Cuando despierta en el pasado, con los recuerdos intactos y el corazón sellado, Eliana entiende que la vida le ha concedido una segunda oportunidad. No para amar. No para perdonar.
Sino para vengarse.
Fría, inteligente y decidida, comienza a mover las piezas con precisión, dejando que quienes la destruyeron caigan por su propio peso. Pero su plan perfecto se tambalea con la aparición de Adrien Valtier, un hombre que no pertenece a su pasado y que parece ver más allá de su máscara de hielo.
Mientras la venganza avanza y los secretos salen a la luz, Eliana deberá enfrentar la única batalla que no había previsto:
la de un corazón que juró no volver a sentir.
Porque en esta segunda vida, amar…
no estaba en su venganza.
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La profecía que nadie quiso terminar
El lugar no aparecía en los mapas.
Eso fue lo primero que le confirmó que iba por el camino correcto.
La biblioteca se ocultaba bajo una vieja estación de tren abandonada, sellada con capas de olvido, símbolos casi borrados y trampas que no eran físicas. Ella lo supo en cuanto descendió los escalones de piedra desgastada: cada paso le pesaba como si el mundo entero intentara empujarla de vuelta hacia la superficie.
—No me vas a asustar —murmuró entre dientes.
El medallón permanecía tibio contra su piel, atento. No aprobaba del todo… pero tampoco la detenía.
El aire cambió drásticamente al llegar al fondo. Olía a polvo antiguo, a tinta seca, a secretos que llevaban siglos sin ser pronunciados en voz alta. Antorchas se encendieron solas a su paso, revelando estanterías interminables que se perdían en la penumbra, pergaminos sellados con cera negra y libros encadenados a las mesas como si temieran escapar.
—Así que es verdad —susurró ella, deteniéndose en el centro de la sala—. Existías.
—Y sigues viva —respondió una voz serena desde las sombras.
Se giró con el corazón desbocado.
Una mujer estaba sentada frente a una mesa de piedra, leyendo con calma. Tenía el cabello oscuro recogido en un moño sencillo, la piel marcada por líneas finas que parecían cicatrices… o runas antiguas. Levantó la mirada lentamente.
El mundo se detuvo.
—Tú… —dijo ella, sin aire—. Eso no es posible.
La mujer sonrió apenas, una sonrisa cansada y sabia.
—Dijeron que morí —respondió—. Igual que dijeron de él. Igual que intentaron decir de ti.
Era Maelis.
El nombre no estaba en los registros actuales, pero sí en los fragmentos más antiguos de las leyendas. La guardiana original. La mujer que había iniciado todo… y que debía estar muerta desde hacía siglos.
—Esto es una ilusión —susurró ella, retrocediendo un paso—. O un truco.
Maelis cerró el libro con suavidad y se puso de pie.
—Si fuera una ilusión, no te dolería tanto mirarme —dijo—. Y si fuera un truco, el medallón ya habría reaccionado con violencia.
El medallón latió una vez, confirmando la verdad.
—Entonces… —tragó saliva con dificultad—. ¿Por qué sigues aquí?
Maelis caminó hacia ella con pasos tranquilos, casi reverentes.
—Porque alguien tenía que quedarse a vigilar lo que nunca debió liberarse —respondió—. Y porque sabía que algún día volverías.
—¿Volvería? —repitió ella, confundida—. Yo nunca estuve aquí.
Maelis la miró con una intensidad que la atravesó como una lanza.
—Tu sangre sí.
El silencio cayó pesado entre ellas.
—Quiero respuestas —dijo ella finalmente, con voz firme—. Reales. No medias verdades. No más mentiras disfrazadas de protección.
—Entonces prepárate —respondió Maelis—. Porque lo que buscas no te va a gustar.
La condujo hasta una mesa circular cubierta de símbolos que brillaban débilmente. En el centro, un pergamino incompleto, roto a propósito por uno de sus extremos.
—Esta es la profecía —explicó Maelis—. O lo que dejaron de ella.
Ella se inclinó para leer. Las palabras parecían moverse, adaptándose a su mirada como si la reconocieran.
Cuando el vínculo despierte,
la llave caminará entre mundos.
Si elige el amor, el equilibrio caerá.
Si elige el poder, el mundo arderá.
El texto se interrumpía abruptamente.
—Falta algo —dijo ella—. La decisión final.
Maelis asintió con gravedad.
—Fue eliminada.
—¿Por quién?
—Por nosotros —respondió Maelis sin rodeos—. Por miedo.
Ella levantó la mirada, sintiendo cómo el pecho se le contraía.
—¿Miedo a qué?
—A la verdad —dijo Maelis—. A que la profecía nunca trató sobre salvar el mundo… sino sobre elegirte a ti.
El medallón ardió con fuerza contra su piel.
—Explícate.
Maelis tomó aire profundamente.
—No hay dos finales posibles —dijo—. Hay tres. Y el tercero era el único que no podíamos controlar.
—¿Cuál?
Maelis la miró fijamente, sin parpadear.
—La ruptura.
El corazón le dio un vuelco violento.
—¿Romper qué?
—El vínculo —respondió Maelis—. No equilibrarlo. No dominarlo. Romperlo por completo.
Ella dio un paso atrás, horrorizada.
—Eso no es posible.
—Lo es —corrigió Maelis con suavidad—. Pero el precio es absoluto.
—¿Para quién?
—Para ambos.
Las imágenes volvieron con violencia: él entre sombras, sonriendo con esa oscuridad nueva; él sangrando; él advirtiéndole que sobreviviera incluso si terminaba odiándolo.
—Si rompo el vínculo… —susurró ella—. ¿Qué pasa con él?
Maelis no respondió de inmediato.
—Dejaría de existir como lo conoces —dijo finalmente—. No moriría… pero tampoco sería él.
El dolor fue inmediato y desgarrador.
—No puedo hacer eso.
—Lo sé —respondió Maelis con tristeza—. Por eso los otros finales siempre parecieron más atractivos.
—¿Y por qué no me dijeron esto antes?
Maelis cerró los ojos un instante.
—Porque si supieras que podías perderlo para siempre… —abrió los ojos—. Nunca habrías despertado el poder.
El enojo la atravesó como un rayo.
—Me usaron.
—Sí —admitió Maelis sin excusas—. Igual que lo usamos a él.
El medallón vibró con furia.
—¿Y ahora qué? —exigió ella—. ¿Esperan que decida sabiendo que todas las opciones destruyen algo?
Maelis se acercó un paso más.
—Eso es elegir —dijo—. Y por eso la profecía nunca estuvo destinada a leerse completa.
De pronto, el aire se tensó.
El medallón se enfrió de golpe.
—No estamos solas —dijo ella, girándose.
Maelis asintió lentamente.
—Kael —susurró—. Ya te olió.
Una grieta oscura se abrió en el aire frente a ellas. La presencia se sintió antes de verse.
—Qué conmovedor —dijo la voz de Kael, cargada de ironía—. Revelaciones tardías, verdades rotas… siempre llego en los mejores momentos.
La sombra tomó forma frente a ellas.
—Aléjate de ella —ordenó Maelis, levantando una mano.
Kael inclinó la cabeza con burla.
—La guardiana que se negó a morir —dijo—. Pensé que ya te habrías cansado de esperar.
—No he terminado —respondió Maelis con firmeza—. Y tú tampoco deberías estar aquí.
Kael sonrió detrás de la máscara.
—Oh, pero ella sí —dijo, mirándola directamente—. Ella es la razón de todo.
El medallón ardió.
—No voy contigo —dijo ella, con la voz temblando de rabia—. Ni ahora ni nunca.
—No he venido a llevarte —respondió Kael con calma—. He venido a asegurarme de que entiendas algo importante.
Dio un paso adelante.
—No importa lo que elijas —continuó—. Amor, poder o ruptura… alguien perderá.
—Vete —ordenó Maelis.
Kael la ignoró por completo.
—Y cuando llegue el momento —añadió, mirando solo a ella—, descubrirás que el mundo no te juzgará por salvarlo… sino por a quién decidiste condenar.
La grieta comenzó a cerrarse lentamente.
—Nos veremos pronto —dijo Kael—. Cuando ya no puedas fingir que hay una salida limpia.
Y desapareció.
El silencio volvió a caer, más pesado que antes.
Ella temblaba.
—Todo es una trampa —susurró.
Maelis negó con la cabeza.
—No —dijo—. Es una elección. Y aún no has llegado al punto donde debas hacerla.
—¿Cuándo llegaré?
Maelis la miró con una tristeza profunda.
—Cuando lo veas sufrir por tu causa… y aun así te pida que continúes.
El medallón latió suavemente.
Ella apretó los puños hasta que le dolieron.
—No voy a ser su verdugo.
Maelis colocó una mano sobre la mesa de piedra.
—Entonces prepárate —dijo—. Porque el mundo hará todo lo posible para que lo seas.
Ella se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida.
—Gracias por la verdad —dijo sin girarse—. Incluso si llega tarde.
Maelis la observó irse en silencio.
—No llegó tarde —susurró para sí misma—. Llegó justo antes de que fuera irreversible.
Al subir las escaleras, el aire volvió a cambiar. La ciudad la recibió con ruido y vida falsa. Ella caminó entre la gente con una certeza nueva quemándole el pecho.
No había finales buenos.
Solo elecciones honestas.
Y por primera vez desde el inicio de todo, entendió lo que realmente estaba en juego:
no era el mundo lo que debía salvar…
sino su derecho a decidir quién merecía seguir existiendo.