Un contrato por deber. Un secreto por proteger. Un amor nacido de la amargura.
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Capítulo 16: El Hielo del Amanecer
La luz del sol de Manhattan es cruel. Entra por los ventanales del despacho con una claridad que no perdona, iluminando el caos de papeles desparramados por el suelo y la frialdad del escritorio de caoba donde, hace solo unas horas, mi mundo cambió para siempre.
Me despierto en el sofá de cuero del despacho, envuelta en la chaqueta del traje de Julian. Él ya no está a mi lado. El silencio de la oficina es sepulcral, solo roto por el sonido rítmico de las teclas de un ordenador. Me incorporo lentamente, sintiendo el peso de la noche en cada fibra de mi cuerpo. La entrega de mi inocencia al hombre que me ha culpado durante un año no se siente como un error, pero el vacío de la mañana me oprime el pecho.
Julian está sentado tras su escritorio, impecable. Se ha duchado en el baño privado del despacho y lleva una camisa nueva, blanca y rígida, abotonada hasta el cuello. Ha vuelto a ponerse su máscara de hombre amargado y eficiente, esa que usa como escudo.
—Despierta, Benerice —dice sin levantar la vista de la pantalla. Su voz es barítona y profesional—. El servicio de limpieza pasará pronto. No quiero que te encuentren así.
Me levanto, ajustando su chaqueta sobre mis hombros. Mi voz suena ronca, marcada por el cansancio y algo más.
—Julian… sobre lo que pasó.
Él deja de teclear y me mira. Sus ojos azules son dos trozos de hielo, desprovistos del fuego que me devoró bajo la luna. Sin embargo, no hay arrepentimiento en su expresión, solo una aceptación ruda.
—Pasó lo que tenía que pasar, Benerice —dice, y su voz tiene una firmeza que me detiene—. Somos esposos. Tarde o temprano, el contrato iba a reclamar su parte física. No pretendas que esto sea un cuento de hadas, pero tampoco pienses que fue un error. Fue una consecuencia lógica de nuestra situación.
—¿Una consecuencia lógica? —repito, sintiendo una punzada de amargura—. ¿Es así como llamas a mi primera vez?
Julian tensa la mandíbula. Se levanta y camina hacia mí con esa parsimonia dominante, deteniéndose a una distancia mínima. Su presencia me asfixia.
—Es como llamo a la realidad. Tu pureza no cambia los hechos ni borra las sospechas que sigo teniendo sobre las cuentas de Isabella. Eres mi mujer, y anoche simplemente tomé lo que es mío. Nada ha cambiado en nuestras obligaciones.
Se inclina un poco, su aliento rozando mi frente.
—Ahora, ve al probador, cámbiate y prepárate. Tenemos un almuerzo con Silas y Elena. Ellos esperan ver a la señora Blackwood, no a una mujer perdida en sus emociones. Borra esa mirada de mi cara, Benerice. En este edificio se viene a ganar, y hoy necesito que seas el reflejo del poder que ostentas.
Se da la vuelta y vuelve a su trabajo, dándome la espalda de una forma definitiva. Me dirijo al baño privado y me apoyo contra la puerta cerrada. Julian ha recuperado su frialdad para protegerse, para recordarme que, aunque nuestros cuerpos se hayan unido, su mente sigue en guardia.
Pero mientras me lavo la cara, noto que mis manos no tiemblan tanto como antes. Él puede fingir que fue solo "lógica", pero la forma en que sus ojos se oscurecieron por un segundo al verme despertar dice otra cosa. Él tiene miedo de lo que yo despierto en él, y su rudeza es su única defensa.
Salgo del baño vestida con un traje sastre oscuro, el cabello recogido y la mirada endurecida. Si él quiere una esposa que proyecte poder, se la daré. Pero ya no soy la niña que se quiebra ante su indiferencia.
—Estoy lista —digo, con una frialdad que lo obliga a levantar la vista.
Él me observa durante un largo segundo, evaluando mi nueva armadura. Un destello de algo parecido al respeto brilla en sus ojos antes de volver a ser el hombre amargado de siempre.
—Bien. El coche espera abajo.