Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 18 – El eco en mi piel
Briana
El lunes amaneció con un peso extraño en mi pecho. No era exactamente cansancio, era… otra cosa. Una sensación que me venía persiguiendo desde ayer en la cocina. Me había repetido decenas de veces que no había significado nada, que solo había sido un accidente, un mal movimiento de ambos al mismo tiempo. Pero era inútil.
Cada vez que cerraba los ojos recordaba su respiración tan cerca, la forma en que sus ojos se quedaron fijos en mí, oscuros, intensos. Y lo peor era que esa imagen no me disgustaba; al contrario, me hacía arder las mejillas.
“Fue solo un instante, Briana”, me repetí frente al espejo mientras me alistaba para la universidad. “Para él no significó nada.”
Pero cuando bajé y lo vi en la cocina, tan serio como siempre, saludándome como si nada hubiera pasado, me desarmé por dentro. Esa indiferencia me confundía. ¿Era yo la única que había sentido el temblor de ese momento?
La mañana en la universidad pasó rápido. Las clases eran cada vez más exigentes y yo hacía un esfuerzo enorme por seguir el ritmo. A veces entendía, otras veces solo copiaba lo que podía con la esperanza de que Daniel o algún compañero me ayudara después.
Al salir, fui directo a buscar a los niños. Pía salió corriendo y me abrazó con su energía habitual; Teo se acercó más tranquilo, pero con una sonrisa tímida que ya no era tan rara en él.
El camino de regreso fue tranquilo. Ellos me contaban cosas de la escuela, yo los escuchaba con paciencia, y al llegar a la casa, me sorprendió encontrar a Maicol allí, sentado en el sofá con unos papeles en la mano.
—¿Ya volvieron? —preguntó, levantando apenas la vista.
—Sí —respondí con una sonrisa—. Todo bien en la escuela.
Él asintió, serio, aunque Pía no le dio opción de mantenerse distante: corrió hacia él y le mostró un dibujo que había hecho en clase. Lo observé en silencio, notando cómo la dureza de su rostro se suavizaba un poco mientras la escuchaba.
Fue entonces cuando sentí la vibración en mi bolsillo. Saqué el celular y vi el mensaje de Daniel:
“¿Quieres que repasemos mañana lo que vimos en clase? Si quieres, puedo ir a la casa después de tus clases. A mí también me costó al inicio, y sé lo útil que es practicar con alguien.”
Sonreí sin darme cuenta. Era amable, siempre dispuesto a ayudar. Escribí un par de palabras en la pantalla, pero me detuve al pensar en Maicol. ¿Qué diría si supiera que un compañero vendría seguido a la casa? ¿Se molestaría? ¿Le parecería mal?
No alcancé a decidir qué hacer porque, al levantar la vista, lo vi.
Maicol estaba observándome desde el sofá, con esa expresión impenetrable que a veces parecía leer más de lo que yo misma admitía.
—¿Quién era? —preguntó de pronto, con un tono frío, casi distante.
Me sobresalté y respondí demasiado rápido:
—Un compañero… de la universidad.
Él ladeó un poco la cabeza y repreguntó, sin apartar los ojos de mí:
—¿Ese chico que vino a la casa?
Tragué saliva y asentí.
—Sí, él.
Por un instante pensé que me diría algo más, pero lo único que hizo fue asentir con seriedad y volver a sus papeles, como si el tema no mereciera más palabras.
Solo que yo sentí que la temperatura en la sala había cambiado.
La tarde se fue entre juegos, deberes y meriendas. Pía insistió en que la acompañara con las muñecas, Teo quiso mostrarme un nivel nuevo en su consola. Yo intentaba sonreír, concentrarme en ellos, pero cada tanto mis ojos se desviaban hacia Maicol, que trabajaba desde el sofá.
Parecía absorto, aunque había algo en la rigidez de su mandíbula que me decía lo contrario. Como si su silencio escondiera más de lo que estaba dispuesto a admitir.
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Ya de noche, después de acostar a los niños, subí al piso de arriba con un montón de ropa en brazos. Quería dejar todo ordenado antes de dormir.
Fue al salir del cuarto de Pía cuando me crucé con él en el pasillo. Venía de su despacho, con las manos en los bolsillos, y se detuvo justo frente a mí.
El silencio nos envolvió enseguida. Yo bajé la mirada, nerviosa, aunque sentía su mirada fija, pesada, sosteniéndome con algo que no me atrevía a descifrar.
—¿Dormirán temprano? —preguntó al fin, su voz baja, profunda.
—Creo que sí… —respondí, apretando la ropa contra mi pecho, con la voz temblorosa.
Él no dijo nada más. Solo me sostuvo la mirada un instante más, tan intenso que me costó respirar. Luego siguió su camino hacia su habitación.
Yo me quedé paralizada un segundo antes de entrar a la mía. Cerré la puerta y apoyé la espalda contra ella, sintiendo el corazón latir con violencia.
Podía engañar a cualquiera, menos a mí misma: ese hombre me estaba afectando más de lo que jamás pensé posible.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce