Quinn Akerman tenía una vida cuidadosamente planeada… hasta que el destino decidió estrellarla contra el suelo a diez mil metros de altura. La muerte de sus padres en un accidente de avión no solo la dejó con un duelo imposible de procesar, sino también con una empresa familiar al borde de la quiebra y una hermanita pequeña, Lily, luchando contra la leucemia.
Acorralada por deudas, abogados y médicos que no aceptan promesas como forma de pago, Quinn se ve obligada a aceptar un acuerdo tan frío como cruel: casarse con uno de los gemelos Benedetti, herederos de un imperio empresarial que alguna vez fue socio de su padre.
El problema no es el matrimonio. El problema es que se casa con el gemelo equivocado.
Eitan Benedetti es serio, mordaz, aparentemente incapaz de sentir algo que no sea control. Eiden Benedetti, en cambio, es carismático, provocador y peligrosamente encantador. Dos rostros idénticos, dos almas opuestas… y una verdad que amenaza con destruirlos a todos.
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Capítulo 16
Quinn
El día avanzó lento, espeso, como si el aire mismo estuviera cargado de cosas que nadie se atrevía a decir en voz alta.
La noche anterior había sido… extraña. No incómoda. No exactamente. Pero sí distinta. Desde la conversación con Eitan junto a la cama de Lily, algo se había quedado suspendido entre nosotros, como una frase inconclusa. Yo había pasado la mañana intentando concentrarme en cualquier cosa que no fuera su mirada, su voz baja, esa manera suya de decir mi nombre como si significara más de lo que debería.
Me sentía tan abrumada que por la tarde, decidí salir al jardín.
La mansión Benedetti tenía ese tipo de jardines que no parecen reales, eran senderos de piedra, arbustos perfectamente cuidados, una fuente pequeña al fondo que murmuraba sin descanso. Me senté en uno de los bancos de hierro forjado, dejando que el sol me calentara un poco la piel.
Necesitaba pensar.
O quizá, necesitaba dejar de hacerlo.
—Nunca te había visto aquí sola.
La voz me sobresaltó.
Me giré y lo vi.
Eiden.
Apoyado despreocupadamente contra uno de los árboles, con esa sonrisa fácil que siempre había tenido. La misma que tantas veces me había hecho sentir segura… y que ahora, por alguna razón, me provocó una incomodidad difícil de explicar.
—Llegaste —dije, poniéndome de pie—. No sabía que vendrías hoy.
—Decidí quedarme unos días —respondió, acercándose—. Mamá insistió.
Claro que lo había hecho.
—¿Te molesta? —preguntó, inclinando un poco la cabeza.
—No —mentí—. Solo me sorprendió.
Se sentó a mi lado, demasiado cerca. Podía oler su perfume, familiar e intenso. Antes, ese aroma me resultaba reconfortante. Ahora… no estaba segura.
—Esta casa no ha cambiado —comentó—. Pero tú sí.
Lo miré.
—¿Ah, sí?
—Estás más… distante —dijo—. Más seria.
Solté una risa breve, sin humor.
—Han pasado muchas cosas, Eiden.
—Lo sé —respondió—. Especialmente con mi hermano.
Sentí cómo algo se tensaba dentro de mí.
—¿Qué quieres decir?
Eiden se giró hacia mí, apoyando un brazo en el respaldo del banco, encerrándome sutilmente en su espacio.
—Eitan siempre ha sido así —dijo—. Impulsivo. Competitivo. Todo lo convierte en un reto.
—No hables así de él —repliqué, sin pensar.
Eiden arqueó una ceja.
—¿Ves? Antes no lo defendías tanto.
—Antes no lo conocía como ahora.
Su sonrisa se ladeó.
—¿O crees conocerlo?
Guardé silencio.
—Quinn —continuó—, él se casó contigo por capricho. Por querer ganarme algo que creyó que yo deseaba.
Sentí un golpe seco en el pecho.
—Eso no es verdad.
—¿No? —se acercó un poco más—. Siempre ha querido estar un paso delante de mí. Y tú… —su mirada recorrió mi rostro— fuiste la forma perfecta de hacerlo.
Me puse de pie de inmediato.
—No tienes derecho a decir eso.
—Tengo todo el derecho —respondió, levantándose también—. Porque yo sí sé cómo es Eitan cuando quiere algo.
Dio un paso hacia mí. Luego otro.
—Y sé que tú mereces a alguien que no te oculte cosas.
Su cercanía era asfixiante. Intenté retroceder, pero el banco estaba detrás de mí.
—Eiden, basta —dije.
Él levantó una mano, como si fuera a tocarme el rostro.
—Solo quiero que recuerdes que yo…
—¿Qué está pasando aquí?
La voz de Eitan cayó como un trueno.
Eiden se apartó apenas, con una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Tranquilo, hermano —dijo—. Solo conversábamos.
Eitan estaba tenso, con su mandíbula apretada. Su mirada iba de Eiden a mí, oscura, cargada de algo que reconocí demasiado bien, celos y más celos.
—Quinn —dijo—, ven.
Ese tono.
No una petición, ni una súplica.
Una orden.
—No soy un objeto que puedes manejar a tu antojo, ni soy una cosa que puedas llamar cuando te incomoda algo —respondí, molesta.
Eitan apretó la mandíbula.
—No era mi intención.
—Claro que lo era —intervino Eiden—. Siempre necesita controlar todo.
—Tú mejor cállate —le espetó Eitan, apuntando el pecho de Eiden con su dedo índice.
—¿Ves? —Eiden me miró—. Así es, siempre. Manipulador, controlador y posesivo.
Sentí que el aire se volvía más tenso.
—Basta los dos —dije, ya malhumorada—. No voy a quedarme aquí para escuchar cómo se atacan, como si estuviera en una pelea callejera.
Me giré para irme, pero Eitan me tomó del brazo.
—Espera.
Su contacto me hizo estremecer, pero me solté de inmediato.
—No me toques.
Eso pareció herirlo más de lo que esperaba.
—Quinn, yo…
—¿Sabes qué? —lo interrumpí—. Estoy cansada. Cansada de mentiras, de medias verdades, de miradas que dicen una cosa y palabras que dicen otra.
Eiden observaba la escena con una expresión satisfecha en el rostro.
—Quizá deberías escuchar lo que tengo que decirte —añadió él.
—No —respondí con firmeza—. No hoy.
Miré a Eitan una última vez.
—Hablaremos luego —dije—. Cuando estés listo para hablar con la verdad.
Me alejé sin mirar atrás.
El corazón me latía con fuerza, las manos me temblaban. No sabía que me pasaba.
No sabía qué era lo que más me dolía, si las palabras de Eiden…
O la forma en que Eitan me había mirado, como si estuviera a punto de perder algo tan importante que nunca se atrevió a reclamar.
Y lo peor de todo era esto:
Por primera vez desde que me casé, empecé a preguntarme si el mayor peligro no estaba en descubrir la verdad…
sino en lo que esa verdad podía hacerme sentir.