NovelToon NovelToon
ENAMORADO DEL AMANTE.

ENAMORADO DEL AMANTE.

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Matrimonio arreglado / Triángulo amoroso / Completas
Popularitas:8.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bai Qi

Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?

NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL POZO DE LOS DESEOS.

La primavera se hizo más cálida, pero el frío de lo ocurrido persistía en Azren. Había intentado volver a la normalidad, a la vida donde los amores más complicados eran los de los personajes de las novelas que enseñaba. Pero la normalidad, descubrió, era aburrida. Y en su aburrimiento, la mente volvía una y otra vez al mercado de pulgas, a los ojos azules de Darius y a la idea del hombre guapo e intimidante esperándolo frente al colegio, irrumpiendo en su espacio con la fuerza de un hecho consumado.

No fue una decisión consciente. Fue un impulso, una tarde en la que la monotonía le pesaba demasiado. Tomó el libro que Caeleen le había dado, La Casa Vacía, y se dirigió al único lugar que le pareció lógico: el Estudio Kintsugi & Pétalos.

El local era más acogedor de lo que esperaba. No era pequeño, sino mediano, con techos altos y una distribución que invitaba a quedarse. Las paredes, de un blanco roto, estaban decoradas con estantes de madera clara donde descansaban piezas de cerámica en diferentes estados de reparación. Macetas colgantes con plantas verdes caían cerca de la gran ventana, tamizando la luz de la tarde. Había un sofá antiguo de terciopelo granate en un rincón, junto a una mesita con revistas de arte y una taza de té a medio beber. Olía a madera, a tierra húmeda, a incienso suave. Era hermoso. Era hogareño. Era, en cada detalle, Darius.

Azren empujó la puerta, haciendo sonar un cascabel de latón. El sonido era cálido, casi amigable.

—¡Un momento! —llegó una voz desde el fondo.

Azren esperó en la recepción, mirando a su alrededor. Sobre una repisa, junto a la entrada, había una foto pequeña en un marco de madera. Reconoció a Darius de inmediato, más joven, sonriendo junto a un hombre de rasgos suaves y ojos claros. León. Estaban los dos en un taller, con las manos manchadas de barro, mirándose como si el resto del mundo no existiera.

El corazón le dio un vuelco.

—¿Sí? —Darius apareció en el marco de la puerta del fondo, limpiándose las manos en un paño—. ¿En qué puedo...

Se detuvo.

Sus ojos azules, increíblemente azules, se abrieron un instante. Luego, muy despacio, algo cambió en ellos. No era sorpresa. Era reconocimiento. Cálido. Tranquilo. Como si hubiera estado esperando este momento sin saberlo.

—Ah —dijo, y su voz era suave, serena—. El de la galería.

Azren asintió. De repente, devolver el libro le pareció una excusa ridícula.

—Vine a traer esto —dijo, levantando el volumen—. Creo que es suyo.

Darius miró el libro. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, curvó sus labios. No era triste. Era de esas sonrisas que se le escapan a la gente cuando algo les trae un recuerdo querido.

—Sí —dijo—. Hace años que no lo veía. ¿Cómo llegó a ti?

El tuteo fue tan natural que Azren tardó un segundo en procesarlo. Darius hablaba como si fueran viejos conocidos. Como si no hubiera secretos entre ellos.

—Caeleen —respondió Azren, porque ya no tenía sentido mentir—. Me lo dio para que lo analizara.

Darius asintió lentamente. Algo en sus ojos se volvió más profundo, más complejo, pero no había enfado. Solo una especie de comprensión cansada.

—Pasa —dijo, apartándose para dejarle paso—. Te invito a un té.

Azren dudó un segundo. Luego entró.

El taller era aún más hermoso por dentro. La gran ventana inundaba el espacio de luz, revelando cada detalle: las vetas de la madera en las mesas de trabajo, los tarros de cerámica con pinceles, los fragmentos de porcelana esperando ser unidos, el polvo de oro brillando en pequeños montículos sobre papel de seda. En un rincón, junto al sofá de terciopelo granate, había un ramo de flores secas en un jarrón de líneas simples. Peonías. Las mismas.

—Te gusta el té, ¿verdad? —preguntó Darius, llenando una tetera de barro con agua caliente—. Los profesores de literatura siempre toman té.

—¿Eso es un estereotipo?

—Puede. —Darius sonrió—. Pero conozco a unos cuantos. Y siempre toman té.

Azren se sentó en el sofá, sintiendo la suavidad del terciopelo bajo sus dedos. Darius preparó el té con una calma que parecía meditación. Cada gesto era preciso, consciente, hermoso. Cuando terminó, se sentó frente a él, en una silla baja, y le tendió una taza humeante.

—Gracias —dijo Azren.

—No tienes que agradecer. Eres mi invitado.

El silencio que siguió no fue incómodo. Era un silencio de esos que se permiten dos personas que saben que tienen cosas importantes que decirse, pero que no tienen prisa por decirlas. Azren bebió un sorbo de té. Estaba perfecto. Por supuesto.

—Él te habló de mí —dijo Azren al fin.

—Sí.

—¿Qué te dijo?

Darius lo miró por encima del borde de su taza. Sus ojos azules, a la luz de la tarde, parecían dos pequeños lagos de montaña. Tranquilos. Profundos. Imposibles de ignorar.

—Dijo que había encontrado a alguien que entendía las cosas. Alguien que podía traducir lo que yo decía sin que él tuviera que explicarlo. —Hizo una pausa—. Dijo que eras diferente.

Azren sintió un calor extraño en el pecho. No esperaba eso.

—También dijo que le habías dicho que no —continuó Darius, y ahora su voz tenía un matiz de curiosidad genuina—. Que te negaste a seguir ayudándolo. Eso... me sorprendió.

—¿Por qué?

—Porque la gente no le dice que no a Caeleen. No cuando quiere algo. Es demasiado... —buscó la palabra—. Intenso. Demasiado magnético. La gente se deja llevar. Tú no.

Azren no supo qué responder. La mención de Caeleen, el nombre flotando en ese espacio tan íntimo, le recordó por qué estaba allí. Por qué todo era tan complicado.

—Él te quiere —dijo Azren. No era una pregunta.

Darius no respondió de inmediato. Miró por la ventana, hacia la calle, hacia la luz. Cuando volvió a hablar, su voz era más baja.

—Lo sé.

—Y tú a él.

—También lo sé.

—Entonces, ¿por qué?

Darius lo miró. Y en sus ojos, Azren vio algo que no esperaba: no era evasiva, no era culpa. Era una tristeza profunda, antigua, como la de alguien que ha vivido demasiado tiempo con una pregunta sin respuesta.

—Porque también quiero a León —dijo—. Porque León es mi hogar. Porque cuando estoy con él, el mundo tiene sentido. Porque me despierta con té y me pregunta cómo he dormido. Porque conoce todas mis rarezas y no le importan. Porque me eligió sabiendo... bueno, sabiendo quién soy. Y se quedó. Eso... eso no se tira.

Hizo una pausa.

—Y Caeleen... Caeleen es otra cosa. Es el que me hace sentir vivo. El que me recuerda que soy más que mis rutinas, más que mis miedos. Cuando estoy con él, el tiempo se detiene. Todo es más intenso, más verdadero. Pero también es más breve. Siempre se acaba. Siempre tengo que volver.

Azren sintió el peso de esas palabras. Eran la misma confesión de León, pero vista desde el otro lado. El mismo dolor, la misma imposibilidad.

—No sé elegir —dijo Darius, y su voz se quebró un poco—. No sé cómo se hace. Llevo años intentándolo, y no sé. Porque cuando elijo a León, echo de menos el fuego. Y cuando elijo a Caeleen, echo de menos la paz. Y los dos... los dos me necesitan de maneras distintas. Y yo los necesito a ellos.

—Eso no es justo —dijo Azren. La frase salió antes de que pudiera detenerla.

Darius sonrió. Una sonrisa triste, agotada, pero real.

—No. No lo es. Para ninguno de los tres.

Se levantó. Fue a una de las mesas de trabajo y tomó algo. Cuando volvió, tenía en las manos un fragmento de cerámica rota. Una pieza pequeña, de un azul profundo, con bordes irregulares.

—Esto es lo que hago —dijo, mostrándoselo—. Cojo cosas rotas y las reparo. Con oro. Para que las grietas sean parte de la belleza. Para que lo roto no se olvide, sino que se integre.

Lo dejó sobre la mesita, junto a la taza de Azren.

—A veces pienso que eso es lo que intento con ellos. Reparar lo que no tiene reparación. Unir piezas que no encajan. Y luego miro el resultado y no sé si es hermoso o es un monstruo.

Azren miró el fragmento. Solo un fragmento. Una pieza suelta de algo que alguna vez fue completo.

—Caeleen me pidió que analizara el libro —dijo—. Le dije que trataba de un amor idealizado. De esperar a alguien que no puede cruzar el umbral.

Darius asintió lentamente.

—Y tenías razón. Pero también habla de otra cosa. De lo que pasa cuando alguien cruza el umbral y descubre que la casa no es lo que esperaba. De lo que pasa cuando la espera se acaba y empieza la vida real.

—¿Y qué pasa? —preguntó Azren.

—No lo sé —admitió Darius—. Llevo años esperando a que pase.

El silencio se estiró. Largo. Cómodo. Extrañamente íntimo.

—¿Por qué me cuentas todo esto? —preguntó Azren al fin—. No me conoces.

Darius lo miró. Directo. Sostenido.

—Porque no hay nadie más —dijo—. Porque con León no puedo hablar de esto sin hacerle daño. Porque él no sabe... —se detuvo, se corrigió—. Porque no quiero que lo sepa. No así. No de esta manera. Y con Caeleen... con Caeleen no puedo hablar de esto sin alimentar algo que debería apagarse. Y porque tú... tú has estado dentro. Has visto el beso. Has leído el libro. Has estado ahí, en los bordes de todo esto. Y en lugar de salir corriendo, viniste aquí a devolver esto. —Señaló el libro—. Eso dice algo de ti.

—¿Qué dice?

—Que quieres entender. Que no te basta con juzgar. Que necesitas ver el cuadro completo, aunque duela. —Darius sonrió—. Eso es raro. Y valioso.

Azren no supo qué decir. Se quedó un rato más, bebiendo té, escuchando a Darius hablar de su trabajo, de las piezas que reparaba, de las historias que cada fragmento contaba. Hablaba con una pasión tranquila, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Cuando por fin se levantó para irse, el sol ya se estaba poniendo. Darius lo acompañó a la puerta.

—Gracias por venir —dijo—. Y por devolver el libro. No sabes cuánto significa para mí.

—Deberías decírselo a Caeleen —dijo Azren—. Que el libro es importante. Que te importa.

Darius negó con la cabeza.

—Él lo sabe. El problema no es que lo sepa. El problema es que no sabe qué hacer con eso. —Sonrió—. Como yo.

Azren asintió. Empujó la puerta, el cascabel sonó otra vez.

—Azren —dijo Darius desde el umbral.

Se volvió.

—Ten cuidado. Caeleen no sabe perder. Y ahora que le dijiste que no, no va a olvidarlo. No va a olvidarte.

La advertencia flotó en el aire. Azren la sintió en el pecho como un peso más.

—Gracias —dijo.

Caminó calle abajo, con la imagen del taller grabada en la memoria. El olor a incienso y madera. La luz de la tarde filtrándose por la ventana. Las manos de Darius, finas y seguras, sosteniendo fragmentos de cerámica rota.

Y una certeza nueva, incómoda, instalándose en su cabeza:

Darius no era un villano. No era un manipulador. Era un hombre atrapado entre dos amores, incapaz de elegir, incapaz de soltar. Como León. Como Caeleen.

Y él, Azren, ya no era un testigo. Era parte del paisaje. Una pieza más en ese tablero donde todos perdían.

Pero al menos, pensó, había conocido el taller. Había visto dónde vivía el fantasma. Y el fantasma, resultó, era de carne y hueso. Y estaba tan perdido como los demás.

1
fryda~
Esto sonó muy personal 🥹
;; Aracnea ♡
Me enganché desde el principio. La historia de Azren y Caeleen me tuvo completamente atrapada, pero salí agotada de tanto drama. Azren me sacaba de quicio con lo sumiso que era, dejando que le pasaran por encima una y otra vez. Caeleen es de esos personajes que amas y odias al mismo tiempo: un imbécil con momentos de brillo. Darius me caía fatal al principio, pero terminé entendiéndolo e incluso sintiendo pena por él. Y León... pobre León, el único cuerdo de toda esta historia, merecía mucho más. 10/10
Fany Torres
excelente trabajo bellísima historia me encantó felicito al autor gracias por compartir su talento con nosotros siga así
Santy
Me gustó mucho. Disfrute la historia, los altos y bajos de emociones que me generó la trama. Recomendadisima!! /Heart/
Santy
El final que merecían 👏🥰..
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play