Me contrato para traducir el corazón de su amante.
Terminé enamorándome de él.
Azren solo quería ayudar a Caeleen Valkrum —dios del baloncesto, multimillonario, el hombre más guapo que había visto nunca— a entender al hombre que le rompió el alma.
Pero cada palabra que analizaba, cada secreto que descifraba sobre Darius, lo acercaba más al abismo de caer por Caeleen.
Cuando sus familias pactan su matrimonio, Azren acepta convertirse en el esposo legal del hombre que ama en secreto. Una alianza sellada con papeles, con anillos, con un "sí, quiero" que Caeleen pronunció mirando a otro.
Porque prefiere quemarse en su tormenta a no tener nada de él.
Aunque sabe que, cuando el fuego se apague...
Caeleen seguirá amando a otro.
Y él habrá perdido todo.
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EL POZO DE LOS DESEOS.
La primavera se hizo más cálida, pero el frío de lo ocurrido persistía en Azren. Había intentado volver a la normalidad, a la vida donde los amores más complicados eran los de los personajes de las novelas que enseñaba. Pero la normalidad, descubrió, era aburrida. Y en su aburrimiento, la mente volvía una y otra vez al mercado de pulgas, a los ojos azules de Darius y a la idea del hombre guapo e intimidante esperándolo frente al colegio, irrumpiendo en su espacio con la fuerza de un hecho consumado.
No fue una decisión consciente. Fue un impulso, una tarde en la que la monotonía le pesaba demasiado. Tomó el libro que Caeleen le había dado, "El Silencio de las Piedras Blancas", y se dirigió al único lugar que le pareció lógico: el Estudio Kintsugi & Pétalos.
El lugar era más pequeño de lo que imaginaba, un local tranquilo en una calje adoquinada del casco antiguo. La vitrina mostraba un jarrón antiguo reparado con delicadas venas doradas junto a un arreglo floral seco y minimalista. Un letrero discreto decía: "Por cita previa". Azren empujó la puerta, haciendo sonar un suave cascabel.
El interior olía a cera de abejas, arcilla húmeda y a ese aroma seco y dulce de las flores preservadas. No había nadie en la pequeña sala de recepción, pero una puerta entreabierta al fondo dejaba escuchar el suave crujido del papel.
—¿Hola? —llamó Azren, su voz sonando extrañamente alta en el silencio.
Un momento después, Darius apareció en el marco de la puerta. Vestía un delantal de lino manchado de arcilla y pigmentos, y sus manos finas tenían rastros de polvo dorado. Su cabello rubio ceniza estaba recogido de cualquier manera. Al ver a Azren, sus ojos azules parpadearon, primero con la cortesía profesional de un comerciante, y luego con un reconocimiento inmediato y nítido. No hubo sorpresa lenta. Lo conocía.
—Usted —dijo Darius, y no fue un saludo. Fue una identificación cargada de significado. Su voz era suave, pero no había duda en ella. —El de la galería. El de la terraza.
Azren asintió, sintiendo cómo la garganta se le cerraba. No había lugar para fingir desconocimiento. Levantó el libro. —Vine a devolver esto. Creo que… es suyo.
Darius miró el libro, y una expresión compleja cruzó su rostro pálido y sereno: nostalgia, dolor, y algo parecido al cariño. —¿Cómo llegó a sus manos? —preguntó, aunque por la tensión en sus hombros, parecía saber perfectamente la respuesta.
—Me lo dio Caeleen —confesó Azren, optando por la verdad completa esta vez—. Para que lo analizara.
Un suspiro, casi inaudible, escapó de los labios de Darius. —Claro —susurró, y el nombre de Caeleen, en su boca, sonó a resignación y a una intimidad profunda y fatigada. Hizo un gesto hacia el interior del taller. —Pase.
Azren lo siguió a un espacio iluminado por una gran ventana. Mesas llenas de herramientas, fragmentos de cerámica, polvos de colores y oro en láminas. En un rincón, un ramo de peonías blancas, ya marchitas pero conservadas con cierto cuidado, en un jarrón simple. Era el taller de un alquimista de la belleza rota.
Darius se limpió las manos en el delantal y tomó el libro, acariciando el lomo desgastado. —Siempre fue demasiado… literal para estas cosas —dijo, no con desprecio, sino con una ternura agotada. —¿Qué le dijo él que hiciera?
—Que analizara. Que le dijera qué significaba.
—¿Y usted lo hizo? —preguntó Darius, alzando sus ojos azules, ahora llenos de una curiosidad genuina y triste.
—Sí. Le dije que hablaba de un amor idealizado e inalcanzable. De esperar a alguien que no puede cruzar el umbral.
Darius dejó escapar una risa breve, sin humor. —Justo lo que él no quería oír. Pero lo que necesitaba escuchar. —Se apoyó contra una mesa, cruzando los brazos. —Usted es el profesor. El de literatura. Caeleen me habló de usted. Dijo que había encontrado a alguien que… traducía.
Azren sintió un escalofrío. Caeleen me habló de usted. La frase era simple, pero implicaba conversaciones, confidencias, un lugar en su diálogo privado.
—No soy más que un profesor —mintió Azren.
—Para él, no —dijo Darius, y su mirada se volvió penetrante. —Para él, usted fue una herramienta. Un puente hacia mí. Y usted lo rechazó después. Eso… es interesante. La mayoría no se atreve.
La conversación estaba yendo a un lugar peligroso. Azren buscó algo que decir, algo que no fuera la pregunta obvia, pero fue la única que salió. —Usted… ¿lo quiere?
La pregunta, directa y torpe, quedó suspendida en el aire cargado de polvo de oro. Darius no se inmutó. Miró por la ventana, hacia la calle soleada, como si la respuesta estuviera escrita allí.
—Es complicado —empezó, pero luego se corrigió, con una honestidad que sorprendió a Azren—. No, no es complicado. Es simple, y por eso duele más. A León lo quiero. Es mi hogar, mi estabilidad, mi mejor amigo... mi esposo. Con él tengo paz. —Hizo una pausa, y cuando continuó, su voz bajó a un susurro—. A Caeleen… a Caeleen lo necesito. Es el aire cuando siento que me ahogo en mi propia paz. Es la tormenta que me recuerda que estoy vivo. Con él… no hay paz. Hay fuego. Y a veces, sí —añadió, mirando a Azren directamente, sin vergüenza—, a veces prefiero ese fuego. Aunque me queme. Aunque sea egoísta. Aunque esté mal.
La confesión era brutal en su claridad. Darius no era un prisionero. Era un adicto. Adicto a la seguridad de León y al vértigo de Caeleen. Y se permitía ambos, condenando a los tres a un ciclo de dolor y placer.
—¿Y él lo sabe? —preguntó Azren—. ¿Sabe que usted elige el fuego, a veces?
Darius asintió lentamente. —Caeleen lo sabe. Por eso no se rinde. Porque sabe que, en el fondo, yo tampoco quiero que se rinda. Es un pozo sin fondo de deseos contradictorios. Y él y yo somos los dos idiotas que nos asomamos a mirar nuestro propio reflejo, una y otra vez.
Azren comprendió entonces la verdadera dinámica. No era una persecución unilateral. Era una danza tóxica y consensuada. Caeleen, con su terquedad feroz, empujaba. Y Darius, con su melancolía y su deseo, cedía, una y otra vez, para luego retirarse a su jaula dorada, culpable y anhelando la próxima vez.
—¿Por qué me está contando esto? —preguntó Azren, desconcertado.
—Porque usted ya está dentro —dijo Darius, con una triste sonrisa—. Porque vio el beso. Porque leyó el libro. Porque le devolvió las flores marchitas a Caeleen, en forma de rechazo. Usted ya no es un extraño. Es… un testigo. Y los testigos a veces son las únicas personas a las que se les puede decir la verdad, porque no tienen nada que ganar o perder con ella.
Azren se marchó del estudio minutos después, con la cabeza dando vueltas. Darius no le había pedido nada. Solo le había mostrado el mecanismo interno del desastre. Caeleen no estaba perdido. Estaba exactamente donde Darius quería que estuviera: en el límite, presionando, siendo la tormenta a la que él podía escaparse cuando la paz era demasiado.
Al salir a la calle, el sol le pareció demasiado crudo, iluminando sin piedad la fealdad de esa verdad. No había héroes ni villanos. Solo tres hombres atrapados en un sistema de necesidades que se alimentaban mutuamente. Y él, el testigo, ahora cargaba con el conocimiento de que la tragedia no era un accidente.
Era un acuerdo tácito. Y eso la hacía infinitamente más triste, y más real.