Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capitulo 17
-Póntela -ofreció él, y abrió la bata en sus manos. Ella se quedó dudando unos momentos, con los ojos cerrados.
-Solo por esta noche -dijo al fin-. Mañana me llevarás de vuelta a San Esteban.
«Jamás», estuvo a punto de decir él.
-Mañana... hablaremos de ello -se limitó a prometer.
Ella lo miró recelosa, pero asintió y se giró para permitirle que le pusiera la bata.
Él supo que no merecía esa concesión, y quiso devolverla con un beso especial. Pero en vez de eso le dio la vuelta y, pasándole las manos por los hombros y la cintura, le ató el cinturón.
-La calma que sigue a la tormenta -dijo ella con una sonrisa.
-Mejor así que lo que en verdad quería hacer -respondió él con pesar.
-¿Te refieres a esto? -preguntó ella, y lo miró a los ojos para que él pudiera ver lo que estaba pensando. Entonces lo besó, y al separarse le dedicó una sonrisa burlona.
Cuando se giró, le rozó con los dedos la parte más endurecida de su cuerpo. Hassan dejó escapar una risita. Geisa podía tener un aspecto suave, pero por dentro ardía en llamas.
Cenaron salmón hervido con espinacas y asado de vaca con crema. Hassan le sirvió vino blanco, y él bebió agua con gas. El vino hizo que Geisa se ablandara un poco, pero consiguió recordar que solo iba a ser una noche maravillosa. Cuando acabaron la cena y Hassan sugirió que dieran un paseo por cubierta, ella se sentía lo bastante animada como para acompañarlo.
En el exterior soplaba una cálida brisa. Los dos caminaron descalzos, vestidos tan solo con las batas, y parecían ser k>s dos únicos tripulantes del barco.
-Rafiq está entreteniendo a Ethan... ahí arriba -explicó Hassan cuando ella le preguntó dónde estaba todo el mundo. Le indicó con la mano las luces que brillaban en las ventanas del puente.
-¿No deberíamos unimos a ellos?
-No creo que apreciaran la interrupción. Están jugando al póquer con algunos miembros de la tripulación, y nuestra presencia mermaría su... entusiasmo.
Lo que realmente quería decir era que no quería compartirla con nadie.
-Tienes respuesta para todo, ¿eh? -susurró ella.
-Eso intento -dijo con una sonrisa tan seductora que Geisa tuvo que apartar la mirada.
Se acercó a la barandilla y miró hacia abajo, hacia la espuma que levantaba el casco. Navegaban a gran velocidad, y Geisa se preguntó a qué distancia estarían de San Esteban.
Pero no se lo preguntó a Hassan, porque con ello solo conseguiría provocar una discusión.
-Es un yate impresionante, incluso para un jeque del petróleo -observó.
-Sesenta metros de eslora por nueve de manga -dijo él apoyándose de espaldas en la barandilla. Le pasó el brazo por la cintura y la hizo girarse, para que pudiera seguir las indicaciones de su mano-. En la cubierta superior está el puente de mando, desde donde mi buen capitán mantiene el rumbo. En la segunda cubierta está el solarium y el salón principal. La mitad de la cubierta donde nos encontramos está reservada para nuestro uso personal, con compartimentos privados, mi despacho, etc., mientras que la otra mitad se destina a usos comunes.
-Cielos, tienes suerte de ser tan rico -dijo ella con un suspiro.
-Todavía no he acabado -replicó él-. Bajo nuestros pies hay seis suites privadas para alojar a la realeza. Luego está la sala de máquinas y los camarotes de la tripulación. Hay también una piscina, un gimnasio y un surtido de juguetes náuticos para hacer agradable la travesía.
-¿Y tiene algún nombre este palacio flotante?
-Mmm... Sexy Lady -susurró, e inclinó la cabeza para morderle el cuello.
-¡Déjate de bromas! -lo acusó ella, dándose la vuelta para mirarlo.
-Está bien -se encogió de hombros-. Estoy bromeando.
-¿Cómo se llama? -volvió a preguntar riendo. El corazón le dio un vuelco al contemplarlo allí, tan apuesto y relajado, luciendo una sonrisa natural y sincera. Dios, ¿cómo no amarlo tanto? Era su... La risa murió en sus labios al ver su expresión-. No -no podía haberlo hecho. No habría sido capaz de…
-¿Por qué no? -preguntó él en un suave tono de desafío.
-¡En este caso no! -le espetó. No estaba segura de que se estuvieran refiriendo a lo mismo, pero tenía un horrible presentimiento.
-Es una tradición ponerle a un barco el nombre de tu amada -señaló él-. Y, además, ¿por qué tengo que excusarme cuando no podría haberte hecho un mejor cumplido?
-Porque... -empezó a decir con voz temblorosa.
-No te gusta.
-¡No! -casi inmediatamente cambió de opinión-. ¡Sí, me gusta! Pero no tendrías que haberlo hecho. Tú...
Él la hizo callar con un beso, y ella se olvidó de lo que estaba diciendo. Solo fue consciente de la ola de calor que la invadía, tan peligrosamente seductora que...
Se dejó llevar por la pasión que demandaban aquellos fuertes brazos y por la insaciable avidez de sus besos.
-¿Vamos a la cama? -le sugirió él con un susurro.
-Sí -aceptó ella, entrelazando los dedos en sus cabellos y hundiendo la lengua entre sus labios…