En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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El Ocaso de una Jornada
La tarde se estiraba, pintando el cielo con tonos naranjas y morados. En la casona, Leonardo se sumergía en el tedio de los asuntos de la hacienda. Firmas, balances, disputas menores... Era una tarea mundana, una jaula de oro que no se comparaba con el fragor electrizante de los debates políticos o el honor crudo que sentía al liderar en el campo de batalla. Su mente, habituada a la estrategia, se sentía atrofiada.
Mientras tanto, en la cocina, el aire estaba denso con el aroma dulzón de aceite caliente. Esperanza finalizaba sus quehaceres cotidianos, sus manos enrojecidas por el jabón.
—Ten, llévate esto —murmuró Carlota, asomándose con una canasta. Dentro, una montaña de torta fritas doradas y esponjosas. —Hicimos demasiado para el personal, y sabes que no miro con buenos ojos que se desperdicie nada.
El corazón de Esperanza dio un vuelco de alegría genuina y furtiva. La comida no era solo supervivencia, era un acto de bondad. Tomó la canasta, el calor se filtraba por el mimbre, y se inclinó en una pequeña pero sincera reverencia. —Gracias, muchas gracias.De verdad.
Se apresuró a cambiarse, deslizándose en su vieja y remendada saya de trabajo, su destino no era la casona, sino las vastas plantaciones. Corrió con una ligereza inusual, casi como si el secreto y la dulzura de la canasta le hubieran infundido alas.
Llegó a la sección de la cosecha, donde los niños, cubiertos de polvo y sudor, trabajaban en la tediosa y repetitiva separación de los frutos. Eran siluetas pequeñas y cansadas.
—¡Niños, vengan! ¡Miren lo que les traje! —dijo en un susurro excitado. Se dejó caer de rodillas sobre la tierra húmeda, la canasta temblando ligeramente entre sus manos, y levantó el paño que cubría el tesoro.
Los pequeños, con ojos que brillaban más que el sol de la tarde, se lanzaron hacia ella. Repartió un trozo de masa crujiente a cada uno. El silencio se instaló, solo interrumpido por el sonido de las mordidas. Nunca habían probado algo tan caliente, azucarado y tierno. Para ellos, era el sabor del cielo, un efímero escape de la rutina de hambre y trabajo.
El momento de satisfacción se hizo añicos con un sonido seco y brutal.
Un golpe repentino y despiadado derribó a un niño que comía placenteramente. El pedazo de torta frita, su dulce tesoro, cayó sobre la tierra mojada.
Esperanza levantó la cabeza tan rápido que sintió un pinchazo en el cuello. Allí, recortada contra el sol poniente, estaba Malen. No estaba sola. Detrás de ella, dos jóvenes con rostros marcados por el resentimiento la flanqueaban como sombras.
—¿Ahora hasta te sobra comida, perra? —la voz de Malen era un látigo bajo y siseante.
El niño agredido gimoteó, frotándose el brazo. El resto de los pequeños, con sus bocados a medio masticar, se apartaron, el miedo congelando el placer.Esperanza, sintiendo que la sangre le hervía bajo la piel.
—¡¿Cómo te atreves a golpearlo?! ¡Es un niño! —Su voz tembló de indignación. —Y lo que yo haga con mi comida no te importa.
—¿Eso crees, trepadora? —Malen dio un paso al frente, su rostro duro y anguloso se acercó peligrosamente al de Esperanza. Los ojos de Malen eran fríos como el acero.
Mientras tanto, en un intento de sacudir el aburrimiento, Leonardo había decidido escapar. Montó uno de los caballos que él mismo había seleccionado para su uso personal: un corcel oscuro, fuerte y de paso firme. Era la primera vez que se alejaba de la aburrida casona en días.
Cabalgó a través de los campos de siembras y las vastas extensiones verdes. El viento silbaba a su alrededor, una melodía de libertad que sus oídos anhelaban. Disfrutaba de la brisa fresca contra su piel y la gloriosa explosión de colores de la puesta de sol en el horizonte.
De pronto, un ruido discordante interrumpió la paz. Voces humanas, cargadas de ira y lamento, rompían el silencio del atardecer. Aguzó el oído, dirigiendo a su caballo instintivamente hacia la fuente del disturbio, acercándose a los límites de la cosecha.
De vuelta en los campos, Malen se rió, un sonido áspero y seco. La joven a su derecha, con la boca torcida por el desprecio, se inclinó hacia Esperanza, que aún se mantenía firme en el suelo embarrado.
—Claro que nos importa. Mi hermano murió esa noche, ¿recuerdas? —Susurró la joven con veneno. —Y ahora tú eres la que se beneficia con todo esto. Ahora te crees mejor que todos aquí, pero no eres más que una vulgar trepadora que se aprovechó de la desgracia.
La irá crece y ya se encuentra insostenible.