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Furtiva Atracción. Dejándose Amar

Furtiva Atracción. Dejándose Amar

Status: En proceso
Genre:Romance / Romance de oficina / CEO
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: @ngel@zul

Joana había aprendido a vivir sin esperar nada. Cerró puertas, apagó deseos y se acostumbró a la calma de un silencio elegido… o impuesto.Hasta que alguien irrumpió en su vida.Un hombre más jóven, con miradas que encendieron lo que ella creía, con un deseo tan puro como peligroso. Lo que empezó como un juego imposible pronto se volvió una verdad innegable: el amor no entiende de edades, ni de juicios, ni de prohibiciones. Esta antología es un viaje hacia lo inesperado, un homenaje a los amores que llegan tarde… o demasiado pronto. Porque a veces lo prohibido no es un error. Es el único acierto capaz de cambiarlo todo.

NovelToon tiene autorización de @ngel@zul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

A un suspiro

​La mañana siguiente comenzó con la cadencia habitual de la firma: el zumbido constante de los servidores procesando datos, el aroma penetrante del café recién molido en la zona de descanso y el murmullo lejano de conversaciones técnicas entre los equipos de asociados y procuradores. Joana llegó puntual, como siempre, proyectando una imagen de control absoluto. Vestía una blusa color marfil de seda italiana, ligeramente ceñida, que contrastaba con una falda lápiz gris marengo que delineaba con discreción su figura. Su cabello, recogido en un moño bajo impecable, dejaba escapar unos pocos mechones que rozaban su cuello, suavizando la rigidez de su porte profesional y otorgándole un aire de vulnerabilidad que solo ella, frente al espejo del ascensor, era capaz de percibir.

​Su objetivo era claro: refugiarse en la burocracia, en los plazos procesales y en la frialdad de los códigos para poner distancia entre ella y los eventos de la última semana. Sin embargo, la propuesta de Marco seguía operando en su mente como una demanda que no podía desestimar. La invitación a cenar, sus palabras susurradas con un tono tan audaz que había desafiado cada jurisprudencia que Joana creía tener sobre su propia vida, la perseguían. Por las noches, sus sueños se contaminaban con imágenes de su cuerpo reaccionando sin su consentimiento legal, y por las mañanas, despertaba con un hormigueo eléctrico que recorría su espalda, recordándole que el deseo era un testigo que no podía ser silenciado.

​—Debo mantener el orden —se repetía mientras organizaba los informes de la fusión sobre la mesa de la sala de juntas, evitando mirar el lugar exacto donde todo había estallado el viernes—. Él es joven, es imprudente… es un riesgo que no necesito correr.

​Cada frase de autoafirmación sonaba más débil que la anterior en el tribunal de su conciencia.

​A media mañana, mientras caminaba hacia el ascensor para subir a la planta de los socios directores, un sonido familiar la detuvo en seco. Su respiración se volvió errática al reconocer esa voz grave y segura, una voz que tenía la capacidad de desarmar su defensa con un simple saludo.

​—Buenos días, Joana.

​La forma en que pronunció su nombre no fue una mera formalidad; fue una caricia verbal que la hizo tensar los hombros y apretar los puños sobre su tableta digital. Joana giró con lentitud, tratando de que su gesto pareciera el de una jefa atendiendo a un subordinado. Marco estaba allí, impecable en un traje azul oscuro de corte moderno que acentuaba la amplitud de sus hombros. La energía que desprendía era casi tangible, haciéndolo ver más atractivo de lo que la lógica permitía. La sonrisa socarrona que le dedicó le produjo un escalofrío: él sabía que tenía la ventaja táctica.

​—Marco… —Joana asintió levemente, un gesto de cortesía que fue más una reacción refleja que una decisión voluntaria.

​Él dio un paso hacia ella, midiendo la distancia con la precisión de un litigante experimentado. No la tocó, pero la sola presencia de su cuerpo cerca del suyo fue suficiente para alterar su ritmo respiratorio.

​—Te ves preciosa hoy, abogada —murmuró él, bajando el tono para que las secretarias que pasaban no pudieran captar la frecuencia de su voz—. Esa blusa parece haber sido diseñada específicamente para tentar mi capacidad de concentración.

​El calor subió a las mejillas de Joana, traicionando la disciplina que tanto le había costado fingir. Apartó la mirada hacia los indicadores del ascensor, deseando que las puertas se abrieran y la rescataran, pero Marco inclinó la cabeza, buscando sus ojos con una determinación silenciosa que la desnudaba.

​—Marco, tenemos mucho trabajo pendiente con el cierre del trimestre —susurró ella con una tensión que bordeaba el ruego—. No… no debería decir esas cosas aquí.

​—¿Y qué si lo hago? —dijo él, con un destello de audacia juvenil en la mirada—. Nadie nos escucha ahora mismo.

​Al decir esto, acercó su mano a la de ella, rozando sus dedos. El contacto accidental fue como una descarga que encendió un fuego interno que Joana se obligó a ignorar, aunque sintió cómo sus rodillas flaqueaban por un instante. Dio un paso atrás, buscando oxígeno y distancia, pero su cuerpo parecía tener su propio abogado defensor, uno que pedía a gritos que ella cediera.

​Horas más tarde, cuando la luz dorada de la tarde empezaba a filtrarse por las persianas y el bufete comenzaba a vaciarse, Joana decidió buscar refugio en la sala de archivo físico, el sótano del edificio donde se guardaban los expedientes antiguos. Era un lugar frío, con olor a papel viejo y cuero, donde sabía que encontraría la privacidad necesaria para calmar sus pensamientos. Sin embargo, al abrir la pesada puerta de madera, lo encontró allí. Estaba apoyado casualmente contra una estantería de metal, con una carpeta en la mano, como si hubiera previsto su llegada en un análisis de probabilidades.

​—¿Buscas algún precedente? —preguntó Marco con una inocencia fingida que resultaba exasperante. Su voz grave llenó el espacio reducido de la sala de archivo.

​Joana lo miró, incrédula y fatigada por la lucha interna.

—¿Qué hace aquí, Marco? Se supone que debería estar terminando las diligencias.

​—Tal vez estoy trabajando en lo mismo que tú —respondió él, dejando la frase suspendida en el aire como una prueba incriminatoria—. O tal vez… simplemente sabía que este era el único lugar donde no podrías fingir que no existo.

​La luz cálida de una lámpara de pie acentuaba las facciones de Marco, y por un instante, el tiempo se detuvo. La puerta se cerró tras él con un clic casi imperceptible, sellando un pacto de silencio que solo ellos dos compartían en ese mausoleo de leyes.

​Joana permaneció de pie, sintiendo el golpe sordo de su corazón contra las costillas. Marco acortó la distancia final y, sin pedir permiso a la jerarquía, rodeó su cintura con una mano firme. El contacto, aunque controlado, provocó que un escalofrío recorriera la columna de Joana de arriba abajo.

​—Díme que no me deseas —susurró él, acercando sus labios lo suficiente para que ella sintiera el calor de su respiración, pero sin llegar a besarla—. Dímelo mirándome a los ojos, con la misma firmeza con la que interrogas a un testigo.

​Joana abrió la boca, pero las palabras se quedaron atrapadas en el nudo de su garganta. Su mente buscaba desesperadamente un argumento racional, una cláusula de exclusión que la protegiera del vértigo. Sus labios se entreabrieron, pero no para hablar, sino en un suspiro involuntario que delató su rendición física.

​Marco sonrió con la certeza del vencedor. Se inclinó un poco más, rozando su nariz con la de ella, jugando con la tensión de un beso que amenazaba con reescribir su futuro. Durante segundos que parecieron horas, Joana se quedó atrapada en ese limbo. Su respiración era superficial y sus manos temblaban sobre la seda de su blusa. La conciencia de su deseo estaba en conflicto directo con su mayor miedo.

​Y entonces, como una ráfaga de viento helado en medio de un incendio, apareció su recuerdo. La imagen de Nick: su sonrisa tranquila, la calidez de su abrazo protector, la promesa de amor que ella había jurado mantener más allá de la muerte. La memoria de su esposo irrumpió en la sala de archivo como un juez supremo reclamando orden. Fue suficiente para que Joana reaccionara. Se zafó del agarre de Marco con un movimiento brusco, casi desesperado, buscando aire entre las estanterías de expedientes.

​—¡No! —exclamó, con una voz que resonó en el silencio de la sala—. No puedo hacer esto. No debo.

​Marco permaneció inmóvil, observándola no con enojo, sino con un respeto profundo. Sus ojos brillaban con una intensidad que no buscaba intimidar, sino comprender el litigio emocional que ella estaba librando.

​—No voy a presionarte, Joana —dijo él, con voz serena—. Pero no te mientas a tí misma. Lo que sientes es tan real como cualquier ley escrita.

​Ella apartó la mirada, incapaz de sostener el peso de la verdad, mientras sus dedos se aferraban al borde de una carpeta metálica para no caer.

​—Déjame en paz, Marco —susurró, tuteándolo, rompiendo el protocolo como si al hacerlo pudiera expulsar la tensión acumulada. Pero incluso en ese rechazo, la traición de su cuerpo era evidente para ambos.

​Marco inclinó la cabeza, aceptando la tregua temporal, pero su mensaje final no necesitó de firmas ni sellos:

—Podrás huir de este despacho, Joana, pero no podrás huir de lo que tu cuerpo reclama cada vez que me ve. Yo sé esperar… y no pienso rendirme.

​Cuando él salió de la sala de archivo, el silencio regresó, pero era un silencio cargado de electricidad estática. Joana permaneció allí, respirando hondo, tratando de recomponer los fragmentos de su armadura profesional. El calor en su piel no disminuía y la tensión que Marco había despertado seguía latiendo en su interior como una herida abierta.

​Sabía que había actuado correctamente bajo sus principios, pero el vértigo persistía. Había estado a milímetros de entregarse otra vez, y una parte de ella —la parte que no era abogada ni socia— lamentaba amargamente el haber retrocedido. Se dio cuenta de que estaba atrapada en una atracción furtiva y peligrosa que estaba consumiendo cada uno de sus pensamientos, transformando su vida estructurada en un territorio de incertidumbre.

​Y aunque no lo admitiera frente a nadie, una certeza se abría paso entre sus miedos: el juicio final contra sus propios deseos estaba cerca, y Marco D’Lorenzo no era un oponente que aceptara un acuerdo extrajudicial.

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Nairobis Cardozo Portillo
❤️❤️❤️❤️❤️❤️
Carmen Palencia
eres una excelente escritora y gracias por actualizar más capitulos por favor que estoy ansiosa por seguir leyendo más de esta hermosa historia
Carmen Palencia
excelente novela por favor más capitulos que estoy ansiosa por seguir leyendo más de esta hermosa historia
Carmen Palencia
excelente novela
Nairobis Cardozo Portillo
❤️❤️❤️
Nairobis Cardozo Portillo
❤️❤️❤️❤️❤️❤️
Nairobis Cardozo Portillo
Buenísima historia 👏👏👏
Nairobis Cardozo Portillo
❤️❤️❤️❤️❤️
Nairobis Cardozo Portillo
Joana arriésgate a vivir
Nairobis Cardozo Portillo
👏👏👏👏
Nairobis Cardozo Portillo
Joana atrévete a vivir
Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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Nairobis Cardozo Portillo
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