**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**
Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.
Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.
Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.
Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.
El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.
Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.
**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**
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Capítulo 16
Cap 16: No es un asunto menor
—Valentina es mi conductor designado esta noche —dijo Santiago. Su voz no subió. No necesitaba subir. Era la voz de alguien que no pide permiso porque no lo necesita—. El coche de Emilio es demasiado caro para dejarlo con el valet. —Miró a Valentina y extendió la mano hacia ella—. Ven. Necesito que revises algo en el coche.
Valentina se puso de pie. Le temblaban las rodillas pero las rodillas no se veían bajo la falda, así que no importaba. Tomó su bolsa. No miró a Lic. Vargas. No miró a nadie. Solo caminó hacia la puerta siguiendo a Santiago, concentrada en poner un pie delante del otro sin caerse.
Lic. Vargas abrió la boca para decir algo —tal vez una broma, tal vez una protesta envuelta en cortesía—, pero la mirada que Santiago le dirigió al girarse fue suficiente para cerrarla.
No fue una mirada amenazante. Fue peor: fue una mirada vacía. La de un hombre que no siente nada por ti y quiere que lo sepas.
La puerta del restaurante se cerró detrás de ellos.
El aire de Polanco a las diez de la noche era frío y olía a gasolina y a los jacarandas del camellón. Valentina se abrazó a sí misma. Las manos le temblaban —no de frío, aunque también hacía frío, sino del tipo de temblor que viene después, cuando el peligro ya pasó y el cuerpo por fin se permite acusar recibo. La smartband marcaba 122 lpm y bajando, pero despacio, como un motor que tarda en enfriarse.
Se quedaron de pie en la banqueta un momento. El ruido de la calle los envolvió: un taxi tocando el claxon, una pareja riéndose en la esquina, el murmullo de otro restaurante cuyos comensales no tenían idea de lo que acababa de pasar a quince metros de distancia.
Santiago la miró. No le preguntó si estaba bien —habría sido redundante, él lo sabía mejor que ella—. Solo dijo:
—Vamos.
Santiago caminó hasta su auto —un BMW negro estacionado frente al restaurante con la discreción de un objeto que cuesta más que un departamento—. Abrió la puerta del copiloto. Esperó.
Valentina subió. Santiago rodeó el auto, se sentó al volante y arrancó. No encendió la radio. No habló. El silencio llenó el interior del coche como agua.
Pasaron tres minutos. Reforma brillaba a través del parabrisas con sus torres iluminadas y sus anuncios de lujo. Valentina miraba por la ventana sin ver nada.
—Gracias —dijo al fin. La voz le salió pequeña, como una cosa frágil que no estaba segura de querer existir en voz alta—. Por lo de antes. Por sacarme de ahí.
Santiago no contestó. Sus manos estaban firmes sobre el volante, los nudillos relajados, la postura de alguien que conduce la misma ruta todos los días. Pero algo en su mandíbula —una tensión apenas visible, como un tornillo apretado medio giro de más— le dijo a Valentina que no estaba tan tranquilo como aparentaba.
Condujo dos cuadras más. Luego:
—¿Por qué le tienes miedo al alcohol?
Valentina giró la cabeza.
—No le tengo miedo al alcohol.
—Tu reacción cuando te ofrecieron la copa fue de pánico. No de incomodidad. Pánico.
Valentina se quedó callada un momento. Luego sacó su celular, abrió Instagram y le mostró la pantalla. Fotos de ella con amigas: un mojito en una terraza, una michelada en una fiesta de cumpleaños, un shot de mezcal en Año Nuevo con la cara de alguien que se va a arrepentir.
—¿Ve esto? Sí bebo. No le tengo miedo al alcohol. —Guardó el teléfono. Su voz se endureció, no de enojo sino de algo más firme, más parecido a una verdad que se niega a doblarse—. Le tengo miedo a la persona que me obliga a beber.
El auto se detuvo en un semáforo. La luz roja tiñó el interior del coche de un color que parecía apropiado.
Santiago la miró. Valentina le sostuvo la mirada.
—No es el vino —continuó—. Es que alguien decide por ti. Que tu "no" no vale. Que tu límite no importa porque la otra persona tiene más poder, más años, más dinero. Y que si no aceptas, eres la aburrida, la difícil, la que arruina la noche.
El semáforo cambió a verde. Santiago no arrancó inmediatamente. Un auto detrás de ellos tocó el claxon. Santiago lo ignoró durante dos segundos antes de acelerar.
—Si fueras yo —dijo Valentina—, ¿lo habrías aceptado?
La pregunta flotó en el auto como una cosa con peso. Santiago procesó. Valentina podía casi ver los engranajes girando detrás de sus ojos —no porque él fuera frío, sino porque este tipo de pregunta requería una respuesta que su sistema habitual no tenía precargada.
Diez segundos.
—No —dijo al fin—. Y no debí permitir que llegara a ese punto.
Valentina abrió la boca. No esperaba eso. Esperaba una justificación, una explicación, un "es complicado porque es un cliente importante." Lo que obtuvo fue una admisión directa de error, dicha con la misma voz plana de siempre, pero con un peso diferente.
—Tenías razón —añadió Santiago, mirando la carretera—. No es un asunto menor. Y yo estuve mal por no actuar antes.
Silencio.
Valentina sintió algo caliente subirle por la garganta. No era llanto —era algo más parecido al alivio que se siente cuando alguien, por fin, dice lo que necesitabas escuchar.
Santiago sacó el teléfono del soporte del tablero. Con una mano en el volante y la otra en la pantalla —Valentina quiso decirle que eso era ilegal, pero se contuvo—, abrió la aplicación de notas y empezó a escribir.
Valentina se inclinó. Leyó por encima de su hombro:
"No normalizar el consumo forzado de alcohol en eventos de negocios. Es una falta de respeto sin importar la jerarquía."
Lo escribió palabra por palabra. Sin abreviaturas. Sin emojis. Como si estuviera redactando un artículo del código civil.
—¿Está... tomando nota? —preguntó Valentina.
—Estoy modificando mis criterios —dijo Santiago, como si eso fuera lo más normal del mundo—. A partir de ahora, mis cenas de negocios no tendrán presión para beber. Para nadie. Si un cliente no respeta esa regla, la reunión se cancela.
—No puede cancelar reuniones con clientes porque alguien le ofrece una copa a su asistente.
—No es "ofrecer." —Santiago apretó el volante—. Ofrecer es preguntar una vez y aceptar la respuesta. Lo que hizo Vargas fue presionar. Hay una diferencia.
Valentina parpadeó. Esa distinción —tan simple, tan obvia, y sin embargo tan raramente articulada por alguien con poder— la golpeó como un chorro de agua fría en la cara.
—Puedo cancelar lo que quiera —continuó Santiago—. Es mi empresa.
Valentina lo miró. Santiago la miró de vuelta durante un segundo —lo máximo que se permitía apartar los ojos de la carretera—. No había calor en su mirada. No había ternura. Pero había algo que Valentina no le había visto antes: certeza. La certeza de alguien que ha decidido que una cosa está mal y va a corregirla, no porque la sienta sino porque la entiende.
"Yo creía que era incapaz de sentir empatía."
El auto giró hacia Insurgentes. Las luces de la ciudad se multiplicaron en el parabrisas.
"Me equivoqué."
Santiago guardó el teléfono. Condujo en silencio durante cinco minutos. Luego, en un semáforo, volvió a sacarlo. Abrió las notas. Escribió una línea más:
"No ser indiferente \= correcto."
Lo miró un momento. Lo guardó.
Valentina vio las palabras antes de que la pantalla se apagara. Cinco palabras. Un hombre de treinta y tantos años, CEO de un grupo corporativo, escribiendo en su teléfono a las diez y media de la noche que no ser indiferente era lo correcto. Como si fuera un descubrimiento. Como si nadie se lo hubiera enseñado antes.
Su corazón dio un salto. No de miedo. No de ansiedad. De algo que no estaba lista para nombrar pero que se sentía como el primer segundo después de abrir una ventana en un cuarto que ha estado cerrado demasiado tiempo.
Santiago lo sintió. Valentina supo que lo sintió porque sus dedos se apretaron ligeramente sobre el volante y su mandíbula se tensó un milímetro.
Pero no dijo nada.
Y por primera vez, el silencio entre ellos no fue incómodo, ni operativo, ni diplomático. Fue el silencio de dos personas que acaban de cruzar una línea invisible y todavía no saben cómo llamar al lugar donde están.
Pasaron Chapultepec. Las copas de los árboles del bosque se recortaban contra el cielo nocturno como un mar oscuro dentro de la ciudad. Valentina miraba por la ventana, procesando algo que no sabía cómo clasificar: un hombre que no sentía emociones pero que escribía reglas para comportarse como si las sintiera. No era empatía. No era cariño. Era algo más extraño, más metódico, más Santiago: la voluntad de ser mejor tratada como un proyecto de ingeniería.
Y sin embargo, funcionaba. A veces la intención importa menos que el resultado.
El auto llegó a la estación de metro más cercana a Ecatepec. Santiago se detuvo junto a la banqueta.
—Mañana a las nueve —dijo.
—A las nueve —repitió Valentina.
Bajó del auto. Cerró la puerta. Caminó tres pasos y se detuvo. Se giró. El BMW seguía ahí, con el motor encendido y las luces delanteras iluminando la banqueta.
Santiago esperó hasta que ella entró a la estación. Luego arrancó.
En el auto vacío, su Apple Watch marcaba 73 lpm. Cinco latidos más que su media en reposo. No era ansiedad. No era miedo. Era ese calor otra vez —el mismo de las noches anteriores, pero más definido, más persistente, como una frecuencia que su cuerpo estaba aprendiendo a reconocer.
No le puso nombre. Todavía no.