Valentina Reyes lleva dos años tragándose el infierno en silencio.
Cada mañana se sube al Metrobús en Coyoacán, cruza media ciudad y llega a las oficinas de Grupo Lucía en Santa Fe — el imperio empresarial del hombre que la destruyó. Cada mañana se para frente a Sebastián Montero, el CEO más despiadado de Ciudad de México, y finge que no le tiemblan las manos. Cada noche vuelve a su departamento vacío, abre el frasco de paroxetina y cuenta las pastillas que le quedan.
Sebastián la odia. O eso dice.
Porque Valentina era la mejor amiga de Lucía — su hermana menor, la que murió una noche hace cinco años en circunstancias que nadie ha podido explicar del todo. Y Sebastián está convencido de que Valentina pudo haberla salvado.
Lo que él no sabe es que Valentina también lo cree. Que la culpa la está matando por dentro mucho antes de que él pudiera hacerlo.
Un día, Sebastián le propone algo absurdo: un acuerdo de cien días. Cien días juntos — viviendo bajo el mismo techo, siguiendo sus reglas, fingiendo una relación que a ella le quema y a él le obsesiona. Cuando los cien días terminen, ella será libre. Él la dejará ir.
Pero en esos cien días pasan cosas que ninguno de los dos planeó.
Él descubre que detrás de su odio hay algo mucho peor: que nunca dejó de amarla. Ella descubre que el caso de Lucía esconde una verdad que podría cambiarlo todo — una verdad que alguien está dispuesto a matar para mantener enterrada. Y Doña Carmen, la madre de Sebastián, enferma terminal y rota por la pérdida de su hija, le exige a su hijo que elija: su familia o esa mujer.
Los cien días se acaban en Nochevieja.
Y Valentina ya decidió cómo va a terminar esta historia.
**¿Será Sebastián capaz de encontrarla antes de que sea demasiado tarde?**
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Capítulo 16
Capítulo 16
Dos mundos
Day 12.
Sebastián nunca había estado en un departamento tan pequeño.
El de Valentina cabía entero en su vestidor de Polanco. Una sala-comedor que era también estudio, una cocina donde dos personas no podían estar de pie al mismo tiempo, un baño con regadera que goteaba, y un cuarto con una cama individual, una mesa de noche y un clóset que no cerraba del todo.
Pero estaba limpio. Impecablemente limpio. Los libros en la repisa estaban organizados por tamaño. La cocina olía a limón. Las sábanas de la cama estaban estiradas sin una arruga, como si Valentina hubiera aprendido que el orden era la única forma de control que le quedaba.
—Perdón por el espacio —dijo ella desde la cocina, preparando café.
—No te disculpes.
Sebastián se paró frente a la repisa de libros. La mayoría eran de arte: historia del muralismo mexicano, técnicas de acuarela, un manual de dibujo anatómico con las esquinas dobladas. Pero en el estante de arriba, apoyado contra la pared con una flor seca como separador, había uno que reconoció al instante.
Cien años de soledad. Edición de bolsillo, con la portada desgastada y el lomo quebrado.
—Ése se lo regalé a Lucía —dijo, sin pensar.
Valentina se asomó desde la cocina.
—Ella me lo prestó. Nunca se lo devolví.
Sebastián tocó el lomo del libro con la punta de los dedos. Lo abrió. En la primera página, con la letra redonda de su hermana: "Para mi Lulú, que algún día va a entender por qué los Buendía no pueden escapar de sí mismos. Con amor, Sebas."
Cerró el libro. Lo dejó donde estaba.
Valentina salió con dos tazas. Se sentaron en el sofá —el único mueble de la sala que no era también otra cosa— y tomaron café en silencio.
—No sabía que le decías Lulú —dijo Valentina.
—Solo yo le decía así. Se enojaba si alguien más lo intentaba.
—Una vez lo intenté. Me aventó una almohada.
Sebastián soltó algo que podría haber sido una risa si hubiera llegado un poco más lejos. Se quedó en un sonido corto, rasposo, como una puerta que se abre un centímetro.
Day 14.
Dos días después, Valentina entró a la residencia Montero por segunda vez.
No fue voluntario. Sebastián necesitaba un documento que había dejado en el despacho de su padre y le pidió que lo acompañara porque tenía una llamada que no podía posponer. "Espérame en la entrada. Cinco minutos."
Los cinco minutos se convirtieron en quince. Valentina se quedó de pie en el recibidor, con los pisos de mármol reflejando sus zapatos baratos y los cuadros al óleo mirándola desde las paredes como jueces silenciosos.
Lupita pasó con una charola.
—¿Le ofrezco algo, señorita?
—No, gracias, Lupita. Solo espero a Sebastián.
—Ah, el joven Sebastián subió al despacho. ¿Quiere sentarse? La sala está por allá.
Valentina caminó hacia la sala. Pero el pasillo era largo y las puertas se parecían todas, y en algún punto giró a la izquierda cuando debió girar a la derecha.
Se encontró frente a una puerta entreabierta.
La habitación detrás era rosa pálido. Paredes pintadas del color de las nubes al atardecer, cortinas blancas que filtraban la luz, una cama individual con una colcha de flores y, sobre la almohada, un oso de peluche con un moño descolorido.
El cuarto de Lucía.
Valentina empujó la puerta sin pensar. Entró como se entra a un templo: despacio, conteniendo la respiración, con la sensación de que cada paso era una transgresión.
Todo estaba intacto. La mochila de la UNAM colgada detrás de la puerta. Los cuadernos de arte apilados en el escritorio. Una taza con pinceles secos. Fotos pegadas en un corcho: Lucía con Mateo de niños, Lucía en la playa, Lucía y Valentina en la explanada de CU con los brazos abiertos como si quisieran abrazar el mundo.
Valentina se detuvo frente al corcho. La foto de las dos la miraba desde un día que ya no existía. Tenían diecisiete años. Lucía llevaba aretes de mariposa. Valentina tenía el pelo corto, antes de dejarlo crecer.
Sobre la cama, junto al oso de peluche, había una muñeca de tela que Lucía había tenido desde la infancia. Una muñeca con vestido de florecitas y ojos de botón que habían perdido el brillo pero no la expresión de ternura perpetua que alguien había cosido a mano.
Valentina extendió la mano. Tocó la muñeca con la punta de los dedos.
—No la toques.
La voz de Carmen cortó el silencio como un cristal rompiéndose.
Valentina retiró la mano. Se volteó. Carmen estaba en la puerta, apoyada en el marco con una mano y sosteniendo una bata con la otra. Tenía la cara cenicenta de la quimioterapia y los ojos encendidos de una furia que no necesitaba salud para arder.
—Señora Carmen, perdón, me perdí en el pasillo...
—Este es el cuarto de mi hija. —Carmen dio un paso adentro. Su voz no temblaba—. Nadie entra aquí. Nadie toca sus cosas.
—Lo siento. No fue mi intención.
Carmen la miró. La recorrió de arriba abajo con esa mirada que ya conocía: la de una madre midiendo al enemigo.
—¿Sabes lo que dijo antes de morir?
Valentina sintió que el aire se solidificaba.
—En la ambulancia. —Carmen caminó hasta la cama y acarició la muñeca de tela con una ternura que contrastaba con la dureza de su voz—. Sebastián la sostenía. Yo llegué al hospital demasiado tarde. Pero él me lo contó. Su última palabra... —Carmen levantó la vista—... fue tu nombre.
El suelo se movió. O Valentina se movió. O el mundo se movió y ella se quedó quieta. No supo cuál.
—Dijo "Valentina". —Carmen apretó la muñeca contra su pecho—. No dijo "mamá". No dijo "Sebastián". Dijo tu nombre. Y llevo cinco años preguntándome si fue porque te estaba llamando o porque te estaba culpando.
Valentina no pudo responder. Abrió la boca y la cerró. Las piernas le temblaban. Se dio la vuelta, cruzó la puerta y caminó por el pasillo con la mano en la pared porque las rodillas no la sostenían.
—Valentina.
La voz de Sebastián, desde la escalera. Bajaba con una carpeta en la mano y la expresión de alguien que acaba de terminar una llamada larga.
—¿Estás bien?
Ella no respondió. Pasó a su lado, cruzó el recibidor, salió por la puerta principal y se recargó contra la reja del jardín. El fresno viejo le hacía sombra. Los rosales seguían impecables. Todo en esa casa estaba perfectamente podado excepto las personas.
Sebastián salió detrás de ella.
—¿Qué pasó?
Valentina levantó la vista. Los ojos le ardían pero no lloró. No ahí. No en esa casa.
—Llévame a mi casa —dijo—. Por favor.
Sebastián la miró un momento largo. Luego asintió, sacó las llaves y la llevó al auto sin hacer más preguntas.
En el camino, Valentina no habló. Miraba por la ventana con las manos apretadas en el regazo y la frase de Carmen latiendo en su cabeza como un pulso enfermo: "Su última palabra fue tu nombre."
¿Era una acusación? ¿Era una petición de ayuda? ¿Lucía la estaba llamando o la estaba culpando?
No lo sabía. Tal vez nunca lo iba a saber.
Y eso era lo peor.