Camila Fernández se despertó en la cama de un hotel con un hombre que intentaba matarla, acusándola de haberle tendido una trampa. Pero la realidad era peor de lo ella esperaba.
Su propio hermano había organizado todo con la intención de sacarle dinero a Mateo Vázquez, el hombre con quien paso la noche y cuando obtuvo lo que quería, desapareció.
Dos meses después Camila estaba sola con su abuela, sus padres se habían quitado la vida al irse a la ruina, su hermano estaba desaparecido y ahora ella, estaba embarazada de Mateo.
Cuando su hermano Nicolás regresa y descubre el embarazo, corre con la familia Vázquez para sacar provecho y ahora, Camila está atrapada en un matrimonio con un hombre que la desprecia.
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Capítulo 16
No entendía nada. Mateo hacía todo lo posible para que nadie de la familia Torres supiera de nuestra relación, pero al mismo tiempo mandaba llamarme para que bajara a servir. Era completamente contradictorio.
Bajé detrás de Sofía. Ella caminaba rápido y desapareció en cuanto llegamos a la planta baja. Yo apenas puse un pie en el pasillo cuando me crucé con Mateo, que salía del baño.
---¿Otra vez bajaste? ---preguntó con voz helada.
---No fuiste vos quien me mandó bajar? ---contesté\, sin poder ocultar el fastidio. La rabia que había acumulado todo el día me salió sola.
La cara de Mateo se endureció. Dio un paso adelante y me agarró la barbilla con fuerza.
---¿Para llamar la atención inventás cualquier mentira? ¿Tan poca vergüenza tenés?
Le empujé la mano con todas mis fuerzas.
---Mateo\, no te pases.
Mi enojo no tenía mucha fuerza. Probablemente parecía una coneja ofendida, más que una persona furiosa.
---Mateo\, ¿ya estás? ---Julieta apareció corriendo desde la cocina.
Me aparté de inmediato, poniendo distancia entre nosotros.
---¿Qué hacían? ---preguntó Julieta\, mirándonos alternadamente con desconfianza.
---Vamos a comer ---dijo Mateo\, seco.
Julieta asintió y se colgó de su brazo con naturalidad. Antes de alejarse, me miró por encima del hombro.
---Vení a servirme la comida.
Sentí que la sangre me hervía, pero no tenía opción. Los seguí hasta el comedor.
La mesa estaba llena. Las dos familias charlaban animadamente. La señora Marta y otras empleadas se movían alrededor, sirviendo y cambiando platos. Yo me quedé de pie a un lado, imitando lo que hacían ellas.
---Vení\, sacame todos los trozos de pepino de mar de esta sopa. No me gusta ---ordenó Julieta.
La sopa era espesa, con todos los ingredientes cortados muy finos. La señora Marta intentó intervenir.
---Señorita Julieta\, mejor lo hago yo.
---¿Por qué? ¿Esta empleada muda es demasiado valiosa para que la mande?
La señora Marta retrocedió sin decir nada más.
Me acerqué y empecé a sacar los pedacitos con la cuchara, uno por uno.
Después Julieta me pasó un plato de camarones.
---Pelame unos cuantos.
Miré mis dedos vendados, que todavía me dolían, y me puse los guantes sin protestar.
---Mateo\, tomá\, este es para vos ---dijo Julieta\, ofreciéndole un camarón que yo acababa de pelar.
---Comelo vos.
---No importa\, que me pele más.
La abuela Mariana intervino rápido.
---Julieta\, Mateo no come camarones.
Pero Julieta no se detuvo. Siguió pidiéndome cosas una tras otra.
---Sacame los huesos de esta carne.
---Quitame las espinas del pescado.
---Esto está un poco soso\, ponéle pimienta.
---Esta sopa se enfrió\, calentámela.
---Armame un sushi picante\, con mucho wasabi.
Mientras enrollaba el sushi, agregué una cucharada extra de wasabi. Solo por molestia.
Julieta dio un mordisco y empezó a toser violentamente. La cara se le puso roja, los ojos se le llenaron de lágrimas.
---¿Qué le pusiste? ¿Querés ahogarme? ---gritó\, poniéndose de pie.
---Usted me dijo que pusiera wasabi ---contesté sin levantar la voz.
---¡No tanto!
Me quedé callada.
La abuela intentó calmar las aguas.
---Julieta\, probá este bife. Es de Nueva Zelanda\, recién llegado.
Julieta aceptó el plato con una sonrisa dulce, pero enseguida volvió a mirarme con desprecio.
---Cortame el bife.
Tomé el cuchillo y el tenedor. Al cortar el primer trozo, el jugo rojo de la carne medio cruda salió enseguida.
El olor y el color me golpearon de golpe. El estómago se me revolvió. Me tapé la boca y salí corriendo del comedor.
Detrás de mí se hizo un silencio pesado.
---¿Esa empleada no estará embarazada? ---preguntó por fin la señora Torres.
---No\, debe ser el estómago. Voy a ver ---dijo la señora Marta\, y salió detrás de mí.
Mateo también se levantó.
---Tengo que revisar unos documentos. Disculpen.
En el baño vomité todo lo que había comido. Cuando terminé, me lavé la cara y traté de recomponerme. Apenas abrí la puerta, alguien la empujó desde afuera con fuerza.
Mateo entró y me acorraló contra el lavabo, agarrándome la barbilla con rudeza.
---¿Tan apurada estás por mostrar quién sos?
---¿Qué te pasa\, Mateo? ---intenté apartarle la mano\, pero no pude.
---Te advierto: aunque le cuentes a todo el mundo que llevás un hijo mío\, eso no cambia nada. Seguirás siendo solo un vientre. Así que guardate tus jueguitos.
Me soltó de golpe y salió, cerrando la puerta con un portazo.
Me quedé allí, con las piernas flojas, deslizándome hasta quedar sentada en el piso. Las lágrimas me quemaban los ojos, pero no las dejé caer.
---Señora\, ¿está bien? ---la señora Marta entró con cuidado.
Asentí y me levanté con su ayuda. Me acompañó hasta el dormitorio.
Apenas abrí la puerta, un maullido agudo resonó y una bola blanca se lanzó contra mí. Era el gato de Julieta. Me asusté tanto que retrocedí de golpe y choqué contra la baranda del pasillo. Un dolor agudo me atravesó el vientre. Las piernas me fallaron y empecé a caer.
---Señora... ¡señora! ---gritó la señora Marta\, sujetándome como pudo.
---¿Qué pasa? ---Mateo salió del estudio al oír el ruido.
---¡La señora se cayó! ¡Se asustó con el gato!
Mateo frunció el ceño y se acercó rápido. Sin decir una palabra, me levantó en brazos y bajó las escaleras a grandes zancadas.