Isabella Anderson siempre ha tenido el control de su vida: su apellido, su posición y cada decisión que toma. Para ella, Nicolás era solo eso… su guarura. Alguien más en su mundo, alguien que debía mantenerse en su lugar. Nicolás Miller, en cambio, no encajaba en esa etiqueta. Seguro de sí mismo, reservado y con un mundo mucho más grande del que Isabella imaginaba, empezó a romper cada idea que ella tenía sobre él. Entre miradas que dicen más que las palabras, discusiones cargadas de orgullo y una tensión imposible de ignorar, ambos comienzan a cruzar una línea que nunca debió existir. Porque a veces, lo más peligroso no es lo que pasa… sino lo que empiezas a sentir por quien juraste no mirar. Y es ahí donde la verdad pesa más: nunca fue solo su guarura.
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Capítulo 16 - Desde hace un tiempo me comes con la mirada
En la gala también estaba la familia de Lucía. Y como era de esperarse, no tardó mucho en aburrirse en su mesa. Sin el mínimo descaro —y mucho menos pereza— se levantó con la clara intención de “socializar”. Según ella, iba a saludar a los Anderson… pero todos sabían que su verdadero objetivo estaba vestido de negro a pocos metros.
Isabella la vio acercarse y le lanzó una mirada clarísima de “Por Dios, Lucía, compórtate”.
Lucía, por supuesto, la ignoró.
Se acercó, saludó con una sonrisa perfectamente ensayada y, con esa naturalidad fingida que la caracterizaba, terminó pidiéndole a Nicolás que la sacara a bailar.
Misión cumplida.
Nicolás la presentó formalmente como amiga de Isabella y se la llevó a la pista. Isabella fingió que no le importaba… pero sí le importaba. Un poco más de lo que quería admitir.
Minutos después, tras insistencia casi obligatoria de Nora, Jay se acercó a invitarla a bailar.
—Vamos, solo una pieza —le dijo.
Isabella se negó al principio, pero Sara intervino y prácticamente la empujó con una sonrisa cómplice. No tuvo opción.
Ya en la pista, Jay decidió posicionarse estratégicamente cerca de donde estaban Nicolás y Lucía, quienes se veían bastante entretenidos. Sonreían demasiado. Se notaba que la estaban pasando bien.
Entonces cambió la música. Un merengue animado llenó el salón.
—¡Oh, cambio de pareja! —gritó Jay, no muy fuerte, pero lo suficiente.
Y sin más, dejó a Isabella frente a Nicolás.
Ella quedó descolocada un segundo, pero se recompuso rápido. Lo que Nicolás no sabía era que el merengue no era precisamente su fuerte.
Primer pisotón.
Segundo pisotón.
—Voy a contar esos pisotones como que me quieres —murmuró Nicolás, riendo mientras la hacía girar y trataba de acomodarla al ritmo.
—La verdad no soy muy buena… se me complica un poco. Tú, en cambio, al parecer eres bueno en todos los géneros —respondió Isabella, intentando no tropezar otra vez.
—Pues sí. Soy bueno en todos los géneros. Y en todo lo que hago. Y súmale que estoy bueno.
Isabella lo miró con incredulidad.
—Pero qué presumido… todavía no entiendo qué haces siendo mi escolta.
Él se inclinó un poco más hacia ella.
—No soy tu escolta. Soy tu protección personalizada. Y vaya que personalizada… parecemos hasta pareja.
Ella soltó una risa nerviosa.
—Ja. Ya quisieras tú.
—De querer, querer… podríamos querer los dos, ¿no?
La canción cambió de ritmo, volviéndose más lenta. Nicolás la acercó más a su cuerpo sin pedir permiso, pero tampoco con brusquedad. Solo lo suficiente.
—Porque siento que desde hace un tiempo me comes con la mirada… pobre de mí —susurró cerca de su oído, dejando su aliento rozando su piel.
Isabella sintió un escalofrío que no estaba dispuesta a reconocer.
—Ay, por favor, Nicolás. Eres uno más de esos que creen que todas quieren contigo.
—¿Todas? No. Conmigo solo quiere una… y se identifica como Isabella Anderson. Porque créeme que Lucía me quiere, pero comer…
Ambos rieron, aunque la risa de Isabella salió un poco más tensa.
—O bueno… si tú también quieres solo eso de mí, yo me dejo utilizar.
Ella lo miró de golpe.
—¿Por qué siento que hoy estás más atrevido? Creo que apenas estoy conociendo esta faceta tuya.
—Porque siempre soy profesional. Hoy soy Nicolás… no tu guarura, como me llamas.
—Nunca te he llamado así —respondió ella rápido, demasiado rápido.
—No lo has dicho… pero lo has pensado. Y eso ya es demasiado.
Isabella intentó dar un paso atrás, pero él la sostuvo con firmeza para terminar lo que quería decir.
—No te pongas nerviosa. Yo no muerdo… —hizo una pausa mínima— bueno, depende de qué te gustaría que te mordiera.
Sonrió.
Y eso fue suficiente para que Isabella se separara, nerviosa, intentando recuperar el aire como si el problema hubiera sido el baile.
Pero no lo era.
Era él.