En un mundo donde el poder corrompe y la sangre siempre se paga con más sangre, la paz no es más que una mentira bien contada.
Ella creció entre sombras, bajo las reglas de una familia donde la mafia dictaba cada paso.
Ahora sigue el mismo camino hasta que un enemigo de su familia aparece para arrastrarla a un infierno de verdades que duelen, pactos rotos y recuerdos que jamás murieron.
Entre la oscuridad del odio y la fragilidad del amor, deberá elegir: ¿vale su alma mas que la venganza… o ya es demasiado tarde para salvarla?
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Capitolo 22
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Después de mi encuentro con la novia de Markus, aquellas palabras no dejaron de repetirse en mi mente, como un eco persistente que se negaba a apagarse.
No habían sido una amenaza directa, ni siquiera un insulto. Adelaide sabia exactamente que decir sin dejar alguna herida ya hecha.
Intente ignorarlo durante horas, concentrarme en el trabajo, en los informes, en los números. Pero cada vez que cerraba los ojos, su voz regresaba. Comprendí entonces que no podía cargar sola con aquello. Habia cosas que solo se entienden cuando ya se han vivido… y ricci las habia vivido todas.
El habia tenido una pareja asi en el pasado. Inestable, impredecible, capaz de amar con la misma intensidad con la que podía destruir. Por eso lo llame. No para pedir un consejo explicito, sino para ordenar mi mente en voz alta, hablar con alguien de mi plena confianza.
Decidimos vernos en una cafetería pequeña, cercana a donde vivíamos. Nada lujoso, nada llamativo. Un lugar de paso, de esos donde la gente entra para calentarse las manos y seguir con su vida sin mirar atrás. Dortmund. tenía esa cualidad: podía hacerte sentir invisible incluso en medio de la multitud.
El frío de la ciudad se hacía más evidente cada día. No era solo la temperatura; era una sensación que se metía bajo la piel, que endurecía los gestos y volvía más lentos los pensamientos. Ricci insistió en que lleváramos abrigos blancos. Dijo que así llamaríamos menos la atención. No pregunté su lógica, sabía que, en su mente, todo tenía sentido.
Caminamos unas cuadras en silencio antes de entrar. El vapor salía de nuestras bocas al hablar, y por un instante pensé que ese detalle nos hacía parecer dos desconocidos cualquiera, no dos personas acostumbradas a sobrevivir en medio del caos.
Dentro, el aroma a café recién molido contrastaba con el gris de la calle. Nos sentamos junto a la ventana. Ricci me observó unos segundos más de lo habitual antes de hablar, como si estuviera evaluando cuánto estaba dispuesta a decir… o cuánto podía soportar escuchar.
Yo removí el café sin beberlo. Sabía que, una vez empezara a hablar, no habría marcha atrás.
Y en ese momento entendí algo con claridad inquietante:
si Adelaide ya había logrado instalarse en mi cabeza, entonces el verdadero conflicto apenas estaba comenzando.
—¿Qué piensas, bambola?—preguntó Ricci mientras removía su café, aunque ya estaba frío.
Levante la vista apenas. Había pasado varios segundos en silencio, observando a la gente entrar y salir del local, midiendo rostros, gestos. Aquí no podía tener distracciones.
—¿Te acuerdas cuando te conté que los becker me hicieron revisar sus transacciones recién entré a la organización?
Ricci asintió despacio.
—Si, me acuerdo. Dijiste que todo estaba demasiado limpio. Demasiado ordenado.
—exacto—apoyé los codos sobre la mesa—Volví a analizarlas con más calma… y encontré algo que no encaja.
—¿Qué cosa? —preguntó, bajando la voz por instinto.
—Varias transacciones de sumas elevadas a farmacias clínicas del centro. No una, ni dos. Muchas. Y no eran compras del momento, eran constantes, casi sistemáticas.
Ricci frunció el ceño.
—¿Medicamentos comunes?
—No. Antipsicóticos. Y no en dosis bajas, Ricci… dosis altas. Demasiado altas para alguien que supuestamente solo tenía “problemas de carácter”.
Él dejó la taza sobre el plato con cuidado.
—¿Qué quieres decir con eso, Chiara?
Tomé aire antes de responder.
—Cuando ingresé a la organización, Erika estaba… contenida. Extrañamente tranquila. No parecía alguien impulsiva, ni fuera de control. Eso siempre me pareció raro.
—¿Y llegaste a una conclusión?
—Sí. —Lo miré de frente—. La estaban medicando antes de que entrara oficialmente. Mucho antes. Para que nadie sospechara de ella, para que pareciera estable, controlada. Inofensiva.
Ricci negó con la cabeza.
—Pero no hay registros médicos internos. Nada figura.
—Justamente —respondí sin dudar—. Porque no acudían a hospitales normales. Iban a clínicas específicas. Clínicas que recibían sobornos para no dejar rastro. Sin visitas, sin historiales oficiales.
Hubo un silencio pesado entre nosotros.
—Entonces… —Ricci habló despacio— ¿me estás diciendo que la enfermedad de Erika podría no ser lo que dicen?
—Te estoy diciendo que la fabricaron —corregí—. O, como mínimo, la exageraron hasta volverla útil.
Ricci se pasó una mano por el rostro.
—¿Y qué sugieres que hagamos con esa información?
—Ya lo pensé —respondí con firmeza—. Tenemos que ir a esa clínica. Ver qué esconden. Si conseguimos algo más profundo, algo sólido… lo usaremos para acabar con ella.
—Chiara… —me interrumpió— estás hablando de meterte directamente en territorio controlado. Si te descubren, no habrá vuelta atrás.
—Hasta el momento no lo harán —dije con frialdad—. Aún no sospechan que yo esté mirando donde no debo.
Ricci suspiró.
—La verdad siempre sale a la luz —murmuró—. Mira lo que te pasó con el pasado de tus padres. Nadie pudo ocultarlo para siempre.
—Lo sé. —Mis dedos apretaron la taza—. Pero algunas verdades hay que empujarlas para que salgan. Tomaremos el riesgo necesario.
Lo miré con determinación.
—Dime, ¿puedes conseguirme la dirección de ese lugar?
Ricci sacó su celular. Sus dedos se movieron rápido, seguros. Pasaron varios minutos. Yo no lo apuré. Sabía que cuando sonreía de esa forma, algo encajaba.
Finalmente levantó la vista.
—La tengo.
—¿Tan fácil?
—Nada es fácil —respondió—solo hay personas que no saben esconderse bien.
Apoyé la espalda en la silla.
—¿Crees que deba ir sola?
Ricci negó de inmediato.
—Un lugar así… no. Es mejor ir acompañada.
—Entonces tendremos que cambiar nuestras apariencias.
Una sonrisa ladeada apareció en su rostro.
—Soy experto en eso, bambola. Tú lo sabes.
—Bien —dije, levantándome—Prepárate. Mañana mismo iremos. No tenemos tiempo que perder.
Ricci también se puso de pie.
—¿Tan urgente?
—Sí. —Lo miré con una mezcla de decisión y advertencia—Erika no es solo un problema. Es un riesgo. Y debemos quitarla de nuestro camino antes de que sea demasiado tarde.
Ricci asintió.
—Cuenta conmigo.
Mientras salíamos de la cafetería, el frío volvió a golpearnos el rostro. No me importó. Ya había tomado una decisión.
Visitaría esa institución.
Y allí descubriría mucho más de lo que estaba preparada para afrontar.
...CONTINUARÁ...