"¡Sofía! ¡Te lo advierto! Si vuelves a lastimar a Valeria, ¡Jamás te lo perdonaré!", fueron las crueles palabras del hombre que amaba, en una advertencia que marcaba el inicio de un capítulo en su vida, lleno de engaños. Arrastrada a una conspiración, destrozada por quien una vez cuidó en su enfermedad. Manipulada, humillada y herida de las formas menos pensadas, lo único que quería era desaparecer sin dejar rastro alguno. Cuando al fin logra escapar de aquel infierno, Matías; el hombre que tanto se encargó de maltratarla injustamente, se quiebra: jamás pensó que aquella mujer que lo separó de su primer amor, hiciera que la culpa lo enloqueciera y el arrepentimiento por sus acciones, aunque llegara tarde, lo quemara por dentro. Tres meses después, el destino los cruzó nuevamente: Sofía regresó transformada, protegida por un poder mucho mayor que el de su esposo. Ahora, trabajando como planificadora de bodas, logró al final alcanzar el empoderamiento que necesitaba para defenderse de las personas que tanto daño le hicieron. Matías, quien creyó en la historia de quien debía ser su esposa en un principio, no solo la reconoció al instante, sino que su mundo se desordenó al ver a una mujer distinta a quien recuerda. Mientras su esposa avanza, el está atrapado entre el arrepentimiento, el deseo de reparar el daño que cometió, y la verguenza por haber sido el quien casi la lleva al borde de la muerte.
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Capítulo 16
El sol de Buenos Aires iluminaba débilmente la UCI del hospital San Carlos, mientras Sofía Costa yacía inmóvil en la camilla, su respiración controlada por los monitores y el suave murmullo de los aparatos médicos. Leonardo Ferreira observaba cada movimiento de la enfermera y del personal de guardia con precisión casi militar. Había pasado noches enteras elaborando el plan, y ahora, con la delicadeza de un cirujano, ajustaba los últimos detalles antes de ponerlo en marcha.
—Sofía —susurró Leonardo, inclinándose sobre ella—. Escúchame. Por favor, sigue haciendo como si estuvieras dormida. Nadie puede sospechar nada, he preparado un informe médico falso: dice que tu cuerpo está perfecto, sin tumores, sin complicaciones. Nadie puede revisar más allá de esto.
Sofía, débil pero consciente, asintió imperceptiblemente. Su piel pálida parecía transparente bajo la luz blanca de la UCI, y sus ojos apenas abiertos confiaron en Leonardo. La gravedad de su situación era clara: no solo su tumor avanzado amenazaba su vida, sino también la permanente vigilancia de Matías Reyes.
—Don Alberto Rodríguez —continuó Leonardo—, tu abuelo, está listo para recibirte. Preparará todo para que tú y Benjamín puedan salir de la ciudad sin que nadie sospeche.
Sofía cerró los ojos, una mezcla de alivio y miedo recorriendo su cuerpo. Por primera vez en días, la idea de escapar parecía tangible. Sabía que cada segundo contaba: Matías no podía descubrir el plan.
Durante los días siguientes, Matías no dejaba de presentarse frente a la puerta de la UCI. Observaba con su habitual mirada intensa, inquieta, intentando adivinar algún gesto que delatara a Sofía. Leonardo, siempre firme, lo rechazaba con una excusa medida:
—Matías, Sofía no desea verte —decía, con la autoridad que solo podía tener un médico—. Por su bienestar, no puede recibir visitas.
Valeria López, que rondaba los pasillos con la sonrisa de siempre, se acercó discretamente a uno de los conductos de ventilación del hospital. Sus ojos brillaban mientras escuchaba cada palabra de Leonardo, y en cuanto captó la información, corrió a informar a Matías con urgencia.
—¡Matías! —susurró con dramatismo—. Sofía no está enferma, es todo un montaje. Te está engañando para que te sientas culpable y, además, planea huir con ese médico.
El rostro de Matías se ensombreció. Su sangre se hirvió al imaginar a Sofía burlándose de él nuevamente. Sin perder tiempo, se dirigió a la sala de vigilancia del hospital, donde se encontraba el centro de control de cámaras de la UCI. Con manos firmes y un gesto sombrío, revisó las grabaciones.
Allí estaba: él se había ido por unos minutos, y al instante Sofía se levantó de la camilla, quitó el oxígeno con habilidad y se movió con cuidado por la habitación. Cada gesto confirmaba sus peores sospechas: ella estaba fingiendo, tramando una fuga.
Matías arrancó del hospital sin esperar un segundo más. Llegó al pasillo de la UCI, buscando la habitación de Sofía, pero estaba vacía. En su lugar, se encontró con Leonardo, que avanzaba con calma, una carpeta oculta tras la espalda.
—¡Detente! —gritó Matías, con voz quebrada por la rabia—. ¿Dónde está ella? ¡Devuélveme a Sofía!
Leonardo se detuvo, con la carpeta en mano, y levantó la mirada, firme.
—Matías, ya es tarde —dijo, su voz cortante—. Si quieres ver a Sofía, tendrás que esperar. Por ahora, ella y Benjamín están fuera de tu alcance.
Matías reaccionó instintivamente, arrancando la carpeta y revisando su contenido. Sus ojos recorrieron las hojas con rapidez: era el informe médico falso, indicando que Sofía estaba en perfecto estado, sin tumores, completamente sana. La indignación lo consumió.
—¡Esto es una traición! —gritó, alzando la voz en el pasillo vacío—. ¡Dile que no importa a dónde corra, la encontraré!
Con un gesto autoritario, sacó su teléfono y dio órdenes inmediatas: toda la ciudad debía ser vigilada, todos los puntos de salida bloqueados, cada contacto relacionado con Sofía y Benjamín bajo investigación. El personal del hospital, al escuchar su voz y el tono urgente, comenzó a ejecutar las instrucciones sin cuestionar.
Mientras tanto, en un lugar seguro fuera de la ciudad, Don Alberto Rodríguez esperaba con la calma que solo la experiencia podía otorgar. A su lado, Sofía descansaba brevemente sobre un sillón, cubierta por una manta. Benjamín jugaba en el suelo, aún confundido, pero seguro. Nicolás Márquez, el padre biológico del niño, que había permanecido inconsciente durante meses, había sido trasladado discretamente a otro hospital bajo supervisión, eliminando cualquier pista que pudiera llevar a Matías hasta ellos.
Leonardo respiró profundamente, observando a Sofía y a Benjamín. Su plan había funcionado: la huida había sido perfecta, silenciosa, y la seguridad de ambos estaba garantizada por ahora.
Sofía abrió lentamente los ojos y miró a Leonardo, con una mezcla de gratitud y determinación.
—Gracias… Leonardo. No puedo… quedarme allí un segundo más. —Su voz era débil, pero firme—. Quiero empezar de nuevo, lejos de todo esto.
Leonardo asintió, sin decir palabra, entendiendo que no solo estaban escapando físicamente, sino también de años de control, manipulación y dolor.
Mientras el auto se alejaba por las calles de Buenos Aires, con la ciudad despertando a su rutina diaria, Matías se encontraba de nuevo solo en la sala de vigilancia del hospital. La furia y la impotencia lo inundaban. Aun así, por primera vez, una sombra de duda cruzó su mente: Sofía había sido su esposa, la mujer que él no había protegido, y ahora estaba fuera de su alcance.
En el auto, Sofía miraba a Benjamín dormido a su lado, susurrando suavemente:
—Vamos a estar bien… juntos, lejos de todo esto.
Leonardo conducía en silencio, atento a cada curva del camino, mientras la pareja madre-hijo comenzaba su nueva vida. La libertad, aunque frágil y cargada de incertidumbre, era ahora suya.