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La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

Status: En proceso
Genre:La mimada del jefe / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:8.5k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...

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Capítulo XVI

La recepción avanzaba como un animal de cristal tallado: brillante y exquisita en su superficie, pero intrínsecamente peligrosa, capaz de fragmentarse en mil pedazos si se la tocaba en el ángulo incorrecto, si se desafiaba su fragilidad impuesta.

Kennedy Douglas y Madison Beckham —ahora Madison Douglas ante los ojos del mundo, prisionera de su nuevo apellido— se movían entre mesas vestidas con lino marfil, candelabros que se alzaban como centinelas silenciosos y arreglos florales tan perfectos que resultaban inhumanos, desprovistos de la belleza imperfecta de la naturaleza. El aire estaba impregnado con el aroma embriagador del champán caro, los perfumes importados que enmascaraban la verdad, y algo más sutil, casi imperceptible: una expectativa palpable, una tensión latente que podía cortarse con un cuchillo. Todos observaban, analizando cada movimiento, cada gesto, cada palabra. Todos calculaban sus posibilidades, sus ganancias, sus pérdidas. Nadie celebraba de verdad la unión que se suponía que debía ser un símbolo de amor y felicidad.

—No finjas —murmuró Kennedy sin mirarla, su voz un hilo de seda venenosa que apenas movía sus labios—. Se te da fatal, reveló, disfrutando su incomodidad.

Madison sostuvo la sonrisa con una precisión quirúrgica, una máscara que ocultaba sus verdaderos sentimientos. Sus dedos enguantados se cerraron con fuerza alrededor del tallo de la copa, aferrándose a ella como si fuera un salvavidas en un mar de hipocresía.

—¿Fingir qué?, replicó, su voz cargada de ironía, de un desafío silencioso. ¿La felicidad?, preguntó, burlándose de la idea. ¿El matrimonio?, añadió, como si fuera una farsa. ¿O que no me das asco cuando me hablas así?, remató, revelando su aversión.

Kennedy soltó una risa seca, breve y desprovista de humor, un sonido que erizaba la piel.

—Esto es exactamente a lo que me refiero, dijo, disfrutando su reacción. No sabes cerrar la boca ni siquiera cuando ya llevas mi apellido, reprochó, mostrando su control.

—Y tú no sabes cuándo dejar de creerte un dios, replicó ella, por fin girando el rostro hacia él, desafiando su autoridad. No te debo docilidad, Kennedy, afirmó, revelando su espíritu rebelde. No ahora, enfatizó. No nunca, sentenció.

Él la observó entonces, con esa mirada oscura y contenida que no prometía nada bueno, que presagiaba tormentas. Sus ojos recorrieron su rostro como un depredador evaluando a su presa, se detuvieron en la línea de su cuello, donde el pulso latía con fuerza, delatando su nerviosismo. Descendieron apenas, como si midiera distancias invisibles, como si imaginara sus manos alrededor de su garganta.

—No me pongas a prueba esta noche, advirtió, su voz un murmullo peligroso.

—Hazlo, susurró Madison, desafiándolo a cruzar la línea. A ver quién cae primero, provocó, mostrando su valentía.

El murmullo general de la multitud se transformó de pronto en un cambio de ritmo, como si una fuerza invisible hubiera orquestado la escena. Las luces del salón se atenuaron apenas, lo justo para que el centro de la pista quedara bañado por un resplandor más íntimo, más solemne, un escenario perfecto para la tragedia. El anuncio del vals no hizo falta: la música comenzó a deslizarse como un veneno elegante entre los invitados, seduciéndolos con su melodía.

—Es hora, dijo Kennedy, seco, como si fuera una orden.

Madison apretó la mandíbula, tensando cada músculo de su cuerpo. Por fuera, sonrió, una sonrisa perfecta, ensayada desde la infancia, una máscara que la protegía del mundo. Por dentro, se preparó para la guerra, lista para luchar por su supervivencia.

Caminaron hacia el centro de la pista, cada paso una declaración de intenciones. Ella intentó marcar distancia al colocarse frente a él, manteniendo el protocolo, el espacio correcto, el aire necesario para no sentirlo demasiado cerca, para no sucumbir a su poder. Fue inútil, un esfuerzo fútil contra una fuerza imparable.

Kennedy la atrajo hacia sí sin pedir permiso, reclamando su territorio. Una mano firme se posó en su cintura, demasiado segura de su derecho, atrayéndola contra su cuerpo. La otra se cerró alrededor de la mano de Madison con una presión que no dolía, pero advertía, un recordatorio de su control.

Ella soltó el aliento de golpe, sintiendo la electricidad que recorría su piel.

—¿Estás loco?, murmuró, tensa, sintiendo el peligro que emanaba de él.

—Baila, respondió él, inclinándose hacia su oído, su aliento caliente rozando su piel. Y no hagas una escena, ordenó, advirtiéndole de las consecuencias.

El contacto era un campo minado, cada roce una explosión potencial. El cuerpo de Kennedy irradiaba calor, control, una violencia contenida que no necesitaba demostrarse para ser real. Madison sintió cómo el ritmo impuesto por él no admitía resistencia: la guiaba, la obligaba a seguirlo, a adaptarse a su voluntad.

Y entonces Kennedy lo vio, un detalle que escapaba a la atención de los demás.

Desde su posición privilegiada, por encima del hombro de Madison, distinguió claramente al hijo mayor de los Beckham, al heredero de la dinastía. La mandíbula apretada, los ojos fijos, inmóviles, como si cada paso del vals fuera una afrenta personal, una violación de su propiedad. Más allá, el tercer hijo mostraba una furia menos contenida, los puños cerrados con fuerza, el cuerpo inclinado hacia adelante como si estuviera a punto de intervenir, de romper la armonía impuesta.

Curioso, pensó Kennedy, sintiendo el peligro que se cernía sobre ellos.

—Tienes público, susurró Kennedy al oído de Madison, sin dejar de moverse, sin perder el ritmo del vals. Y no precisamente amistoso, añadió, disfrutando su reacción.

Madison siguió el movimiento por instinto, buscando la confirmación de sus sospechas. Sus ojos buscaron a sus hermanos, reconociendo la amenaza en sus miradas. Apenas los vio, algo en ella cambió, una vulnerabilidad que no había mostrado antes. Sus manos, que hasta entonces mantenían cierta rigidez defensiva, se cerraron con fuerza sobre el traje de Kennedy, arrugando la tela oscura, buscando refugio en su presencia.

El gesto fue mínimo, casi imperceptible, pero revelador, un grito silencioso de desesperación.

Kennedy bajó la mirada hacia ella, sorprendido por esa súbita urgencia, por la fragilidad que se escondía tras su máscara de fortaleza.

—¿Madison?, preguntó, sintiendo la necesidad de protegerla.

Ella levantó el rostro, revelando la verdad que se ocultaba en sus ojos. Ya no había ironía, ni desafío, ni rastro de su rebeldía habitual. Solo una súplica mal disimulada, afilada por el miedo, por el terror que la consumía.

—Pase lo que pase… susurró, con la voz apenas sostenida, temblando de pies a cabeza. No me dejes sola, imploró, revelando su vulnerabilidad.

El vals continuó, elegante e impecable en su ejecución, pero cargado de una tensión palpable. A su alrededor, los invitados observaban con sonrisas satisfechas, creyendo presenciar el inicio de una historia perfecta, un cuento de hadas moderno.

Kennedy no respondió de inmediato, saboreando el momento, disfrutando su poder. Ajustó el agarre en su cintura, atrayéndola un poco más cerca, lo suficiente como para que nadie pudiera dudar de la imagen que proyectaban, de la fachada de unidad que debían mantener.

Pero por primera vez desde que había dicho “sí” en el altar, desde que había aceptado este matrimonio de conveniencia, entendió algo con absoluta claridad, una revelación que lo cambió todo:

Madison Beckham no le tenía miedo a él, a su oscuridad, a su control.

Le tenía miedo a la sangre de la que provenía, a los secretos que la atormentaban, al peligro que la acechaba en las sombras.

Y eso, para Kennedy Douglas, hombre de negocios despiadado, depredador acostumbrado a obtener lo que quería, no era un problema menor, no era una simple complicación.

Era una invitación, un desafío irresistible.

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Malu Enriquez
Pinta interesante 😸
Anonymous
Interesante
Anonymous
Hasta aquí en este último y penúltimo capítulo fue q me pareció interesante esta novela, espero lo sea
Lelis Vellejo
Me está gustando la historia 👏
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