Emanuel lo tiene todo… menos la libertad de ser quien realmente es.
El mejor alumno de la universidad, el hijo perfecto, un secreto que pesa demasiado.
Una cita equivocada lo lleva a conocer a Sasha y a su hermano Héctor, alguien que vive sin esconderse y despierta en él lo que siempre negó.
Entre miradas prohibidas, decisiones difíciles y una verdad que amenaza con salir a la luz, Emanuel deberá elegir entre seguir fingiendo o amar sin miedo.
Porque hay silencios que duelen más que cualquier verdad.
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Capítulo XVI El chico que no vio venir
El shopping estaba lleno de gente, luces y música suave. Emanuel caminaba tranquilo entre Sasha y Santiago, cuando de pronto un chico se detuvo frente a ellos.
—Sasha… ¿sos vos?
Ella frenó en seco. Lo miró de arriba abajo. Su sonrisa se apagó un poco, incómoda.
—Eh… sí —respondió—. ¿Nos conocemos?
Santiago levantó una ceja, curioso. Emanuel también lo miró con atención.
El chico sonrió, pero había algo nervioso en su expresión. —Soy Brandon.
Sasha volvió a mirarlo. Nada.
Ningún recuerdo.
—Perdón… —dijo sincera—. No te ubico.
El silencio cayó pesado.
Brandon tragó saliva, pero no se ofendió. Al contrario, respiró hondo. —Íbamos al mismo colegio. Yo era… el chico gordito. El que se sentaba solo al fondo.
Sasha abrió los ojos.
—¿Qué…? —susurró.
Emanuel miró a Brandon con atención. Santiago dejó de sonreír.
—Vos —continuó Brandon— eras la única que se sentaba conmigo. La que me defendía cuando se reían. La que compartía los recreos conmigo.
Sasha se llevó una mano a la boca.
—No… —dijo, casi sin voz—. Brandon…
Ahora sí lo vio.
No su cuerpo.
Su historia.
—Dios… perdón —dijo ella—. No te reconocí.
—Está bien —respondió él con una sonrisa suave—. Cambié bastante.
Santiago rompió el silencio: —Ok, esto acaba de ponerse emocional.
Emanuel asintió. —Mucho.
Brandon señaló el local detrás de él. —Trabajo acá. En la parte de postres. Hago chocolates.
—¿Vos? —dijo Sasha, todavía impactada—. ¿Chocolates?
—Sí —sonrió—. Me gusta hacer cosas lindas.
Sasha bajó la mirada, con un nudo en el pecho. —Nunca pensé que no te iba a reconocer.
—Pero igual me miraste —dijo él—. Eso ya es algo.
Caminaron hasta el local. Brandon les mostró bombones, trufas, figuras de chocolate. Emanuel probó uno.
—Esto es ilegal de lo rico que está.
Santiago agregó: —Confirmo. Si no salís con Sasha, igual te robo.
Todos rieron, menos Sasha, que seguía procesando.
Brandon la miró con cuidado. —Sasha… me alegra verte
Ella lo miró. De verdad. — A mi también
Emanuel sonrió. Santiago quedaron callados
—El mundo tiene memoria —dijo Emanuel—. Aunque a veces tarde en activarse.
Sasha apretó la bolsita de chocolates. —Gracias por recordarme quién eras… y quién soy yo.
Brandon sonrió. —Entonces valió la pena.
Y mientras salían del local, los tres supieron que ese encuentro no había sido casual.

Brandon se queda parado en la puerta del local de postres, mirando cómo Sasha se aleja con Emanuel y Santiago entre la gente del shopping. El ruido, las risas, la música… todo se vuelve lejano. En su mano suda un papel doblado con un número escrito a las apuradas.
—Vamos, Brandon… —se dice a sí mismo—. No sos el gordito invisible del colegio. Ya no.
Respira hondo. Recuerda a Sasha defendiéndolo cuando nadie lo hacía, cuando se reían de él, cuando parecía que estorbaba. Ella siempre estuvo. Y ahora, aunque pasaron los años, sigue siendo igual de luminosa.
De golpe, el miedo se transforma en coraje.
—¡Ahora o nunca! —murmura.
Sale corriendo.
—¡Sashaaa! —grita, esquivando gente, casi chocándose con un carrito—. ¡Esperá!
Sasha se da vuelta, sorprendida. Emanuel frena en seco y Santiago sonríe como si ya supiera lo que venía.
Brandon llega agitado, con la respiración cortada, el pelo violeta desordenado y la cara roja.
—Perdón… perdón… —dice—. Es que… yo… —se queda en silencio, traga saliva y le extiende el papel—. Este es mi número. Por si algún día querés venir… hago chocolates, postres… lo que quieras. Y si no querés, está bien, en serio.
Santiago rompe el silencio al instante: —Pará, pará… ¿vos sos el famoso Brandon? —lo mira de arriba abajo—. Mirá vos… el glow up que te mandaste
Emanuel se ríe: —A vos todo te parece lindo.
—Y sí —responde Santiago—, ¿o me vas a decir que no?
Sasha toma el papel despacio. Lo mira. Luego lo mira a él.
—Gracias, Brandon. Me acuerdo de vos —dice con una sonrisa sincera—. Y gracias por animarte.
Brandon sonríe como un nene al que le regalaron el juguete que siempre quiso.
—Tenés muy buenos amigos —dice, mirando a los tres.
—Eso seguro —responde Emanuel—. A veces demasiado.
Se despiden con un gesto, y cuando Sasha se da vuelta, guarda el número con cuidado en el bolsillo de su campera.
Brandon se queda ahí, quieto, tocándose el pecho. —Ok… ya está. Sobreviví.
Más tarde, cuando llegan al campus, el aire es distinto. Más frío. Más silencioso. Las luces iluminan los caminos y, a lo lejos, Emanuel ve a alguien esperándolo.
Héctor.
Está apoyado contra un árbol, con las manos en los bolsillos, serio, como si llevara algo pesado encima.
—Ese es Héctor —dice Emanuel, sintiendo un nudo en el estómago.
Héctor camina hacia ellos sin rodeos. —Emanuel… ¿podemos hablar?
Santiago y Sasha se miran y entienden todo sin palabras.
—Nosotros vamos adelantando —dice Sasha—. Dale, cuñado, después nos contás.
Héctor espera a que queden solos. Respira hondo.
—Encontramos a tu papá —dice al fin—. Vive en un pueblo chico. Está bien. Trabaja de médico… es doctor.
Emanuel siente que el suelo se mueve un poco.
—¿Está vivo? —pregunta bajito.
—Sí. Y preguntó por vos.
El silencio pesa. Emanuel baja la mirada, aprieta los puños.
—¿Querés ir a verlo? —pregunta Héctor, con cuidado—. Podemos ir cuando quieras.
Emanuel tarda en responder. Finalmente niega con la cabeza.
—No… todavía no. No estoy listo para eso.
Héctor no discute. No insiste. Da un paso adelante y lo abraza fuerte, sin decir nada.
—Está bien —susurra—. No tenés que hacer nada para nadie. Cuando estés listo… yo voy a estar con vos.
Emanuel apoya la frente en su pecho y cierra los ojos.
A unos metros, Santiago observa la escena y murmura: —Che… este Héctor me está cayendo mejor de lo que debería.
Sasha sonríe: —Shhh… dejalos.
El campus sigue su ritmo, pero para ellos el tiempo se detiene un poco.
Entre miedos que se enfrentan, números entregados con temblor, y abrazos que prometen quedarse, algo nuevo empieza a crecer.
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no te pierdas los próximos, porque la historia recién empieza y se viene cada vez más intensa, divertida y llena de sorpresas 😏🔥
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Luna Aoul 🌸