Un grupo de jóvenes se ve arrastrado por la búsqueda y protección de reliquias antiguas que despiertan poderes y ambiciones peligrosas. Perseguidos, traicionados y forzados a despertar habilidades que no comprenden, deberán unir fuerzas con aliados inesperados para impedir que una facción libere una fuerza capaz de arrasar su mundo. Entre batallas, sacrificios y decisiones morales, su viaje decidirá el destino de muchas vidas.
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El Camino
La aldea despertó entre polvo y crujidos. Lo que había sido plaza, mercado y hogar se mostraba ahora como un esqueleto de vigas partidas y paredes abiertas al cielo. Humo y ceniza flotaban en el aire como una memoria que no quería irse. Los supervivientes trabajaban con manos temblorosas: levantaban techos, apartaban escombros, cubrían cuerpos. Cada gesto era una pequeña reparación sobre una herida que dolía en lo profundo.
El olor a madera quemada y a carne cocida se mezclaba con el de las hierbas que alguien había esparcido para intentar purificar el aire. Un niño buscaba entre los escombros una muñeca sin ojos; una anciana rezaba en voz baja junto a una pila de mantas; dos hombres discutían con voz rota sobre quién había visto a Trías pasar la noche anterior. Todo era ruido contenido, como si la aldea entera contuviera la respiración para no desmoronarse del todo.
La jefa recorrió las calles con el rostro marcado por la culpa. Sus botas crujían sobre fragmentos de teja. Cuando encontró a Edran, Mara y Lira, se detuvo frente a ellos sin ceremonias. Sus palabras salieron pesadas, sinceras: pidió perdón por haberlos acusado, por haberlos usado como chivos expiatorios en una decisión tomada con miedo. Admitió que la desconfianza la había cegado y que la ciudad había pagado el precio. No buscó excusas; ofreció disculpas y, con ellas, la posibilidad de enmendar lo hecho. Los jóvenes la escucharon en silencio; la rabia se mezcló con el cansancio y, al final, aceptaron la disculpa porque la reconstrucción exigía más manos que reproches.
Mientras hablaban, un grupo de mujeres arrastró una carreta con restos de lo que había sido la biblioteca. Entre las páginas chamuscadas, Lira encontró un cuaderno con la letra de su madre. Lo sostuvo como si fuera un talismán y, sin decir nada, dejó que las palabras le devolvieran un mapa de recuerdos: historias de herreros, rutas antiguas y la mención de Pemptos, un pueblo de colinas donde, según su padre, vivía un artesano capaz de forjar defensas contra lo imposible. La jefa oyó el nombre y, por primera vez desde el ataque, sus ojos se iluminaron con una chispa de esperanza.
Jack se adelantó entonces, sin teatralidad, y habló con voz grave. Contó lo que ya no podía ocultarse: la guerra entre las aldeas no era un conflicto de fronteras ni de orgullo, sino una lucha por el control de reliquias antiguas. Les explicó que el Ojo del Dragón no era un simple emblema, sino una llave con la que Trías pretendía despertar a Ancalagón, una fuerza capaz de provocar una destrucción masiva. Las piezas encajaron en la mente de los presentes como un golpe: las emboscadas, las bestias, la codicia por objetos que nadie debía poseer. La verdad, dicha así, dejó un silencio helado tras de sí.
Algunos aldeanos murmuraron incredulidad; otros, miedo. Un hombre mayor, que había perdido a su esposa en la noche, golpeó el suelo con el bastón y preguntó por qué nadie había detenido antes a Trías. La jefa no tuvo respuesta fácil. Solo pudo ordenar con la resolución que le quedaba: que se enviaran cuervos mensajeros a las aldeas vecinas. Las aves alzaron vuelo una tras otra, llevando el mismo mensaje en sus patas: Trías tiene el control del Ojo del Dragón. Era una advertencia y un llamado a la unión; era también una manera de que la noticia corriera antes de que el miedo se transformara en pánico. Mientras los cuervos desaparecían en el horizonte, la plaza se llenó de susurros, miradas que buscaban culpables y manos que se ofrecían para ayudar.
No hubo tiempo para lamentos prolongados. La jefa reunió lo que la aldea podía dar: provisiones, mapas, herramientas y la bendición de quienes aún creían que la esperanza podía sostenerse. Les ofrecieron agua, mantas y una ruta marcada hacia Pemptos. Ran, Jack y los demás se unieron a la partida; algunos aldeanos se ofrecieron como escolta, otros como guías hasta el límite de sus fuerzas. La marcha hacia Pemptos no era solo una búsqueda de un artesano: era la primera respuesta organizada contra una amenaza que podía consumir más que una ciudad.
Antes de partir, Edran miró una última vez la plaza en ruinas. En su pecho latía la resonancia como un tambor que marcaba el paso. Mara apretó la Lanza de Dragón contra su hombro, Lira guardó el anillo con cuidado, y Ran, con la voz baja, recordó las palabras de su padre como si fueran un mapa. La jefa los observó desde la muralla, con la mirada fija en el horizonte y la determinación de quien sabe que la reparación no termina con la reconstrucción de casas: hay que reconstruir la confianza entre pueblos.
En el borde del pueblo, un viejo herrero ofreció a los viajeros una pieza de hierro que había salvado de su fragua. “No es mucho”, dijo, “pero si vais a Pemptos, llevad esto. Que os recuerde que no todo está perdido.” Edran tomó la pieza y la guardó en la bolsa junto a la Lanza. Fue un gesto pequeño, pero en él había la promesa de que la solidaridad aún existía.
La primera jornada de camino fue silenciosa. El sendero serpenteaba entre colinas cubiertas de hierba quemada y árboles que habían perdido ramas en la noche del ataque. A media tarde, cuando el sol caía con una luz rojiza, la columna fue sorprendida por un grupo de saqueadores que buscaban aprovechar el caos. No eran soldados de Trías, sino hombres desesperados que creían que la ley había muerto con la aldea. Hubo un choque breve: flechas, gritos, el choque metálico de espadas. Ran y Edran se adelantaron para proteger a los más débiles; Mara, con la Lanza, mantuvo a raya a los atacantes. La pelea fue corta, pero dejó a todos con el pulso acelerado y la certeza de que el peligro no se limitaba a reliquias antiguas.
Esa noche acamparon en un claro. Las llamas de la hoguera proyectaban sombras largas sobre los rostros cansados. Alrededor del fuego, la conversación fue más humana: historias de antes del conflicto, canciones que alguien tarareó para calmar a los niños, la lectura en voz baja de una carta que un mensajero había traído de una aldea vecina. Lira abrió el cuaderno de su madre y leyó en voz alta un fragmento sobre Pemptos: “El herrero no solo forja hierro; forja certezas. Si el mundo se quiebra, él sabe cómo volver a soldarlo.” Las palabras cayeron como una lluvia tibia sobre los presentes.
En la penumbra, Edran se permitió un momento de duda. Se apartó del grupo y tocó la resonancia en su pecho, buscando en su interior una respuesta que no llegaba. Lira se sentó a su lado sin decir palabra; su presencia fue suficiente. “No estamos solos”, murmuró ella. “Llevamos lo que hace falta: valor, memoria y la gente que confía en nosotros.” Edran asintió, y por primera vez desde la mañana, la tensión en sus hombros pareció aflojar.
Las puertas de Tésseris se cerraron tras ellos con un crujido que sonó a despedida y a promesa. El camino hacia Pemptos se extendía entre colinas y recuerdos, y en cada paso los jóvenes sabían que no solo llevaban armas y provisiones: cargaban la responsabilidad de impedir que una fuerza antigua despertara para arrasar el mundo. Mientras avanzaban, cada uno guardó en silencio una imagen de la aldea: la plaza, la jefa arrepentida, la carreta con libros, la muñeca sin ojos. Esas imágenes serían la brújula que los guiaría cuando la noche se hiciera más oscura y las decisiones más difíciles.
Al amanecer, cuando la neblina aún lamía los campos, el grupo se detuvo en un alto para mirar atrás. Tésseris era ya una mancha en el valle, pero su eco permanecía en los pasos de quienes la habían dejado. Con la primera luz, retomaron la marcha hacia Pemptos, con la sensación de que, aunque el camino fuera largo y peligroso, la unión de manos decididas podía ser la única defensa frente a la sombra que Trías pretendía desatar.
Final del primer libro.