Un contrato por deber. Un secreto por proteger. Un amor nacido de la amargura.
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Capítulo 15: El Altar de los Secretos
La medianoche se cierne sobre la ciudad. La luna llena se cuela por los ventanales del despacho de Julian, bañando las paredes de cristal con una luz fría que hace que todo parezca una escena detenida en el tiempo. El resto de las oficinas están en completa oscuridad. Mis ojos arden y mi espalda se resiente tras horas de estar encorvada sobre los balances, pero me niego a ser la primera en ceder.
Julian sigue tras su escritorio, imperturbable. No ha dejado de trabajar, ni de lanzarme órdenes secas cada treinta minutos para probar mi resistencia. La tensión entre nosotros es una cuerda de piano afinada al límite; cualquier nota en falso la hará estallar.
—Trae los libros de la fundación, Benerice —ordena de repente. Su voz barítona vibra en el aire denso—. Ahora.
Me levanto, ignorando el mareo por el cansancio. Tomo la pesada carpeta y camino hacia su escritorio. Mis pasos resuenan con una firmeza que nace de la pura obstinación. Al llegar frente a él, dejo caer la carpeta sobre la caoba con un golpe seco, desafiando su mirada.
Él levanta la vista lentamente. Sus ojos azules me recorren con esa inteligencia calculadora, deteniéndose en la rigidez de mis hombros.
—Faltan tres facturas de la auditoría interna —dice él, y su tono es una advertencia gélida—. ¿Te has distraído o es que tu incompetencia es mayor de lo que pensaba?
—Las facturas no están, Julian —respondo, sosteniendo su mirada sin parpadear. Mi voz es clara, despojada de la timidez que suele protegerme—. He revisado cada folio tres veces. Si no están ahí, es porque alguien se encargó de que desaparecieran mucho antes de que yo pusiera un pie en esta oficina. No me culpes por los vacíos que otros dejaron.
Julian se levanta con una parsimonia letal, rodeando el escritorio hasta quedar frente a mí. Su presencia es imponente, varonil y cargada de una amargura que parece querer asfixiarme.
—Eres valiente cuando estás acorralada —murmura, acortando la distancia hasta que puedo sentir el calor que emana de su cuerpo—. Pero la valentía no llena los huecos de la cuenta bancaria de esta empresa.
—¡Entonces deja de buscar fantasmas en mis informes! —le espeto, dando un paso hacia él en lugar de retroceder—. Me tienes aquí bajo vigilancia como si fuera una criminal, exigiéndome una perfección que tú mismo sabes que es una farsa. Estoy cumpliendo tus órdenes, Julian, pero no voy a dejar que me sigas tratando como si fuera el origen de todas tus desgracias.
Él me toma del brazo, no con delicadeza, sino con una posesividad ruda que me atrae hacia su pecho.
—¿Y qué eres entonces, Benerice? —gruñe, su rostro a milímetros del mío—. Porque cada vez que te miro, no veo a la niña asustada que tus padres vendieron. Veo a una mujer que me desafía con el silencio y que me vuelve loco con este aroma a vainilla que parece pegado a mi piel.
Me besa. No es una invitación, es una colisión de rabia y deseo contenido. Es un beso demandante que sabe a whisky y a una verdad que ambos hemos intentado enterrar bajo capas de hostilidad. Mis manos se estrellan contra su pecho, pero en lugar de empujarlo, mis dedos se enredan en su camisa, tirando de él con la misma urgencia salvaje que él proyecta.
Julian me levanta con un movimiento brusco y me sienta sobre el escritorio, apartando los papeles con el brazo en un estruendo de folios cayendo al suelo. Sus manos recorren mis muslos con una agresividad que me hace jadear.
—Julian… —mi voz es un susurro entrecortado mientras su boca baja por mi cuello, marcando mi piel.
Él se detiene un segundo, observando mi reacción con una mirada oscura, casi predadora. Nota mi agitación, la forma en que mi cuerpo tiembla no por miedo, sino por algo que nunca he experimentado. Sus dedos se detienen en el borde de mi lencería y, por un instante, su expresión de hombre amargado se quiebra al darse cuenta de la rigidez de mi cuerpo.
—¿Benerice? —su voz es ahora un murmullo ronco, cargado de una sorpresa que no puede ocultar.
—Nunca… —apenas puedo articular la palabra, mi rostro encendido de vergüenza y deseo—. Nunca ha habido nadie más, Julian.
Él se queda inmóvil, sus ojos azules fijos en los míos, procesando la revelación. La noción de que soy virgen, de que nadie ha tocado el terreno que él ha estado reclamando con odio, parece golpearlo con más fuerza que cualquier auditoría. Un destello de algo parecido a la protección lucha contra su naturaleza dominante.
Pero el deseo es más fuerte. Sus manos se vuelven más lentas, casi posesivas de una manera nueva, más profunda.
—Entonces seré el único —sentencia, su voz vibrando de una masculinidad absoluta—. Y me voy a asegurar de que no lo olvides nunca.
En el silencio de la oficina, bajo la luz de la luna que nos vigila desde los rascacielos, Julian me toma sobre el altar de su poder. La chispa se convierte en un incendio, y mientras el dolor inicial se funde con un placer desconocido, entiendo que ya no hay vuelta atrás. He dejado de ser la sombra de mi pasado para convertirme en la posesión más íntima del hombre que juró destruirme.