Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
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Capitulo 13
Ai cayó en los brazos de Soka.
Él la sostuvo con cuidado, como si ella fuera de vidrio. Como si cualquier movimiento pudiera romperla más de lo que ya estaba.
—¡Ayuda! —gritó a los guardias reales—. ¡Rápido!
Vinieron. La alzaron. La llevaron a la habitación de Soka, un cuarto pequeño y modesto, pero limpio. La acostaron en su propio futón.
Soka despidió a los guardias con una mentira: un accidente, una caída, nada importante. Ellos se fueron sin preguntar. Para qué iban a preguntar por una sirvienta.
Akino no sabía dónde estaba ella.
Él estaba enojado. Furioso. Ai lo había chantajeado. Lo había humillado. Lo había hecho decir "eres mi puta favorita" delante de su esposa sin que él lo supiera. Y encima, ahora ella tenía un secreto que podía destruir a Ren y a la concubina.
Quería verla sufrir. Quería romperla. Quería que recordara cuál era su lugar.
Pero no quería perderla.
Porque ante sus ojos, ella era suya. Su puta favorita. La única que sabía satisfacer sus deseos más retorcidos. La única que lo hacía sentir vivo.
No quería perder eso.
Por eso no la mató. Por eso mandó a ese hombre. Para quebrarla. Para que volviera a ser la sumisa de antes. Para que entendiera que por mucho que trepara, siempre estaría debajo de él.
Ai es una mujer sola en un mundo de hombres.
Aunque sea inteligente, no siempre puede ganar. Y lo sabe.
Es por eso que no lloró durante la violación. No porque fuera fuerte. Sino porque ya no le quedaba alma para llorar. El yuukaku se la había arrancado hacía años, pedazo a pedazo, cliente a cliente.
Ya no había nada que romper.
O eso creía ella.
Soka le puso ungüento en el rostro. En las mordidas. En los moratones. Sus manos temblaban, pero no dejaba de cuidarla.
Él sabía. Sabía que quien le había hecho eso no quería placer. Quería que ella sufriera. Las marcas eran claras: no eran de amante, eran de verdugo.
Cuando terminó, se quedó mirándola un rato. Luego se levantó, apagó la vela, y salió en silencio.
La dejó dormir.
Cuando Ai despertó, lo primero que buscó no fue su cuerpo.
No fue su ropa.
No fue su dignidad.
No fue venganza.
Buscó la horquilla.
La encontró en sus manos, donde había estado todo el tiempo. Pero ahora la veía bien. A la luz del día.
Partida en dos.
El regalo de Kakashi. Lo único que alguien le había dado por amor, sin esperar nada a cambio. La flor de cerezo tallada a mano. El jade verde pálido, casi translúcido.
Roto.
Y entonces, después de tanto tiempo, después de años de sequedad y hielo, después de creer que ya no le quedaban lágrimas...
Lloró.
Con la horquilla en las manos. Con los pedazos apoyados contra su pecho. Con el dolor saliendo de algún lugar que creía muerto.
Lloró por la horquilla.
Lloró por Kakashi.
Lloró por ella misma.
Lloró por todo.
Esta vez había perdido.
Había perdido porque Akino le recordó quién mandaba. Había perdido porque su cuerpo volvió a ser usado. Había perdido porque la horquilla, lo único hermoso, estaba rota.
Pero ganaría.
A su tiempo.
Ella ganaría.
Secó sus lágrimas con el dorso de la mano. Guardó los dos pedazos de jade en su ropa, cerca del corazón. Se levantó. El cuerpo dolía, pero ya no importaba.
Miró por la ventana de la habitación de Soka. El palacio se alzaba frente a ella, blanco, inmenso, indiferente.
—Voy a ganar —susurró—. Te lo juro, Kakashi. Voy a ganar por los dos.
Y aunque su voz temblaba, aunque su cuerpo sangraba, aunque su alma estaba hecha pedazos como la horquilla...
Había algo en sus ojos que no se había roto.
Algo que prometía fuego.
—Ai, no te levantes —dijo Soka, entrando con una taza de té.
Ella ya estaba incorporándose, con el cuerpo tenso por el dolor.
—Tengo que buscar a Kakashi —respondió.
—No te muevas. Haré que vayan a buscarlo. Dime en dónde encontrarlo.
Ai lo miró un instante. Luego entendió: no tenía que hacerlo todo sola. No siempre.
—Vigila las calles del mercado norte —dijo—. Cerca de la plaza de los tejedores. Ahí hace su ronda.
Soka asintió.
—Debes descansar —insistió—. Vete a acostar.
Ella obedeció. Porque su cuerpo le dolía. Cada paso era una tortura. Cada movimiento le recordaba lo que había pasado.
Volvió al futón y se recostó, mirando el techo, esperando.
Horas después, la puerta se abrió de golpe.
Kakashi entró como una exhalación. Su uniforme sudado, su respiración agitada, sus ojos buscando desesperados.
—¿Ai? —dijo.
Y entonces la vio.
Echada en el futón de Soka. Vendada. Magullada. Mordida. Con los ojos abiertos pero vacíos.
Kakashi se acercó lentamente, como si acercarse demasiado rápido pudiera romperla más. Se arrodilló a su lado. Sus manos temblaban.
—Mi amor —susurró—. ¿Quién te hizo esto?
Ai no respondió a la pregunta.
En lugar de eso, buscó algo entre su ropa. Con manos torpes, doloridas, sacó los dos pedazos de jade.
La horquilla. Partida en dos.
—¿Puedes repararlo? —preguntó, y su voz se quebró—. Por favor. Repáralo.
Kakashi miró los pedazos. Miró las manos de ella. Miró su rostro, marcado por golpes y lágrimas.
Y entendió.
No era solo una horquilla. Era todo lo que él le había dado. Era la prueba de que alguien la quería. Era lo único que no tenía precio.
—No te preocupes, mi amor —dijo, tomando los pedazos con cuidado infinito—. Te voy a comprar otro.
Besó su cabeza. Suavemente. Como si ella fuera lo más frágil del mundo.
—No quiero otro —susurró ella—. Quiero ese.
Kakashi cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, había lágrimas.
—Lo repararé —prometió—. Te lo juro. Voy a encontrar a alguien que lo deje como nuevo.
Ai asintió débilmente.
Luego, con una voz tan pequeña que apenas se oía:
—¿Te quedas conmigo un momento?
Kakashi no dudó.
Se acostó a su lado en el pequeño futón. Ella se giró con esfuerzo y apoyó la cabeza en su pecho. Él la rodeó con sus brazos, con cuidado, con miedo a lastimarla más.
Y así se quedaron.
Ella necesitaba sentir calor. Necesitaba desesperadamente que algo la consolara. No palabras. No venganza. No planes. Solo calor. Solo un latido cerca del oído. Solo saber que no estaba completamente sola en el mundo.
Kakashi le acarició el cabello en silencio.
—Voy a matar a quien te hizo esto —murmuró.
—No —respondió ella contra su pecho—. Yo lo haré. Tú solo... quédate.
Él apretó el abrazo.
Y en esa habitación pequeña, en medio del palacio de las víboras, dos almas rotas se sostuvieron mutuamente.
Afuera, el mundo seguía.
Adentro, solo ellos.
Y ella se llena la boca ... Mi esposo.