Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
NovelToon tiene autorización de Maicol Castañeda para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL LLAMADO DE LA SANGRE
En Althara, Maion peleaba junto a Sagan y Mathiel mientras los últimos demonios comenzaban a retroceder, heridos y desorganizados. El suelo estaba cubierto de cuerpos oscuros que aún se retorcían, y el aire olía a polvo, sangre y metal quemado. Por primera vez desde que había empezado el ataque, la victoria parecía cercana. Sagan sacudió el polvo de sus puños , respirando agitado pero sonriendo como si aquello hubiera sido un entrenamiento más, mientras Mathiel observaba los alrededores con atención, buscando cualquier movimiento extraño entre las ruinas.
Entonces Maion se quedó quieto.
No fue un ruido ni una imagen. Fue una presión que le comprimió el pecho por dentro. El aire se volvió pesado en sus pulmones y su corazón dio un golpe seco, como si intentara advertirle algo antes que su mente lo entendiera. Abrió los ojos un poco más, tensando la mandíbula.
—Esa energía… —murmuró, y la voz se le quebró apenas, Cerró los ojos un segundo y lo sintió con claridad.
dolor, furia, resistencia al límite.
—¡Gahiel…! ¡Dervían! —exclamó, entendiendo al instante.
No explicó más. Flexionó las piernas y se impulsó hacia el cielo con fuerza. El suelo se resquebrajó bajo sus pies mientras su cuerpo atravesaba el aire dejando una estela dorada que se perdía entre las nubes.
—¡Chicos! —alcanzó a decir mientras ganaba altura—. La capital… mis hermanos… están solos.
Sagan soltó una risa breve, más nerviosa que burlona.
—¿Solos? Bueno, intentaremos no incendiar la aldea mientras tú no estás —respondió, aunque sus ojos reflejaban preocupación real.
Mathiel no bromeó; ajustó sus puños y levantó la vista hacia el cielo.
—Si esa presencia es la que creo, esto apenas empieza —dijo con seriedad. Maion no respondió. Solo respiró hondo y aceleró.
Solárium seguía ardiendo cuando llegó. El humo cubría el cielo y las calles eran un desastre de piedra rota y fuego. En medio de la plaza, Dervían y Gahiel combatían sin ceder terreno. Dervían se movía con precisión, su energía azul contenida y firme; no desperdiciaba movimientos.
Gahiel, en cambio, estaba cubierto de sangre y polvo, pero seguía avanzando como si el dolor fuera un detalle menor. Cuando la luz dorada atravesó el humo, Belgor levantó la cabeza. Gahiel también. —…no —murmuró, entre incredulidad y alivio.
El impacto de Maion al caer sacudió el suelo. Se levantó despacio, respirando fuerte, mirando primero a uno y luego al otro. No necesitaban palabras para entender el estado en que estaban. Sangre. Cansancio. Pero vivos.
—Llegaste —gruñó Gahiel, forzando una sonrisa torcida.
Maion los miró unos segundos, primero a Dervían, luego a Gahiel, evaluando el daño sin decir nada. La sangre en la ropa de Gahiel hablaba sola. Exhaló por la nariz.
—¿Qué fue? ¿Se estaban divirtiendo sin mí?
Gahiel soltó una risa breve que terminó en tos.
—Te lo estabas perdiendo —dijo—. Aunque parece que yo me llevé la mejor parte.
Maion negó con la cabeza, acercándose un poco más.
—Sí… se nota. Siempre exagerando.
Dervían sonrió y luego se colocó a su lado, firme. —No será sencillo —dijo con calma—. Pero mientras estemos de pie, no está decidido.
Belgor los observaba desde unos metros, aplaudiendo despacio.
—Qué escena tan conmovedora… Tres hermanos contra un dios —comentó con una sonrisa que no mostraba diversión real, solo desprecio.
No discutieron. Los tres se movieron al mismo tiempo. Gahiel atacó primero, sin dudar, con un rugido que era más frustración acumulada que pose heroica.
—¡Es mío! Belgor bloqueó el golpe con facilidad y respondió con una garra directa al pecho que lo lanzó por el aire. Antes de que tocara el suelo, Dervían lo sostuvo.
—Hermano… —murmuró Gahiel, respirando con dificultad. —Basta por un segundo —respondió Dervían, serio—. Tu cuerpo no es hierro. Gahiel apretó los dientes, se soltó y volvió a ponerse de pie. —Mi cuerpo puede estar hecho pedazos —dijo, escupiendo sangre—, pero todavía me sostiene.
Maion no esperó más y atacó con un golpe envuelto en luz dorada que obligó a Belgor a retroceder un paso. No fue mucho, pero fue real. El demonio respondió de inmediato, impactando a Maion y enviándolo contra el suelo con violencia. El polvo se levantó alrededor.
Dervían observó a sus hermanos incorporarse otra vez, agotados pero firmes.
—Es fuerte —admitió, sin dramatismo—. No podemos ir de frente sin pensar.
Gahiel se limpió el rostro con el antebrazo.
—Entonces piensa rápido —gruñó—. Porque yo no voy a dejar de golpear.
Belgor soltó una carcajada baja.
—¿Esto es todo lo que tienen los Elegidos? Esperaba más.
Lejos de allí, en la aldea de Torreón, Jael cruzaba el cielo a toda velocidad. Su fuego arrasaba a las gárgolas que intentaban interceptarlo, pero no había rabia descontrolada en sus movimientos, sino determinación fría. Cada criatura que se interponía era derribada sin titubeos, cayendo envuelta en llamas negras antes de tocar el suelo. Sus ojos permanecían fijos hacia el horizonte. No pensaba en gloria ni en discursos. Solo en llegar. La capital ardía, y sus hermanos estaban allí.
Nada más importaba.