En el imperio de Valtheria, la magia es un privilegio reservado a los hombres y una sentencia de muerte para las mujeres. Elennaia D’Allessandre, hija de una de las familias más poderosas del imperio, creció bajo el yugo de una sociedad que exige de ella sumisión, silencio y perfección absoluta. Pero su destino estaba sellado mucho antes de su primer llanto: la sangre de las brujas corre por sus venas, y su sola existencia es la llave destinada a abrir la puerta que traería de vuelta a un poder oscuro que siempre se había creído una simple leyenda.
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CAPÍTULO 011
046 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día del Corazón Roto, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Su rostro terminó de arrugarse. Apretó los dientes con fuerza mientras su pie derecho golpeaba el suelo de piedra repetidamente. Pegó la cabeza a la pared, levantando el rostro al techo. Él no era conocido como el más paciente de los militares. De hecho, si la paciencia fuera una bomba, la suya hubiera estallado hacía tiempo. Por eso, a los siete minutos con cuarenta y seis segundos de espera, sentado en ese banco en medio del congelado pasillo de la Corte Suprema, ya había contado todas las grietas de las paredes, aburrido.
Transportó la mirada a la puerta, cruzándose de brazos. Estaba a pocos segundos de levantarse y tumbarla, solo para descubrir que era esa cosa tan importante que su superior realizaba como para tenerlo esperando afuera. Para su suerte, la puerta comenzó a abrirse, y se levantó de un movimiento rápido, dándole una mala mirada al hombre.
—Hasta que por fin te dignas en salir —dijo él, entre dientes.
—Muchacho, tienes que empezar a manejar tu limitada paciencia si quieres llegar a ocupar el puesto de tu padre más adelante —pronunció Arael, arrastrando las bocales, mientras se hacía a un lado, permitiéndole pasar—. Toma asiento. Tendremos una extensa charla.
Aquella sala era extensa, iluminada por las antorchas de fuego azul en las paredes de piedra oscura. El aroma a papel mojado y tinta se extendía por todas las hendiduras que poseía, entrelazándose con el olor a petricor que había dejado la intensa lluvia de hace una hora. En el centro, una mesa de madera con cuarenta asientos perfectamente alineados dominaba el lugar, y a un costado, una chimenea luchaba por darles calor, aunque de poco servía, ya que el frío seguía intenso.
—Sabes muy bien que nunca he necesitado tus consejos —expresó él, tirándose en la silla, aburrido—. Mejor dime para qué estoy aquí.
Arael esbozó una sonrisa ladeada y se aproximó a uno de los estantes atiborrados de papeles y libros viejos sobre tácticas militares, en el fondo de la sala. Rebuscó entre las cubiertas desordenadas durante varios segundos, temiendo no hallar lo que había puesto ahí horas antes, hasta que por fin sus arrugados dedos verdes encontraron lo que buscaba. Luego, lo arrojó sobre la mesa, fingiendo indiferencia.
—¿Qué es eso?
—Si lo abres, lo descubrirás, Zareth —ordenó Arael.
Zareth dudó, mirándolo con los ojos entrecerrados. Arael no era de esos que entregaban las cosas personalmente. De hecho, siempre enviaba Telhol —mensajeros cuyas presencias eran invisibles ante los ojos de muchas criaturas— para ahorrarse tiempo y, que de la nada, le diera un folio, le pareció algo sumamente extraño. Pero al ver el rostro de su superior, las dudas se convirtieron rápidamente en curiosidad.
—Quedarás igual de sorprendido que yo —agregó Arael.
Sus largos dedos enguantados desplegaron el folio negro con el escudo del reino en su centro. Al leerlo, una avalancha de información le golpeó de lleno, frunciendo su frente al instante. Sin embargo, su mirada se desvió —casi sin quererlo—, hacia la fotografía en blanco y negro de la mujer que aparecía en el lado derecho del papel. Sus ojos rasgados, cuyo iris eran de un gris muy intenso, igual que las manillas de acero que él nunca se quitaba de los brazos, parecían querer atravesar el papel. Y esa piel morena le recordaba al sol en pleno día.
—¿Quién es ella? —preguntó Zareth, confundido y algo encantado.
—Elennaia Delyssaney Ivelle D'Allessandre Dorealholm —respondió Arael, caminando en círculos como si estuviera relatando un discurso importante, sin mirarlo del todo—. Hija de Vermon D'Allessandre, uno de los peces gordos de la corona Valtheriana. —Apoyó las manos en la mesa, bajando la mirada a ese folio. Prontamente la subió a sus ojos—. Con diecinueve años, posee más influencia de la que debería tener alguien cuyo cerebro todavía no termina de desarrollarse. Podríamos decir que es una princesita… solo que sin un imperio que administrar.
Zareth volvió la vista al folio, entrecerrando apenas los ojos.
—¿Por qué me das esta cosa con la información de esa mujer?
Arael soltó una risa carente de humor, cruzándose de brazos. Sabía que lo que estaba por decir sonaría como un completo dispárate.
—¿Piensas quedarte callado, Arael?
—Esa mujer, Zareth, nació el veintiséis del mes de Nisyla, día del viento susurrante. La misma noche en la que la luna roja iluminó nuestros cielos —replicó con un gesto serio, posándose detrás de él, con la vista en el folio—. ¿Y sabes qué sucede durante las lunas rojas?
—Maldiciones... —dijo Zareth, perplejo.
Arael asintió despacio.
—Siempre son esas cosas que se nos escapan de las manos... —explicó entre dientes— y esa chica, por desgracia, es la peor que nos ha dado esa maldita luna.
—¿A qué te refieres? —Ladeó la cabeza, confundido.
—Hace casi dos eras nació una mujer cuyo corazón estaba tan corrompido por el odio, que terminó sumiendo a Valtheria hacia una de las épocas más oscuras de nuestra historia —dijo, dejándose caer en el asiento—. Fue, sin duda, la mujer más cruel que ha parido estas tierras. Todo porque quería demostrar que era igual que cualquier hombre en el campo de batalla... aunque el mundo ya le hubiera dejado claro que una mujer nunca sería tratada como un hombre de verdad.
—¿Te refieres a la bruja… Verlah Dorealholm? —investigó con un tono leve, como si pronunciar ese nombre más alto pudiera traerla nuevamente a caminar entre los vivos—. ¿Pero qué carajos tiene que ver la historia de esa bruja loca con la hija del consejero del emperador?
—Verlah lanzó una maldición hacia toda su familia cuando fue capturada por segunda vez por los cazadores, en la cárcel de Aureum. —Llevó su mirada a él, analizando con cuidado sus expresiones—. Una tan poderosa que no se rompió cuando ella murió... sino que decidió esperar mansamente hasta que naciera su última descendiente directa.
—¿Quieres decir que esa mujer es...?
Arael asintió.
—Elennaia lleva la sangre de esa bruja en las venas —dijo con desagrado, acomodándose en su asiento—. Por eso la están buscando por cielo y tierra: porque es la única que puede traer a Verlah de vuelta. Y tú, Zareth, tienes que protegerla para evitar que esa tragedia suceda.
Zareth parpadeó varias veces, evidentemente confuso.
—¿Me estás hablando en serio, general? —Dejó escapar una sonrisa sarcástica, permitiendo que esos colmillos blancos y afilados salieran a la luz—. ¿Y qué se supone que haga yo para evitar esa mierda? ¿Recorrer todo Valtheria cortándole las alas a cada bruja para que no se crucen con esa mujer? —Se pasó la lengua por ambos colmillos, frustrado—. ¿Tengo que actuar como si esto fuera una maldita guerra?
—Si las brujas encuentran a esa chica... créeme que esto terminará convirtiéndose en una guerra. La peor de todas, muchacho. Créeme,
—¿Me estás diciendo que una mujer con más guardias que una fortaleza entera necesita la protección de un cazador? —Otra risa sarcástica abandonó su boca mientras pasaba una mano por su barbilla ligeramente poblada, molesto—. No pasé por todo el maltrato en Rivernum desde que tenía cinco años para que ahora me manden a esconderme detrás de las faldas de una mujercita incapaz de cuidar su propio culo. Denle un arma. O pónganle más guardias que estén dispuestos a dar su vida por ella. Pero a mí déjenme fuera de este circo.
—¿De verdad crees que alguien sería tan imbécil como para volver a confiar en los guardias? —escupió Arael, dejando que la frustración se filtrara en cada una de sus palabras—. ¿Acaso ya olvidaste lo que pasó hace un ciclo? Fueron esos mismos guardias los que mataron al emperador de la dinastía Ahzu. Confiar en ellos otra vez es un suicidio...
—Espera un momento, Arael... —interrumpió Zareth, con el ceño fruncido, como si todo lo que había ignorado hace momentos empezara a encajar de golpe—. Si las brujas la están buscando porque es descendiente de esa mujer... ¿Me estás diciendo que ella también es una... bruja? ¿¡Quieres que yo me ponga a cuidar de una bruja!, Arael?
El desprecio que Zareth sentía por las brujas era tanto que, de ser agua, podía llenar un océano entero, alimentado únicamente por las historias que le metieron en la cabeza desde niño. Le enseñaron que eran malvadas, despreciables y rebeldes por naturaleza; enemigas de una corona que, según las lenguas, siempre las había tratado como iguales. Y, sin embargo, a pesar de todo eso, él no podía dejar de sentirse atraído por ellas, porque eran mujeres extremadamente bellas.
—Lo es, pero ella no lo sabe —Trató de decir con calma, aunque el temblor en su voz delató lo asustado que se encontraba—. Su familia ha estado usando hechizos de Inzoniencia para suprimir su magia. Podemos estar tranquilos con eso, porque ella no tiene magia de bruja. Aunque no podemos estar seguros de que sus alas no aparecerán en cualquier momento. —Juntó las cejas, tensando la mandíbula—. Su familia tiene que cortarlas cuanto antes, sin que ella se dé cuenta.
—Perfecto. Entonces voy a ir tras la “señorita” descendiente de Verlah, una bruja que ni siquiera sabe que tiene poderes de bruja, y la voy a proteger de otras brujas. Porque eso suena totalmente racional, claro. —Respiró hondo, pasando una mano por su cabeza, y tiró su cabello hacia atrás, intentando calmarse—. ¡Es una puta locura! Siempre hemos matado a las brujas. ¿Por qué ahora debe ser diferente?
—Hacerlo pondría en riesgo a todos, muchacho. Entiende. —Arael negó con la cabeza—. Su padre no es cualquier hombre. Es Vermon D’Allessandre, un miembro muy importante de la corte del emperador Deyaniro. Y matar a una hija de la realeza no es cualquier crimen; es un pecado casi tan grave como deshonrar a nuestros sagrados dioses.
—Mierda, Arael. Sabes que en cuanto tenga la oportunidad, seré el primero en matarla. Y me importa un carajo lo que el estúpido emperador o sus malditas princesitas puedan hacer contra mí. —Se levantó de golpe, estampando ambas manos contra la mesa, haciendo saltar todo lo que había encima. Sus fosas se abrieron, furioso—. Busca otro perro faldero que se trague esta mierda, porque yo no lo haré.
—No puedes decir que no, Zareth. —Su cuello se tensó al hablar, y las venas verdes se marcaron con claridad—. A mí tampoco me gusta que esa mujer siga viva por ahí, pero esto ya se me salió de las manos. Si fuera hija de cualquier otro, ya habría irrumpido en su casa y le habría volado la cabeza hace rato. Pero no puedo. Nadie puede hacerlo. Tienes que protegerla con tu vida, si es necesario. Juraste lealtad a la corona... y ella es parte de esa corona, ¿ya lo estás comprendiendo?
—¡Su padre es parte de la corona, no ella! —exclamó, apretando los dientes con tanta fuerza que parecía que iba a romperlos en cualquier segundo—. No me vengas con que debo respetar su vida solo por eso.
—Todas las familias de los miembros del consejo forman parte de la corona de Valtheria. Siempre ha sido así. Y no vas a cambiarlo solo porque estás enojado ahora, muchacho. —Respiró profundo otra vez, intentando mantener la calma—. Soy tu superior, y como tal, debes seguir mis órdenes. Así sea la más estúpida de todas, ¿está entendido?
—¿Tengo que dejar mi puto trabajo para proteger a una perra?
—¿Consideras prudente llamar “perra” a una mujer que ni siquiera conoces, comandante? —reprendió Arael, con severidad—. ¿Acaso tu padre ha llamado a tu madre de esa manera? ¿A tu hermana, a lo mejor?
—No me hagas esa comparación—murmuró, soltando un bufido desde lo más profundo de su pecho—. No quiero ser parte de este circo.
—Escúchame muy bien, Zareth: no se trata de quién es ella ni de lo que creas que merece por ser una bruja. Se trata de cómo te defines a ti mismo. Siempre andas sacando el pecho diciendo que jamás tratarías así a una mujer decente, y ahora no puedes ni mostrar respeto a una que apenas sabes cómo se llama. —Negó con la cabeza, molesto—. ¿Quién te crees que eres para usar esos insultos contra una mujer así?
—Pero yo no...
—Nunca han hablado, nunca se han visto, pero te crees con el derecho de llamarla perra solo porque sí —lo interrumpió, cerrando la mano en un puño—. Y si eres incapaz de mostrar respeto, no serás más que una sombra de los hombres que dices odiar. ¿Eso es lo que te enseñaron tus padres? Porque conozco a Merary desde que te tuvo, y ella jamás te ha enseñado eso, ni hablar de tu padre, que se arrastra por esa mujer. ¿Por qué te crees con el derecho de insultarla, Zareth?
Aquellas palabras lo golpearon con la fuerza de un martillo. La vergüenza se apoderó de cada parte de su cuerpo, y por un segundo se sintió más pequeño que un ratón en medio de grandes bestias salvajes.
—Te pido disculpas, superior. —La vergüenza lo obligó a hacer una reverencia, con la mirada fija en el suelo—. No pensé bien. No trataré mal a una mujer que sea decente nunca más, por muy enojado que esté... Y cuidaré de esa D’Allessandre con mi vida si es necesario.
—Cree en tus propias palabras, Zareth. Porque tu padre te arrancaría la lengua si te escucha insultar a una mujer de esa manera tan despectiva. Y te aseguro, nadie saldría a defensa tuya. Ni yo. Nadie.
—Lo haré —cuchicheó, sin levantar la cabeza.
—Bien, mi muchacho —dijo Arael, dándole un apretón en el hombro, con una leve sonrisa—. Tu misión empieza ahora mismo. Por el amor de los dioses, no le quites los ojos de encima. Esa mujer no es cualquier cosa. Es la jodida estabilidad de todo Valtheria.
Zareth asintió, ajustándose la gruesa correa sobre su cuerpo, sintiendo el hormigueo de la retroalimentación mágica que emanaba del metal negro. Más de uno había terminado con quemaduras graves por sostener uno de esos de forma incorrecta, por lo cual nadie quería tener un rifle así en su poder. Y si un simple civil lo intentaba, la pena de muerte no era solo una advertencia vacía que servía de adorno.
—De acuerdo, Arael.
Zareth tomó el folio y giró sobre sus talones, caminando hacia la salida. Pero justo antes de cruzar la puerta, se detuvo en seco. Sus dedos apretaron el folio como si dudara por un instante, y entonces miró por encima del hombro, con una mezcla de fastidio y enojo.
—Si esta brujilla me mete en serios problemas —musitó, ladeando la cabeza—, te lo juro por todos los dioses, que voy a cobrártelo, Arael.
—Nada malo pasará. —Sonrió levemente, y Zareth rodó apenas los ojos—. En el folio encontrarás todo sobre esa mujer. Mantenlo en secreto. Nadie puede saberlo, ni siquiera tus compañeros. Vuelve por la noche, a las doscientas horas. Entonces la conocerás en persona.
—Bien, Arael. Nos vemos en la noche.
Zareth salió y cerró la puerta de manera violenta. Sus botas comenzaron a golpear el suelo de piedra de la mazmorra con fuerza mientras su mirada frívola recorría las celdas llenas de prisioneros. No sentía absolutamente nada de remordimiento al ver ancianos ahí, mujeres embarazadas a punto de parir, ni siquiera chicos que no llegaban a los quince. Todos estaban en ese lugar porque habían cometido algo malo contra la soberanía, y los crímenes en Valtheria se pagaban con la muerte, la prisión, o peor aún: con el deshonor, tanto para el prisionero como para toda su familia. Y en Valtheria, el deshonor era una condena que no terminaba ni con la muerte.
—¿Y esa cara de que te follaron fuerte por el culo?
Zareth se detuvo en seco, rodando los ojos con fastidio al reconocer aquella voz femenina cargada de burla.
—Sonríe un poco, por favor, mi comandante —añadió ella, cruzándose de brazos—. No es ilegal hacerlo en el imperio, ¿sabes?
Zareth volteó hacia la mujer y alzó una ceja. Era alta, casi de su misma estatura, con un cuerpo fuerte y el cabello cobrizo cayendo en ondas desordenadas justo por encima de los hombros. Sus ojos rasgados no eran humanos; eran dos rendijas verticales incrustadas en iris verdes que lo observaban como si él fuera un ridículo espectáculo humorístico. Pero lo más llamativo de ella, era sin duda ese tatuaje de una serpiente roja que se enroscaba en su cuello, subía por su oreja y serpenteaba hasta rozar el filo de su rostro lleno de heridas pequeñas, sin llegar a cubrirlo por completo. Su piel morena desaparecía bajo ese uniforme táctico negro, y sus manos enguantadas reposaban sobre el chaleco modular repleto de bolsillos pequeños llenos de dagas filosas.
—¿Qué tienes ahí, mi comandante? —preguntó ella, mirando el folio con curiosidad. Ladeó la cabeza—. ¿Una nueva tarea, acaso?
—No son cosas de tu interés, Delytheneie. —Comenzó a caminar rápido, dejándola atrás—. ¿Sabes dónde se encuentra Jannesys? Necesito hablar con ella sobre ciertas cosas importantes. Pensé que estaría aquí.
Delytheneie soltó una risa coqueta.
—Eres su novio. Deberías saber dónde se encuentra.
—Delytheneie… —dijo entre dientes, perdiendo la paciencia.
—La última vez que la vi fue en la mañana, en Rivernum. Estaba con Kenneth. Tal vez él sepa su paradero. No se —respondió, encogiéndose de hombros. Volvió a mirar el objeto en la mano de su superior y curvó una ceja—. ¿De verdad no me dirás que tienes ahí?
—Hay cosas que superan tu rango, Delytheneie.
—Si no me lo dices tú, lo descubriré por mi cuenta.
—Inténtalo... y tu cabeza será la próxima ofrenda en la sala de los muertos en el castillo —amenazó, con aburrimiento.
—¿Acaso es una nueva misión? —Una sonrisa apareció en su rostro, y la serpiente roja que la envolvía cobró vida, descansando en su hombro—. Mira, Misimil salió. También quiere chismear qué trae ese folio. Vamos, mi comandante. Dime que tienes ahí. No seas malo. ¿Sí?
Misimil siseó suavemente.
—No te diré nada, Delytheneie. Si quieres saberlo, tendrás que intentar robarlo —afirmó con frialdad—. Pero por todos los dioses, ojalá no seas tan idiota como para hacerlo, porque te juro que te corto las manos antes de que siquiera lo toques. ¿Me estás entendiendo?
Misimil siseó otra vez y se deslizó hasta el suelo. Rodeó a Zareth en un parpadeo; él estuvo a punto de aplastarla, pero se contuvo, exasperado. Delytheneie le caía bien... aún no era momento de matarla.
—¿Cortarme las manos? Qué romántico te pusiste, mi comandante —dijo Delytheneie con una sonrisa torcida—. Me encanta cuando te pones tan violento. Me hace sentir… no se… tan encendida por usted.
Zareth frunció el ceño, claramente incómodo. Detestaba cuando ella usaba ese tono insinuante. Que lo hiciera con otros le daba igual, pero con él… le parecía fuera de lugar. Para Zareth, Delytheneie era como una hermana más, no una mujer a la que quisiera conquistar.
—¡A trabajar, Delytheneie! —vociferó, perturbado—. ¡Rápido!
Sin esperar más respuestas por parte de ella, unió el pulgar con el dedo corazón y los frotó. Al instante, una corriente eléctrica de tonos oscuros lo envolvió de pies a cabeza, y luego desapareció como si nada. Era el tan famoso chasquido mágico, una técnica usada por los cazadores para trasladarse de un lugar a otro con solo pensarlo. Extremadamente peligrosa para alguien que no la dominara como debía ser, pues podía terminar convertido en polvo.
Apareció frente a una enorme mansión, aislada de cualquier ciudad. Puso las manos detrás de la cabeza y comenzó a caminar despreocupado por el sendero de piedra adornado con flores, tan veneradas por su madre. La puerta se abrió sola, revelando un pasillo que lo guio a la sala de estar, donde su madre estaba con un libro entre las manos. Ella sonrió al verlo, dejó el libro a un lado y se acercó para darle un abrazo. Cuando se separó, le dio un leve manotazo en el pecho.
—¿Y el golpe por qué fue, exactamente, madre?
—Tres meses exactos —explicó, cruzándose de brazos, frunciendo el ceño con falso enfado—. Tres meses sin aparecerte por aquí, muchacho. Ni una carta. Nada que pudiera decirnos que estabas con vida. ¿Por qué es tan difícil para ti comunicarte con tu familia, hijo?
—Estoy aquí, ¿no? Eso debería bastar.
—Siempre tan tú, hijo —dijo, moviendo la cabeza de un lado al otro—. Solo quiero que no olvides que tienes a tu madre esperándote todos los días en casa. Ten consideración de mí, te lo imploro.
Cuando estuvo a punto de responder con un tono suave, por las escaleras bajó su hermana Amaralyan, pisando cada escalón como si se tratara de una pasarela. Levantó una mano, dejando un mechón de su ondulado cabello blanco detrás de la oreja llena de aretes pequeños. Y sus ojos azules con destellos dorados —una imitación perfecta de los de su madre— lo miraron a él, con una expresión de sorpresa pura.
—Miren quién ha decidido aparecerse por estos lares —habló Amaralyan, con una sonrisa burlona mientras bajaba el último escalón de un salto descuidado—. Pensé que ya te habías olvidado de que aún tienes una familia con la que tratar. Pero me alegra mucho que estés aquí. Eres la mejor opción para responder todas mis dudas. —Se puso frente a él, sonriendo—. Me he inscrito en Rivernum para ser cadete.
Zareth parpadeó varias veces.
—¿Qué hiciste qué, Amaralyan Caelstrom? —Sintió un tic en el ojo, y su hermana rió—. Dime que es una de tus malditas bromas, niñita.
—Si tú pudiste sobrevivir ahí durante tantos años sin perder ninguna parte de tu cuerpo, yo también puedo hacerlo. Se que puedo. No creo que sea difícil. —Levantó una ceja, dándole un leve golpecito en el pecho a su hermano con el dedo índice—. Además, alguien tiene que limpiar el nombre de esta familia después de todos tus escándalos.
—Amaralyan, cariño... —murmuró Merary, mirándola fijamente con una expresión de desconfianza, y puso una mano en su frente—. Por todos los dioses que existen, ¿qué clase de idea crees que es esa?
—La mejor idea que he tenido en años.
—¿La mejor idea que has tenido en años, niñita? —repitió Zareth, soltando una risa sarcástica—. ¿Tienes idea de lo que pasa ahí dentro? Rivernum no es un maldito desfile de moda al que estás acostumbrada, Amaralyan. Te van a romper hasta los huesos que ni sabías que tenías. Definitivamente, estás demente si crees que voy a permitir eso, niña.
—¿Y qué? Tú sobreviviste, ¿no? Si tú pudiste, yo también puedo hacerlo —le dio un leve empujón en el pecho, otra vez—. No quiero ser un adorno más de esta familia, Zareth. No pienso quedarme aquí sentada mientras tú y Daniel salen a jugar a ser los héroes del imperio —se cruzó de brazos, molesta—. Ya hablé con nuestro padre. Me dio su permiso para ingresar a Rivernum. Y lo haré, porque sé que puedo.
—¿Sabes lo que me costó salir con vida de ese matadero? —cuestionó Zareth, apretando los dientes, como si quisiera romperlos—. Me costó más de lo que tú podrías soportar. No es un lugar para ti.
—Deja de subestimarme tanto. Sé qué crees que, por ser mujer, no puedo hacer lo mismo que tú. No digo que quiera hacerlo exactamente igual, pero tampoco es justo que me vean como débil solo por eso. Sin ofender, madre —expuso mirándola, y forzó una sonrisa, que parecía más una mueca—, pero no quiero quedarme en casa cuidando de una familia toda mi vida. Quiero más que eso. Y estoy dispuesta a lograrlo así ustedes no quieran. Mi padre me dio su permiso, y con eso me basta.
—¿Crees que mi vida es miserable por cuidar del hogar? —preguntó Merary, frunciendo el ceño, acercándose a su hija—. Casarme con tu padre y tenerlos a ustedes fue lo mejor que me ha pasado. Nadie me obliga a quedarme en casa, lo hago porque así lo quiero. Entiendo que no quieras el mismo estilo de vida, pero Rivernum no es la mejor opción para ti. Y no lo digo porque seas mujer, lo digo porque te conozco demasiado bien, hija. Sé que en ese lugar solo causarías problemas, aunque te cueste aceptarlo. —Llevó su mano a la mejilla de Amaralyan y la acarició suavemente—. Quiero lo mejor para ti, Amara.
—Mamá, por favor. —Formó un puchero con los labios mientras la tomaba de las manos—. Sé que no confías en mí por lo que paso hace un año. Pero te aseguro que esta vez será muy diferente. Solo dame una oportunidad. Solo una, por favor, mamá. Una sola. Dale, solo una.
—No sé qué te habrá dicho el incompetente de tu padre, pero no pasará por encima de mi palabra. Irás a la Academia Femenina de Magia Elemental como castigo por lo que hiciste hace un año. Fin.
—Pero, madre...
—Es mi última palabra.
—Claro que no, madre. —Infló el pecho, desafiante—. Iré a Rivernum, aunque ninguno de los dos quiera aceptarlo. He dicho yo.
Zareth tensó aún más la mandíbula, mirándola frívolamente y obligándose a mantener la calma, con pequeñas respiraciones. Sabía que discutir con su hermana no traería nada bueno. Era la mujer más terca que conocía, y estaba seguro de que jamás aceptaría un no por respuesta. Apretó con fuerza el folio y se dirigió a su habitación.
A veces dormía en el castillo de Rivernum, otras veces —la mayoría— en la mansión, pues su madre se lo había pedido y él simplemente lo aceptó sin cuestionar nada, ya que sabía que su madre anhelaba saber que aún seguía con vida. Entró y se encontró con la misma habitación sombría y amplia de siempre: una cama, un escritorio y la ropa perfectamente amontonada sobre una mesa. No había clóset, ni espejos, ni adornos. No le parecía necesario esas cosas.
Se sentó en el borde de la cama, abrió el folio y repasó la información sobre aquella mujer. No podía negar que la encontraba hermosa, pero la idea de tener que andar detrás de su trasero aristocrático lo enfurecía hasta hacerle arder las venas. No quería cuidar a una bruja —no después de haber matado a unas de ellas horas antes—. Le importaba un comino que fuera hija de un hombre importante; quería estrangularla. Para él, todas las brujas debían estar bajo tierra, sin privilegios, y más si representaban una gran amenaza.