Dos genios.
Una rivalidad que duele.
Un amor que se repite en cada vida.
Cuando él gana, yo recuerdo.
Cuando yo brillo, él tiembla.
Esta vez… ¿podremos elegirnos antes de volver a perdernos?
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Capítulo 11: Cuando ya no hay a quién vencer
El conflicto no llegó de golpe.
Llegó como una incomodidad persistente, una sensación que Ren no supo nombrar al principio. Estaba ahí desde la mañana, instalada en su pecho como una piedra pequeña pero constante, imposible de ignorar.
El estudio estaba en silencio.
Demasiado silencio.
Ren llevaba horas frente al lienzo. Había probado colores suaves, luego tonos más intensos. Después había borrado partes completas con trapos húmedos, dejando la tela manchada de restos, de intentos fallidos. Cada vez que daba un paso atrás, la sensación era la misma.
La pintura estaba bien.
Y eso lo desesperaba.
No había errores evidentes.
No había emoción desbordada.
No había urgencia.
—No es suficiente… —murmuró, casi con rabia.
Aiden estaba al otro lado del salón, sentado frente al piano. No tocaba. Observaba las teclas, inmóvil, como si esperara que fueran ellas las que dieran el primer paso. Desde que el ciclo se había roto, la música ya no se imponía sola.
Tenía que elegir tocar.
—¿Cómo va? —preguntó finalmente, con cuidado.
Ren tardó en responder.
—Bien —dijo—. Supongo.
Aiden levantó la vista. Había aprendido a reconocer ese tono. No era enojo. No era tristeza abierta.
Era inseguridad.
Se levantó despacio y se acercó por detrás, observando el lienzo en silencio durante unos segundos. La pintura mostraba una escena tranquila, equilibrada, casi demasiado contenida.
—No parece tuya —dijo, sin pensar demasiado.
La frase cayó pesada.
Ren se giró de inmediato.
—¿Cómo que no parece mía? —preguntó, con el ceño fruncido.
Aiden se dio cuenta al instante de que había cruzado una línea.
—No quise decir que sea mala —aclaró rápido—. Solo que antes… tus cuadros tenían algo que dolía más.
El golpe fue seco.
—Ah —dijo Ren—. O sea que ahora que no duele… ya no sirve.
—No, Ren, eso no—
—Siempre es lo mismo —interrumpió, con la voz temblorosa—. Siempre soy más “interesante” cuando estoy roto. Cuando tengo miedo. Cuando estoy a punto de huir.
Dejó el pincel sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—No quiero crear desde ahí nunca más.
El silencio que siguió fue incómodo, denso, lleno de palabras que no sabían dónde caer.
Aiden bajó la mirada.
—No quería compararte con quien eras antes —dijo al fin—. Creo que… todavía estoy aprendiendo a no hacerlo.
Ren respiraba rápido, intentando calmar el temblor en sus manos.
—Yo también —admitió—. Porque toda mi vida competí contigo sin darme cuenta.
Aiden levantó la vista, sorprendido.
—¿Competir conmigo?
Ren soltó una risa breve, sin humor.
—Sí. Intentar no desaparecer cuando tú brillabas. Intentar ser suficiente sin pedir espacio. Intentar no sentir que estaba perdiendo aunque no hubiera un premio.
Aiden sintió un nudo cerrársele en la garganta.
—Nunca quise que sintieras eso.
—Lo sé —respondió Ren—. Pero lo sentí igual.
Se sentó en una silla, agotado, como si la conversación le hubiera quitado fuerzas.
—Ahora que no hay destino… —continuó— me doy cuenta de algo horrible: no sé quién soy si no estoy luchando.
Aiden se apoyó en la mesa, manteniendo distancia, respetando el momento.
—Yo no sé quién soy si no soy el mejor —confesó—. Si no gano… siento que no valgo.
Ren lo miró con una mezcla de sorpresa y comprensión.
—Eso también es una competencia —susurró—. Solo que contigo mismo.
Aiden cerró los ojos.
—Lo sé.
Durante años, ambos habían vivido bajo la misma lógica invisible:
uno brillaba, el otro resistía.
Ganar o desaparecer.
Destacarse o perderse.
Y ahora…
no había reglas.
—No quiero competir contigo —dijo Ren con firmeza—. Ni siquiera en silencio. No quiero sentir que tengo que doler para existir a tu lado.
Aiden asintió lentamente.
—Entonces tenemos que desaprender —dijo—. Incluso cuando el impulso esté ahí.
Ren soltó una risa cansada.
—Eso es más difícil que cualquier rivalidad.
—Sí —admitió Aiden—. Porque no hay un enemigo externo al que culpar.
Esa tarde no trabajaron juntos.
No porque estuvieran enfadados, sino porque ambos necesitaban espacio para entender lo que acababa de salir a la superficie.
Ren se quedó solo en el estudio secundario, mirando el lienzo sin tocarlo. Pensó en todas las veces que había creado desde el miedo, desde la urgencia, desde la idea de que si se detenía… desaparecería.
—Tal vez nunca supe crear sin huir —susurró.
En la habitación contigua, Aiden cerró el piano sin haber tocado una sola melodía completa. Sus manos temblaban levemente.
—Tal vez nunca supe tocar sin demostrar —pensó.
Ambos estaban enfrentándose a la misma pregunta desde lugares distintos:
¿Quién eres cuando nadie te está midiendo?
A la mañana siguiente, Ren despertó con una decisión clara.
No quería volver al patrón antiguo.
Tomó una hoja y escribió una nota sencilla. La dejó sobre el piano, bien visible.
Voy a salir a caminar.
No desaparezco.
Vuelvo.
Cuando Aiden la encontró, se quedó mirándola largo rato.
No era una disculpa.
No era una promesa eterna.
Era algo mejor.
Confianza.
Aiden apoyó la mano sobre el papel y sonrió con suavidad.
—Gracias —murmuró.
Ese día, el lienzo quedó sin terminar.
El piano, en silencio.
Pero por primera vez, ninguno de los dos sintió que estaba perdiendo.
Estaban aprendiendo algo mucho más difícil que competir:
A existir juntos sin medirse.