Diodora vive en Hermich, un pueblo pobre y olvidado, donde a veces un pan al día es todo lo que hay para sobrevivir. Entre las artesanías que vende, guarda un secreto que nadie debe conocer; recuerda otra vida, con conocimientos imposibles para este mundo.
Un día, un comerciante le ofrece un saco de fertilizante. Pero lo que Diodora descubre es mucho más que eso; cacao, un tesoro desconocido capaz de cambiar el destino de su familia y abrir un futuro nuevo. Sin embargo, un solo error bastaría para que la acusen de bruja y la condenen al fuego.
Y mientras lucha por mantener su secreto, un hombre misterioso aparece dispuesto a protegerla... Siempre y cuando comparta con él lo que nunca nadie ha probado, el chocolate.
¿Hay un mundo donde no exita el chocolate?
Junto a Diodora, volverá a nacer el postre más aclamado de todos los tiempos.
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Capitulo 16
La noche cayó sobre Dorkar. En el centro de la plaza, la pira esperaba por ser encendida y, y el murmullo del pueblo crecía como una plegaria. Querían fuego. Querían justicia. Querían a una bruja.
Valtor permanecía frente a ellos, sin mostrar emoción alguna. Su capa negra se movía apenas con el viento, y la llama de las antorchas reflejaba un brillo rojizo en sus ojos.
A su lado, dos guardias arrastraban a la figura con ropa vieja. El saco cubría su cabeza, las manos atadas, el cuerpo temblando. Nadie preguntó su nombre; todos creían saber quién era.
—Por orden del rey. —anunció Valtor con voz firme— Esta noche se ejecutará la bruja quién me hipnotizó con solo mirarla, por ello, está prohibido quitarle el saco de la cabeza. Este error no se volverá a cometer.
El pueblo rugió de aprobación.
El cuerpo fue amarrado al poste. Un silencio pesado se posó sobre todos cuando Valtor tomó la antorcha. Realmente este pueblo quería ver fuego, porque no cuestionaron más nada. Ni una palabra más.
Solo fuego.
Las llamas devoraron la paja y el humo subió hasta el cielo. La figura con el saco en la cabeza se estremeció, soltando un gemido ahogado que el fuego convirtió. El pueblo gritó, aplaudió, creyendo ver a la bruja que fue traída.
Valtor observó hasta que el fuego se consumió. Solo cuando las cenizas comenzaron a mezclarse con el humo, dio un paso atrás.
—Que el nombre de Diodora quede limpio. —dijo, apenas audible.— Porque en esta vida, el que daña a mi mujer, muere cien veces peor.
Nadie notó que su mirada no era de satisfacción, sino de un odio profundo.
Nadie supo que bajo aquel saco no estaba una bruja.
Era el Prior.
«Ahora, al menos, el pueblo la dejará en paz»
Mientras tanto, Diodora observaba desde el ventanal del cuarto. El resplandor de la luna llena, inquieta a la distancia.
—Mañana, a primera hora, me iré... —susurró.
—Mejor hazlo ahora.
La voz la hizo girar. Un hombre de presencia soberbia estaba apoyado contra el marco de la puerta. El parecido con Valtor era innegable; mismos rasgos, pero su cabello era oscuro, su porte más frío y arrogante.
—¿Valerius? —preguntó ella.
—Rey de Aroth, campesina. Cuida tu tono.
Diodora alzó una ceja, cruzándose de brazos.
—¿Y usted? Debería cuidar sus modales. No tocó la puerta.
Él chasqueó la lengua.
—No necesito tocar, es mi castillo.
—Igual sigues siendo maleducado.
Valerius sonrió con una arrogancia tranquila.
—Vaya lengua... Dices que te vas. Abandonarás a mi hermano.
—Jamás. Me iré para volver. Y cuando vuelva, limpiaré mi nombre.
Él soltó una carcajada seca.
—No hagas que su sacrificio en la plaza sea en vano. Haré lo posible para que nunca vuelvan a verse a pesar de lo que ha hecho para tenerte.
Diodora sostuvo su mirada.
—El amor no entiende de coronas ni de estatus, su majestad. Algún día el destino lo pondrá a prueba.
—¿A mí? —rió él, incrédulo— Jamás amaría a una campesina.
Ella sonrió con calma.
—La lengua es un castigo del cuerpo, mi rey. Contrólela, o un día descubrirá que habló su propio destino.
Él la observó con una mezcla de fastidio y curiosidad antes de marcharse sin cerrar la puerta.
Cuando Valerius se fue, el aire del cuarto se volvió más liviano. Diodora no entendía por qué él estaba aquí, quizás solo para fastidiarla.
Una risa infantil rompió el silencio; era Daya, que corría hacia Diodora con un libro en las manos.
—¿Puedes leerlo por mí? —preguntó la niña con una sonrisa— Ya aprendí, pero me gusta más cuando Valtor lo hace. Esta vez quiero que seas tú.
—Está bien. —respondió Diodora, sonriendo también, quitándose el recuerdo de Valerius.
Cerró la puerta y comenzó a leer. Era la historia de una lechuza y un cuervo; dos criaturas del mismo cielo, de distintos linajes, que luchaban por volar juntos.
Daya se durmió sobre su regazo antes del final. Diodora acarició su cabello, mirando por la ventana.
«Pronto estaré contigo, Tabatha... Padre, madre... que nada les haya pasado en mi ausencia.»
Unos golpes suaves en la puerta la sacaron de sus pensamientos. Era Valtor.
Al entrar, se detuvo. La escena lo dejó sin aliento. Diodora sostenía a Daya dormida, la luz de la luna bañando e iluminando su rostro. Parecían madre e hija.
«La madre de mis hijos... algún día lo serás.»
—Valtor. —susurró ella— Daya pesa... ¿Podrías ayudarme?
Él reaccionó y la tomó con cuidado, dejándola en su cama. Luego regresó al lado de Diodora.
—¿No se despertó? —preguntó ella.
—Tiene el sueño pesado. —respondió él con una sonrisa suave.
—Este libro... Es nuevo para mí. —añadió ella— Me gustó más de lo esperado.
—Llévatelo. Quizás a Tabatha le guste.
—Gracias. Te lo devolveré cuando lo termine.
Valtor rompió el silencio y se acercó más a ella. Mirándola con una devoción que dolía. Primero tomó su meñique, luego su mano completa.
—Sé que te tienes que ir... Pero ni antes, ni ahora, ni después dejaré de pensar en ti.
Ella sonrió con un dejo de melancolía.
—Reconozco ese tono tuyo. ¿Qué quieres proponer?
—Recordar lo que hacíamos a escondidas. —dijo él, besando su mano— ¿Qué dices?
El recuerdo los envolvió llevándolo a la primera vez que estuvieron en su cita. Diodora asintió con suavidad.
—Quiero tomar un poco de aire fresco.
Valtor le colocó una capa azul rey y juntos salieron del castillo.
Caminaron por una vereda que los llevó a un jardín olvidado. Las malas hierbas crecían entre los adoquines, y una estatua de musa agrietada observaba en su pose habitual.
Aun así, había belleza entre la ruina.
—Era el jardín de mis padres. —dijo Valtor— Desde su muerte, Valerius prohibió que alguien lo tocara.
—Qué lástima... Se ve que alguna vez fue hermoso.
—Mi madre decía que las flores escuchan mejor que las personas.
—Y no discuten contigo. —añadió Diodora— Quizás por eso son mejores confidentes.
Él se rió suavemente.
—No sabes cuánto necesitaba oírte hablar así.
—Ni yo cuánto te necesitaba. —respondió ella.
El silencio se volvió íntimo. Valtor le tomó la mano, y ella no la apartó.
—No quiero que te vayas. —susurró él.
—Sabes mis razones. —dijo ella— Mi familia me espera... Y mi corazón necesita entender lo que siente. Mañana mismo me iré.
Él la miró con una súplica.
—Entonces quédate esta noche. Déjame abrazarte, sentirte, recordar que eres mi mejor sueño antes de que amanezca.
Diodora dudó. Su fortaleza tembló un instante. Luego pasó sus brazos alrededor de su cintura, apoyando su cabeza en su pecho.
—Valtor... Te perdono. —susurró— Por tus secretos, por tu silencio. Después de todo, somos humanos...
Diodora levantó la vista. En su interior, el amor y el deber peleaban sin tregua.
«Cuánto más debo resistir el deseo de besarlo, más me cuesta no hacerlo... ¿Por qué me condenó yo misma?»
—Bésame. —pidió, con la voz firme. Cansada de su vaivén de emociones.
Valtor no necesitó más. La tomó por la cintura, rozó su rostro y la besó con una pasión que encendió incluso a las flores.
Había tanto en aquel beso que uno no bastó. Ni dos. Ni tres. Cada roce era una declaración hecha de pasión.
Diodora lo abrazó con fuerza, sintiendo cómo el mundo se desvanecía a su alrededor mientras probaba, temblorosa, el sabor de sus labios; dulces, más dulce que el chocolate.
Valtor respondió con la misma necesidad contenida, explorando su cuerpo con la suavidad de sus manos mientras la besaba, jugando con su lengua que incluso le provocó un gemido en sus labios.
—¿No te gusta? —murmuró él, con la voz apenas quebrada.
—No es eso... —susurró ella, ruborizada— Es que... Nunca lo había hecho.
Él sonrió, con ternura y deseo a la vez.
—Entonces me honra ser el primero en tantas cosas de tu vida.
La besó de nuevo, más despacio esta vez, y sus manos buscaron los puntos débiles de ella.
Pero cuando el instante comenzó a arder más de lo que el corazón podía soportar, fue Diodora quien se apartó, respirando agitada, con la frente apoyada en su pecho tonificado.
—No... Aún no.
—Lo sé. —respondió él.
—Estar así contigo solo lo hace más difícil.
Valtor suspiró, recostándose entre las hierbas, ella sobre su pecho.
—Lo entiendo. Soy tu perdición, ¿No?
—Y yo la tuya. —dijo ella, cerrando los ojos— Quedémonos un rato más.
El silencio se quedó por un rato. Solo se oían sus respiraciones entrelazadas y un solo latido del corazón.
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Al amanecer, Valtor preparó el caballo. Diodora lo esperaba en el establo.
—Vámonos. —dijo él, ofreciéndole la mano.
Diodora subió al caballo y miró hacia el horizonte. El sol nacía, iluminando las torres de Dorkar.
—Si Hermich pudo renacer de su miseria. —susurró— Dorkar también lo hará de manera diferente... —Y clavó la mirada al frente.
«Por mis manos, y por las suyas.»