Desde la noche en que presenció la muerte de su padre, Eleonore Montrose no ha vuelto a hablar. Su silencio, convertido en motivo de vergüenza para su familia, es usado por su madrastra, Lady Agatha, para someterla y ofrecerla en matrimonio a un hombre al que no conoce: Lord Edmund Blackwood, heredero de una antigua casa junto al mar.
Obligada a unirse a un extraño y exiliada en una mansión llena de ecos, Eleonore descubrirá que el silencio puede ser también un refugio… y que el amor, incluso en medio de la imposición, puede revelar verdades que todos preferirían mantener enterradas.
Pero cuando los recuerdos reprimidos regresen, su voz —la que creían perdida— podría ser tanto su salvación como su condena.
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIAS POR LEER.
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CAPÍTULO 16
Llovía una vez más esa noche, y se sentía ya como si fuera una decoración de la casa, pero también de esa melancolía que habitaba en el corazón de sus dueños.
Eleonore subió las escaleras sin mirar atrás. Su paso era rápido, casi torpe, y los ojos se le empañaban a pesar de que no había llorado.
No quería hacerlo frente a él. No otra vez, no quería ver en sus ojos lástima, por alguna razón eso podía dolerle más que la indiferencia.
En la planta baja, Edmund aún permanecía junto al fuego del estudio.
El recuerdo de la discusión en el invernadero le ardía en el pecho.
Sus palabras —las de ella escritas en tinta temblorosa— le habían quedado grabadas como una herida: “No quiero que me tengas lástima.”
Desde el corredor escuchó el sonido leve de una puerta cerrándose arriba. Ese eco bastó para impulsarlo. Subió sin pensar.
Cuando llegó al dormitorio, la encontró de pie frente al espejo, desatando las cintas de su cabello. No lo había oído entrar. O tal vez sí, pero no quiso girarse.
Edmund se detuvo en el umbral.
La voz le tembló apenas:
—No puedo dejar que termine así.
Ella se volvió despacio.
La luz de las velas caía sobre su rostro, revelando los rastros de una emoción contenida demasiado tiempo.
Tomó el cuaderno, pero lo dejó sobre la mesa sin escribir.
Sus ojos hablaban más que cualquier palabra.
Él avanzó un paso, luego otro, hasta quedar frente a ella.
—No me mires así… —dijo en un susurro ronco—. No como si estuvieras a punto de irte y llevarte todo contigo.
Ella bajó la mirada, respirando con dificultad.
Sus dedos se movieron sobre el aire, como si intentaran dibujar algo invisible.
—¿Crees que no lo sé? —continuó Edmund, más bajo, más cerca—. Que me casé contigo por deber, o por nombre, pero no por ti.
Sacudió la cabeza, incrédulo ante sus propias palabras.
—Maldita sea, Eleonore, no sé en qué momento dejé de pensar con claridad, solo sé que no puedo respirar cuando te alejas.
El temblor de su pecho la delató. Quiso retroceder, pero sus pies no respondieron.
Él se detuvo a medio paso, indeciso. Y fue entonces cuando ella lo hizo.
Se inclinó hacia él y lo besó. El contacto fue torpe al principio, apenas un roce confundido, una súplica muda.
Edmund se quedó inmóvil un instante, sorprendido, hasta que la sintió aferrarse a su camisa, con desesperación contenida.
Entonces la sostuvo por la cintura, con cuidado primero, con necesidad después.
El beso se profundizó, aún silencioso, pero más cierto, más dolorosamente real. No había prisa ni dominio, solo la urgencia de no perderse; mientras sus labios compartidos decían lo que las palabras no podían.
El aire se volvió denso, y el sonido de la lluvia se mezcló con la respiración de ambos.
Cuando al fin se separaron, sus frentes quedaron unidas.
Él la miró como si estuviera viendo algo que no comprendía del todo.
—No vuelvas a esconderte —murmuró—. No de mí.
Ella parpadeó, las lágrimas resbalando sin llanto.
Intentó escribir, pero la pluma cayó al suelo.
Su garganta tembló, buscó aire…
Y, con la voz rota por años de silencio, sus labios lograron formar un solo sonido.
—Edmund…
Él se quedó inmóvil, como si el tiempo hubiera detenido su curso.
No supo si fue un sueño o un milagro. Solo la tomó entre sus brazos, con la delicadeza de quien teme quebrar lo más valioso.
La tormenta siguió afuera, pero dentro de la habitación, todo se detuvo.
Por primera vez desde que la conoció, Edmund escuchó su nombre en su voz. Y comprendió que nada volvería a ser igual, se había dado cuenta, sin lugar a dudas, que tenía a la dueña de su corazón frente a él, y a sus treinta y un años, recién había descubierto lo que podía lograr el amor verdadero.
Me gusta que ellos se vayan conociendo y vayan fortaleciendo la relación, que triste sería que ellos estuvieran por obligación, cuando una pareja debe estar porque se ama, se complementa, se entiende, hay una complicidad que da esa sensualidad que sacas cuando te sientes en confianza.