Ella nunca imaginó que el peor día de su vida terminaría con un anillo en el dedo.
Él juró no volver a amar… hasta que la obligación lo ató a una mujer que se convirtió en su debilidad.
Un matrimonio por contrato para salvar el honor, los negocios y una familia en ruinas.
Mentiras, secretos y enemigos ocultos pondrán a prueba un vínculo que nació de la conveniencia, pero que pronto se vuelve demasiado real.
En un mundo donde nada es lo que parece, ¿el amor será suficiente para sobrevivir?
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Capítulo 15 – El enemigo invisible
La mansión Montenegro se había convertido en una cárcel disfrazada de lujo. Los muros altos, las lámparas de cristal y los pasillos alfombrados ya no eran un refugio, sino barrotes invisibles que la mantenían atrapada. Guardias armados recorrían cada rincón, las cámaras vigilaban sin descanso y, sin embargo, Valeria sentía que había algo más allá de esa seguridad impuesta: unos ojos ocultos, atentos a cada movimiento suyo, incluso en la intimidad de su habitación.
Aquella mañana, al entrar en el comedor, percibió un silencio extraño. Una de las empleadas de servicio apartó la mirada demasiado rápido, y otra cuchicheó con nerviosismo al verla pasar. Eran gestos mínimos, casi insignificantes, pero Valeria había aprendido a descifrar lo que se escondía tras las pequeñas grietas. Y lo que encontró allí fue temor.
—¿Todo bien, señora? —preguntó el mayordomo con su sonrisa impecable, la misma que parecía ensayada hasta la perfección.
Valeria se obligó a responder con cortesía, aunque un nudo de desconfianza le oprimía el estómago.
—Sí… todo bien —murmuró.
Se sentó a desayunar. El aroma del café caliente, el pan recién horneado y la vajilla de plata pulida parecían fuera de lugar frente al peso de su ansiedad. Entonces lo vio. En la servilleta doblada con precisión había un mensaje escrito en tinta roja:
“CUIDADO.”
El tenedor se le escapó de los dedos y chocó contra la loza con un estrépito metálico que hizo girar a todos los presentes. Los guardias se tensaron, listos para reaccionar. Valeria, con rapidez, escondió la servilleta en su regazo antes de que alguien pudiera notarla. Forzó una sonrisa, fingiendo normalidad, aunque sentía que la sangre le golpeaba en las sienes.
Horas después, buscó alivio en el jardín. Las rosas recién regadas perfumaban el aire, pero la dulzura de su aroma no lograba enmascarar el vacío que la devoraba por dentro. Cerró los ojos, tratando de respirar. Entonces escuchó un murmullo, tan leve que parecía confundirse con el viento:
—No deberías confiar en él…
El corazón le dio un vuelco. Se giró de golpe, pero el lugar estaba desierto.
—¿Quién está ahí? —exclamó, la voz quebrada.
Solo el susurro de las hojas le respondió.
De pronto, unas manos firmes la sujetaron por los hombros. Valeria ahogó un grito.
—Tranquila —dijo Adrián, mirándola con seriedad—. Estás temblando.
Ella se apartó, con los ojos encendidos.
—No estoy loca. Escuché algo… alguien me habló.
Adrián la observó con una intensidad que la hizo estremecer.
—Eso es lo que buscan, Valeria. Que dudes de todo, que creas que el enemigo está en cada sombra.
—¿Y si lo está? —replicó ella, al borde de las lágrimas—. La nota en mi habitación, la servilleta, ahora las voces. ¿Qué pasará cuando ya no sepa distinguir qué es real?
Adrián suavizó su expresión. Le tomó el rostro entre las manos, obligándola a mirarlo.
—Mientras estés conmigo, nada podrá destruirte. Lo juro.
Valeria sintió que se ahogaba bajo el peso de esa promesa. Porque la pregunta que más la atormentaba seguía sin respuesta:
¿Y si era él, justamente él, quien más podía destruirla?