Alexander Sterling Blackwood lo tiene todo: poder, una fortuna incalculable y el control absoluto de un imperio empresarial. Es el Alfa dominante más poderoso del país, pero también el más solitario. Desde la noche en que su esposo murió en un trágico accidente de tránsito, su mundo se tiñó de gris. Para sobrevivir al dolor, Alexander congeló sus instintos, sepultó su aroma a madera de sándalo quemada y whisky, y se escondió detrás de una armadura de hielo y supresores, convirtiéndose en una “sombra" fría que mantiene a todos a distancia… incluido a su hijo Alistair, de apenas cinco años, un cachorro omega que crece en el silencio de una mansión vacía, ansiando desesperadamente un abrazo de su padre.
Liam Miller es un Omega puro que solo busca un empleo estable para reconstruir su vida. Tras sufrir la dolorosa traición de su exnovio, quien lo engañó con su mejor amigo, Liam llega a la imponente Mansión Sterling con el corazón lastimado, pero con la firme intención de salir adelante.
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Capítulo 15: El aroma.
La tarde del martes caía con pereza sobre la propiedad. Liam se encontraba en la biblioteca de la mansión, ordenando algunos tomos mientras Alistair jugaba tranquilamente con sus bloques de construcción en la alfombra. El ambiente en la casa se sentía diferente, impregnado de una ligereza y una paz que Liam apenas lograba procesar. Las palabras de Alexander en el desayuno del día anterior seguían repitiéndose en su mente como una melodía dulce.
El sonido de un auto deteniéndose en el patio delantero llamó su atención. Liam miró el reloj de pared; apenas pasaban de las cuatro de la tarde. Era inusualmente temprano para que el Alfa regresara de sus compromisos corporativos.
A los pocos minutos, las grandes puertas de madera de la biblioteca se abrieron. Alexander entró al lugar, despojándose de su saco oscuro en el proceso. Sus ojos escanearon la habitación hasta fijarse por completo en Liam. Traía el cabello ligeramente alborotado por el viento y, en su mano derecha, sostenía un pequeño paquete envuelto en papel artesanal.
—¡Papá! —Alistair se puso de pie de inmediato y corrió a abrazar las piernas de su padre.
Alexander se agachó para recibirlo, cargándolo con un brazo mientras le dedicaba una de sus nuevas y sutiles sonrisas.
—Hola, campeón. ¿Te portaste bien hoy? —preguntó, recibiendo un asentimiento efusivo del niño.
Luego, Alexander bajó al cachorro y caminó directamente hacia Liam, acortando la distancia con esa presencia imponente que hacía que el pulso del omega se acelerara.
—Buenas tardes, Alexander. No te esperábamos tan temprano —dijo Liam, entrelazando sus dedos con un deje de timidez mientras su aroma a miel y lavanda se disparaba de pura alegría.
—Decidí delegar la última reunión de la junta directiva —respondió Alexander, su voz grave resonando con una suavidad magnética—. Mi lobo estuvo inquieto todo
el día, exigiendo volver a casa. Y... encontré esto de camino aquí. Pensé en ti cuando lo vi.
El Alfa extendió el paquete hacia Liam. Con las manos ligeramente temblorosas, Liam retiró el papel artesanal para descubrir una hermosa edición antigua, con encuadernación de cuero, de una recopilación de mitos antiguos y filosofía clásica. El joven omega abrió los ojos con sorpresa, conmovido por el detalle. Sabía que Alexander prestaba atención a sus conversaciones, pero notar que recordaba sus intereses intelectuales más profundos le encendió el pecho de una calidez inmensa.
—Alexander... es hermoso. Muchas gracias. No tenías que molestarte —susurró Liam, acariciando el relieve del cuero.
—No es una molestia, Liam. Es un cortejo —declaró Alexander con una honestidad tan madura y directa que dejó a Liam sin aliento. Los ojos oscuros del Alfa brillaron con una fijeza devota—. Quiero que sepas que tengo toda la intención de ganarme un lugar en tu vida, no solo como el padre de Alistair, sino como tu Alfa. Si me lo permites, claro.
Liam sintió que el rostro le ardía en un vivo color carmín, pero sostuvo la mirada, asintiendo lentamente con una sonrisa radiante que fue la mejor respuesta para el mayor.
El resto de la tarde transcurrió entre risas sencillas y una complicidad que ya no se ocultaba. Cenaron los tres juntos en una dinámica completamente hogareña, y cuando la noche finalmente reclamó el cielo, Liam se encargó de llevar a Alistair a su habitación para dormirlo.
Al salir del cuarto del niño, el pasillo estaba en penumbra. Liam caminó hacia las escaleras, pero antes de bajar, vio a Alexander esperándolo al final del corredor, apoyado contra la pared cerca del gran ventanal que daba a los jardines. El Alfa vestía únicamente su camisa blanca con los primeros botones abiertos, y su aroma a sándalo y whisky flotaba en el aire con una madurez e intensidad irresistibles.
Liam se acercó a él con pasos suaves.
—Alistair ya se durmió —anunció en un susurro, deteniéndose a un paso de distancia.
Alexander no respondió de inmediato. Dio un paso hacia el frente, reduciendo el espacio entre ambos a la nada, obligando a Liam a retroceder sutilmente hasta que su espalda choco con el marco de madera del ventanal. El Alfa levantó una mano, apoyando el dorso de sus dedos contra la mejilla de Liam, acariciando la piel suave con una lentitud que hizo que el omega cerrara los ojos, disfrutando del contacto.
—He sido muy paciente, Liam —susurró Alexander, inclinando su rostro hasta que sus respiraciones se mezclaron en el aire cálido del pasillo—. He intentado ir despacio para no asustarte, para respetar tu tiempo... pero tu aroma me está volviendo loco. Mi lobo te reclama cada segundo que pasamos separados.
Liam abrió los ojos, encontrándose con la mirada felina y cargada de una necesidad contenida de Alexander. La atracción de destinados vibraba con una fuerza salvaje en el silencio de la noche. El omega dejó escapar un suspiro dulce, liberando su aroma a lavanda y miel para que envolviera por completo el sándalo del Alfa, rindiéndose voluntariamente ante el lazo.
—No tengo miedo, Alexander —respondió Liam en un hilo de voz, armándose de valor mientras subía sus propias manos de forma tímida hasta apoyarlas en el firme pecho del Alfa—. Ya no tienes que esperar.
Esa fue la última invitación que Alexander necesitó. Con un gruñido bajo y posesivo que resonó directamente en el pecho de Liam, el Alfa acortó el último milímetro de distancia y unió sus labios en su primer beso real.
El beso comenzó con una intensidad contenida, una marea de emociones acumuladas durante semanas de distanciamiento y dolor que finalmente encontraban su cauce. Los labios de Alexander eran firmes, cálidos y demandantes, pero se movían con una reverencia y una dulzura que hicieron que las piernas de Liam temblaran. El Alfa pasó sus brazos grandes alrededor de la cintura del omega, pegando sus cuerpos por completo en un abrazo posesivo, mientras Liam enredaba sus dedos en el cabello oscuro de Alexander, profundizando el contacto.
El aroma de ambos se fusionó por completo en una fragancia nueva, perfecta y embriagadora: el sándalo quemado se endulzó con la miel fresca, y la lavanda calmó el fuego del whisky puro. Era el reclamo del lazo de destinados, una melodía perfecta que sellaba la tregua y borraba el invierno de la mansión para siempre.
Cuando finalmente se separaron por la falta de aire, sus frentes permanecieron unidas. Alexander mantenía los ojos cerrados, respirando el aroma de Liam directamente desde su cuello con una devoción pura, mientras que Liam sonreía con el corazón desbocado y las mejillas encendidas, sintiéndose completamente a salvo en los brazos de su Alfa.
La primavera había llegado de forma definitiva a la Mansión Sterling, y el primer beso de Alexander y Liam era solo el hermoso comienzo de su verdadera historia juntos.