Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 14 – LO QUE EMPIEZA A ROMPERSE, SE RECONSTRUYE
La mañana siguiente no fue como ninguna de las anteriores. Camila se levantó mucho antes de que el despertador rompiera el silencio de la habitación, con el corazón latiéndole a un ritmo que ya no podía atribuir solo al estrés. Había soñado con él; no con el jefe frío ni con el hombre de los secretos, sino con el músico de la noche anterior, con esa canción que parecía haber sido escrita en las paredes de su propia alma.
Se alistó con una calma inusual. No quería proyectar ansiedad, pero tampoco deseaba seguir fingiendo que el muro entre ellos seguía intacto. En su bolso, junto a las llaves y el celular, guardaba una pequeña nota escrita a mano. Le había tomado más de una hora encontrar las palabras exactas, tachando y volviendo a escribir, sintiendo que ningún idioma era suficiente para explicar lo que sentía.
Antes de dirigirse a la oficina, desvió su camino por instinto. Sabía exactamente dónde encontrarlo.
Lo vio sentado en la misma banca del parque, cerca de donde la noche anterior la música lo había envuelto todo. Esta vez no había banda ni guitarras eléctricas; solo estaba él, contemplando el estuche de su instrumento como si en sus cuerdas buscara las respuestas a un futuro incierto. Camila se detuvo frente a él, su sombra proyectándose sobre el pavimento. Leví levantó la mirada y, al verla, una chispa de alivio y ternura iluminó sus ojos grises.
—¿Viniste? —preguntó él con una voz tan suave que casi se perdía con el viento.
Camila no respondió de inmediato. En lugar de palabras, sacó la nota de su bolso y se la extendió. Leví la recibió con una delicadeza extrema, como si sostuviera un objeto de cristal que pudiera romperse al menor contacto. La leyó en un silencio absoluto, mientras el mundo alrededor seguía su curso.
“No sé qué somos ahora, ni hacia dónde vamos… pero sé que no quiero seguir huyendo de lo que siento. Quiero entenderte, Leví. Quiero que nos entendamos. Y si es verdad que desde entonces siempre fui yo… entonces quédate”.
Leví soltó un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo el aire durante años. La miró con esa intensidad suya que tenía el extraño poder de doler y curar al mismo tiempo.
—Me estoy quedando, Camila —sentenció con firmeza—. Desde el segundo en que te vi de nuevo, no he hecho otra cosa que intentar echar raíces donde tú estés.
No hubo un abrazo desesperado ni un beso de película. Simplemente, se sentaron el uno al lado del otro, dejando que el silencio los rodeara. En ese momento, el simple hecho de compartir el mismo espacio, sin armaduras, era suficiente para empezar de nuevo.
Durante los días siguientes, el ritmo de sus vidas cambió. Los encuentros se volvieron el eje de su rutina: cafés matutinos sin la prisa del reloj, llamadas nocturnas que se extendían hasta la madrugada y miradas cargadas de significado en medio del caos de la oficina. Ella volvió a reír con él, con esa risa que él creía haber perdido para siempre. Él, por su parte, volvió a dormir con la paz de saber que su soledad tenía fecha de caducidad.
Un sábado por la tarde, Camila dio el paso definitivo: lo invitó a su apartamento. Era la primera vez que él entraba en su mundo privado. Cocinaron juntos entre risas y pequeños accidentes culinarios, hablando de todo lo que se habían callado: los sueños que se rompieron en el camino y los que, a pesar de todo, aún querían construir.
En medio de la cena, mientras el vapor de la comida llenaba el aire, Leví se detuvo a observarla con una seriedad repentina.
—¿Sabes qué era lo que más me quemaba por dentro cuando desaparecí? —preguntó de repente.
—¿Qué cosa? —Camila dejó los cubiertos, captando la gravedad de su tono.
—Pensar que moriría y tú nunca sabrías cuánto te quería. Que me convertiría solo en un recuerdo borroso de tu adolescencia, o peor aún, que alguien más ocuparía el lugar que yo siempre quise para mí.
Camila se acercó a él, rodeando su mano con la suya y apoyando la cabeza en su hombro. Sintió el latido fuerte de su corazón a través de la camisa.
—No tengo idea de qué va a pasar mañana, Leví. El futuro me sigue asustando un poco. Pero hoy… hoy solo quiero estar aquí, contigo.
Él no necesitó responder con frases ensayadas. Solo entrelazó sus dedos con los de ella, apretando con una fuerza que decía más que mil juramentos. Esa noche no hubo una intimidad física apresurada. Hubo algo mucho más raro y valioso: la certeza de que, después de tanta tormenta, finalmente estaban empezando a reconstruirse.
Juntos. Y con eso, por ahora, bastaba.