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Latidos En La Cumbre

Latidos En La Cumbre

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Romance / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:24.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

​Elara, una veterinaria de élite en Seattle, lo pierde todo tras una negligencia médica provocada por el estrés de un matrimonio abusivo. Buscando anonimato, se muda a Valle Sombrío para dirigir un refugio de animales al borde de la quiebra. Su llegada choca frontalmente con Jason, un hombre huraño y misterioso que vive en una cabaña aislada tras un accidente en el cuerpo de rescate que le dejó una cojera permanente y un alma cerrada bajo llave.

​La rivalidad estalla cuando Elara intenta modernizar el refugio, mientras Jason cree que la naturaleza debe seguir su curso. Sin embargo, la aparición de animales heridos con marcas de redes ilegales los obliga a unir fuerzas. Entre el frío de la montaña y la calidez del refugio, Elara y Jason descubrirán que las cicatrices más profundas no son las que se ven, sino las que sanan cuando alguien decide quedarse.

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capitulo 4

La campana de la entrada vibró con un golpe seco, anunciando una presencia que el aire ya había anticipado. Elara estaba inclinada sobre la mesa de exploración, sus dedos enguantados palpando con extrema delicadeza el flanco de una cría de ciervo que Nico había encontrado atrapada en un matorral de espinas. El animal temblaba, un sismo de piel canela y ojos desorbitados por el terror.

​Sin levantar la vista, Elara supo quién era. El aroma a bosque húmedo y cuero viejo inundó la estancia, desplazando el olor a antiséptico.

​—Esa cría no necesita productos químicos, doctora. Necesita silencio y que la dejes en paz —la voz de Jason sonó como el crujido de la madera bajo el hielo.

​Elara se obligó a terminar la medición de la frecuencia cardíaca antes de girarse. Jason estaba apoyado en el marco de la puerta, con su bastón de madera oscura firme en la mano y la mirada clavada en la jeringuilla de sedante que descansaba sobre la bandeja de acero inoxidable. No venía en son de paz; venía a reclamar territorio.

​El reclamo

​—He venido por los antibióticos de amplio espectro y el suero que el anterior veterinario me dejaba bajo cuerda —dijo él, dando un paso al frente con una cojera rítmica, casi imperceptible si no se prestaba atención—. Los animales que yo cuido en el bosque no pueden esperar a que tú termines de organizar tus estanterías.

​Elara se quitó los guantes con un chasquido seco. El cansancio de las últimas noches, sumado a la arrogancia de aquel hombre, encendió una chispa de rebeldía en sus ojos.

​—En primer lugar, los suministros médicos de este refugio están bajo mi supervisión técnica y legal. No se reparten como caramelos —respondió ella, cruzando los brazos sobre su bata blanca—. Y en segundo lugar, esta cría tiene una infección incipiente en la articulación. Si no intervengo con una limpieza profunda y un tratamiento de choque, perderá la pata antes del viernes.

​Jason se acercó a la mesa, ignorando la distancia social que Elara intentaba imponer. Se inclinó sobre el cervatillo, y por un segundo, la dureza de su rostro se suavizó. Sus manos, toscas y llenas de cicatrices, se movieron con una agilidad sorprendente para acariciar la frente del animal. Lo extraño fue que el ciervo, que antes luchaba contra Elara, se quedó inmóvil bajo el tacto de Jason.

​—Tú ves una patología; yo veo a un animal que ha sobrevivido a la montaña —gruñó Jason sin mirarla—. Si le metes esa basura sintética, anularás su sistema inmunológico. Lo que necesita es un ungüento de resina de abeto y tres días de oscuridad en un establo fresco. La naturaleza sabe curarse si los humanos dejan de intentar jugar a ser dioses con estetoscopio.

​El choque de métodos

​Elara soltó una risa incrédula, dando un paso hacia su espacio personal.

​—¿Resina de abeto? Estamos en el siglo veintiuno, Jason. La "naturaleza" que tanto defiendes es la misma que le ha provocado una sepsis latente. Mi método no es "jugar a ser Dios", es ciencia. Es garantizar que cuando lo liberemos, no sea una presa fácil porque no puede correr.

​—La ciencia es lo que te hizo fallar en Seattle, ¿no? —soltó Jason, lanzando un dardo emponzoñado que buscaba el punto exacto de su quiebre.

​Elara sintió como si el aire del refugio se agotara de golpe. Sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa de metal hasta que sus nudillos se volvieron blancos. El recuerdo de Marcus, del juicio profesional y de la vergüenza pública, la golpeó como una ola de agua helada. Pero esta vez, no bajó la mirada.

​—Lo que pasó en Seattle no tiene nada que ver con mi competencia técnica. Y no voy a permitir que un ermitaño con complejo de chamán me diga cómo salvar una vida en mi propia clínica —su voz era un susurro afilado—. Si quieres esos suministros, tendrás que esperar a que yo audite el inventario. Y mientras tanto, esta cría se queda bajo tratamiento moderno.

​Jason se irguió por completo. La tensión entre ambos era casi eléctrica, una vibración que parecía hacer vibrar el instrumental médico. Sus rostros estaban a escasos centímetros; ella podía ver las motas doradas en el iris gris de él, y él podía ver la determinación feroz que ardía en la mirada de una mujer que ya no tenía nada que perder.

​—Tu arrogancia la va a matar —dijo Jason, su voz bajando a un tono peligroso—. Estás tan obsesionada con demostrar que eres capaz, que te olvidas de que el animal no es un paciente, es un ser vivo que siente tu miedo a través de tus manos.

​—Mis manos están perfectamente calmadas —mintió ella, aunque su corazón galopaba—. Lo que sientes es mi falta de paciencia para tu paternalismo.

​La tregua forzada

​El cervatillo soltó un pequeño balido de dolor. Elara reaccionó por instinto, extendiendo la mano para estabilizarlo, pero Jason ya lo estaba envolviendo en una manta con una pericia que solo daban décadas de campo. Por un instante, sus manos se tocaron sobre el pelaje del animal. La piel de Jason estaba ardiente frente a la frialdad de los dedos de Elara. Fue un contacto breve, una descarga que ambos evitaron comentar, retirando las manos como si se hubieran quemado.

​Jason exhaló un suspiro pesado, mirando al animal y luego a los ojos de Elara. Por primera vez, hubo un asomo de duda en su hostilidad.

​—Hagamos un trato, "doctora de élite" —dijo él con un deje de sarcasmo, pero sin la agresividad anterior—. Usa tus antibióticos. Pero deja que yo me encargue del entorno de recuperación. Nada de luces blancas, nada de ruidos de radio y nada de visitas de ese chico asustadizo que tienes por ayudante. Si en cuarenta y ocho horas no se pone en pie, reconocerás que tu ciencia no sirve de nada en Valle Sombrío.

​Elara lo observó en silencio. Notó el leve temblor en la pierna de Jason, el esfuerzo que hacía por mantenerse firme. Comprendió que su rigidez no era solo orgullo; era una armadura.

​—Acepto —respondió ella, recuperando la compostura—. Pero los antibióticos los administro yo. Y los suministros que buscas... te daré la mitad de lo que pides hoy. La otra mitad, cuando vea que el ciervo evoluciona.

​Jason apretó la mandíbula, pero asintió una sola vez. Era un pacto de sangre en mitad de una guerra fría.

​Caminó hacia la puerta de salida, pero se detuvo antes de salir al frío exterior. No se dio la vuelta, pero su silueta recortada contra la luz blanca del día parecía más solitaria que nunca.

​—No te acostumbres a ganar, Elara. La montaña siempre tiene la última palabra.

​Cuando la puerta se cerró, Elara se dejó caer sobre un taburete. Sus manos, ahora sí, empezaron a temblar de forma incontrolable. Miró a la cría de ciervo, que ahora descansaba más tranquila. Había defendido su territorio, pero sabía que Jason no era un enemigo común. Era el reflejo de todo lo que ella temía y, al mismo tiempo, la única persona en ese valle que parecía entender que la vida, en cualquier forma, era algo por lo que valía la pena quemar el mundo.

​—Ya lo veremos, Jason —susurró para el aire vacío—. Ya lo veremos.

1
MARTITA
NICO, COMO TODO EL PUEBLO SON LOS OJOS DEL SHERIF.
MARTITA
ELARA NO LLEGÓ EN PRIMAVERA, ERA INVIERNO Y CON MUCHA NIEVE.
MARTITA
TAL CUAL, Y LA MUY ESTÚPIDA YA SE CREE INVENCIBLE Y NO APAGÓ SU MÓVIL. PARA QUÉ LO QUERÍA ENCENDIDO SI NADIE LA IBA A LLAMAR. ALLÍ EN EL TÚNEL DEBE HABER UNA SEÑAL PARA QUE LOS TRAFICANTES SE COMUNIQUEN.
TAL VEZ UNA TERMINAL SATELITAL QUE PERMITA SEÑAL.
ESOS ASESINOS TIENEN UNA LOGÍSTICA MUY BIEN EQUIPADA,
COMO SI FUERAN MILITARES. ENTRE EL ORO Y LAS PRESAS TIENEN GRAN CAPITAL Y MUCHOS CONTACTOS .INCLUSO HASTA MILITAR.
Katiana Ochoa
me encanta muy diferente a la que he leídos
MARTITA
DOS SOLITARIOS MUY HERIDOS DE DISTINTA MANERA PERO AMBOS CON EL ALMA ROTA.
SUS CORAZONES SIN DARSE CUENTA ESTÁN LATIENDO EN SINCRONÍA.
AMBOS SE NECESITAN PARA SANAR Y SALVARSE.
MARTITA
ME RECUERDA A "LOBO ESTEPARIO" UN BEST SELLER QUE ME MARCÓ DOLOROSAMENTE...
MARTITA
NO HAY ACCIÓN😳
MARTITA
MAL MOMENTO PARA ESCAPAR DE LO PEOR: EL ABUSO.
Nancy Mujica
En verdad q no entiendo están en la mina y de repente están en el refugio
JOGXANDY BELLO
Excelente historia, me encantó de principio a fin.!!
Deborah
me gusta la trama, pero dejas inconclusas las escenas, cuando regresaron al refugio, cómo entró si la puerta estaba con seguro? no entiendo
Deborah
me gusta la redacción y la buena ortografía, felicidades 👏
Anajely Franco
ando perdida según estaban en la montaña en la mina y nada otra vez están en el refugio ya no entiendo
Rossi
podría ser que Nico lo este haciendo, por instrucciones de Marcos?
Rossi
que me perdi? en el capítulo 20 Jason y Elara estaban en la mina, en el 21 están en el refugio.
Anajely Franco
empezamos y muy bien
Margelis Izarra
¿ cómo es que en una cueva le puede llegar la señal al celular? yo en mi ignorancia pregunto...además si les llega señal entonces los pueden rastrear
Sam Garcia Rodriguez
...
Natividad Rodriguez
me gustó muchísimo
Carmen
Pero como que no sabe quién es Marcus si ella le contó lo que lo que pasó con el esposo y él le contó cómo fue el accidente del pie, no hombre se te corrió el lápiz
MARTITA: UN PEQUEÑO DETALLE. TODO LO DEMÁS ME RETROTRAE A UN GRAN LIBRO DE MI BIBLIOTECA MUCHAS VECES RELEÍDA.
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