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Coronas Y Destinos

Coronas Y Destinos

Status: Terminada
Genre:Edad media / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: CrisCastillo

Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.

NovelToon tiene autorización de CrisCastillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

15

El camino descendía en silencio.

No era un sendero oficial, ni siquiera uno olvidado. Era algo intermedio: una herida vieja en la tierra, apenas visible entre la maleza seca y las piedras irregulares. Natalie avanzaba delante, sin vacilar, aunque no recordaba haber estado allí nunca.

Y, sin embargo, algo en su cuerpo sí lo recordaba.

No como un lugar.

Como una decisión.

Lysandro caminaba medio paso detrás de ella, lo bastante cerca para intervenir, lo bastante lejos para no interferir. No hablaba. No hacía preguntas.

Pero Natalie sentía su atención como una presión constante entre los omóplatos.

El caballo de madera seguía en su mano.

Lo había girado tantas veces que ya conocía cada imperfección de su superficie. Las tres marcas en la pata no eran decorativas. Eran precisas. Paralelas. Deliberadas.

Un símbolo.

Una dirección.

O ambas.

El sendero terminó sin aviso.

No en un claro, ni en una ruina visible, sino frente a una pared de roca desnuda, cubierta parcialmente por raíces retorcidas. No había puerta. No había inscripción. Nada que indicara que aquel lugar tuviera significado alguno.

Natalie se detuvo.

Sintió el pulso en la garganta.

—Esto es —dijo.

Lysandro observó la roca.

—No hay entrada.

Natalie no respondió.

Se acercó.

Las raíces descendían desde arriba, entrelazadas como dedos petrificados. Durante un instante, no vio nada. Solo piedra, tierra, tiempo.

Luego lo vio.

Tres marcas.

No talladas profundamente. Apenas rasguños en la superficie. Tan sutiles que habrían pasado desapercibidas para cualquiera que no supiera qué buscar.

Tres líneas paralelas.

El mismo símbolo.

El mismo que el caballo.

Natalie alzó la mano.

Dudó.

No por miedo.

Por comprensión.

Esto no era un refugio improvisado.

Era un lugar preparado.

Para ella.

Apoyó los dedos sobre las marcas.

La roca estaba fría.

Nada ocurrió.

Exhaló lentamente.

Y empujó.

Al principio, la piedra no cedió. Luego, con un sonido profundo y antiguo, algo cambió. No un movimiento brusco, sino un desplazamiento gradual, como si el lugar mismo despertara de un sueño largo.

Una grieta apareció.

Oscura.

Estrecha.

Suficiente.

Natalie no miró a Lysandro.

Entró.

El aire del interior era distinto. Más frío. Más seco. Inmóvil.

No olía a abandono.

Olía a preservación.

El pasaje descendía suavemente, tallado directamente en la roca. No había antorchas, pero la luz del exterior se filtraba lo suficiente para revelar las formas básicas.

No era un túnel improvisado.

Era un santuario.

Lo supo antes de ver la cámara principal.

Lo sintió en el silencio.

Un silencio que no era vacío, sino intención.

Cuando el pasaje se abrió, Natalie se detuvo.

La cámara era pequeña. Circular. La piedra de las paredes estaba alisada, no pulida, pero tratada con cuidado.

En el centro, había una mesa de piedra.

Y sobre ella, un objeto.

Envuelto en tela oscura.

Natalie se acercó despacio.

Cada paso era consciente.

Cada respiración, medida.

No estaba segura de qué temía encontrar.

Ni de qué temía no encontrar.

Se detuvo frente a la mesa.

La tela estaba intacta. Sin polvo. Sin signos de haber sido perturbada.

Extendió la mano.

La retiró.

—Esto no es reciente —dijo Lysandro en voz baja—. Lleva aquí mucho tiempo.

Natalie asintió.

—Sí.

Pero eso no era lo importante.

Lo importante era que había sido dejado.

Para ella.

Tomó la tela.

La levantó.

Debajo había una caja.

De madera oscura. Sin adornos. Sin cerradura visible.

Solo tres pequeñas marcas en la superficie.

Tres líneas paralelas.

Natalie sintió que el mundo se estrechaba.

Apoyó la mano sobre la caja.

Calma.

Fría.

Esperando.

—¿Sabéis lo que es? —preguntó Lysandro.

Natalie no respondió de inmediato.

Porque la verdad era más profunda que una respuesta simple.

No sabía qué era.

Pero sabía lo que significaba.

Su padre había estado allí.

Había dejado algo atrás.

Algo que no podía confiar al palacio.

Ni al consejo.

Ni a nadie.

Solo a ella.

Natalie abrió la caja.

Dentro, no había joyas.

Ni corona.

Ni símbolo de poder visible.

Había tres cosas.

Un anillo.

Un sello real, pero más antiguo que el que había visto toda su vida.

Un mapa.

Y una carta.

No sellada.

Su nombre estaba escrito en el exterior.

Natalie.

No "mi hija".

No "princesa".

Solo su nombre.

Su mano tembló ligeramente cuando la tomó.

No de miedo.

De reconocimiento.

Había llegado al lugar donde su padre había dejado de ser rey.

Y había empezado a ser algo más peligroso.

Un hombre que sabía que iba a morir.

Lysandro no habló.

No preguntó.

Natalie abrió la carta.

Reconoció la letra de inmediato.

Firme.

Precisa.

Familiar.

No leyó en voz alta.

Pero el silencio entre ellos cambió.

Porque cada palabra era una confirmación.

Esto no era una reacción.

Era una sucesión.

No de trono.

De conocimiento.

Cuando terminó, no levantó la vista de inmediato.

Respiró una vez.

Luego otra.

Finalmente, habló.

—No ocultó al heredero para protegerlo del reino —dijo.

Levantó los ojos hacia Lysandro.

—Lo ocultó para proteger el reino del heredero.

El silencio que siguió fue absoluto.

El mapa seguía en la caja.

El anillo también.

Tres objetos.

Tres verdades.

Y Natalie comprendió, en ese instante, que encontrar al niño no sería el final.

Sería el principio.

El silencio no significaba paz.

Natalie lo comprendió en el instante en que la puerta se cerró tras ellos.

El sonido fue suave, casi respetuoso. Pero lo que dejaba atrás no lo era.

El mundo seguía moviéndose. Intrigas. Decisiones. Traiciones.

Y ella estaba en el centro de todo.

La habitación era una antigua cámara privada, una que había pertenecido a su padre. Nadie la había reclamado desde su muerte. El aire conservaba ese olor tenue a madera envejecida y ceniza, como si el tiempo se hubiera detenido allí, negándose a aceptar que el rey Alaric ya no respiraba.

Natalie permaneció inmóvil en el centro.

Lysandro estaba a su derecha. Bastian, a su izquierda.

Ninguno hablaba.

Pero ella sentía sus miradas.

No eran iguales.

La de Lysandro ardía. Era intensa, inquieta, cargada de algo que nunca terminaba de decirse por completo.

La de Bastian, en cambio, era firme. Estable. Como una promesa que no necesitaba palabras.

Ambos esperaban.

No órdenes.

No permiso.

Esperaban verla decidir quién sería.

Natalie cerró los ojos por un instante.

Recordó a su padre.

Recordó sus manos, grandes y cálidas, sosteniendo las suyas cuando era niña.

“Un día, todos intentarán decidir por ti”, le había dicho.

“Ese día, tendrás que recordar quién eres. No lo que esperan. No lo que temen. Quién eres.”

Abrió los ojos.

—Van a intentar arrebatarme el trono —dijo finalmente.

No era una pregunta.

Era un hecho.

Lysandro fue el primero en responder.

—Ya lo están intentando.

Su voz era baja, peligrosa.

—Hay nobles reuniéndose esta misma noche. Hombres que juraron lealtad a tu padre… y que ahora buscan cualquier excusa para negártela a ti.

Natalie sintió el golpe de esas palabras, pero no apartó la mirada.

—¿Y el heredero?

Bastian habló entonces.

—No existe.

El silencio se tensó.

—No oficialmente —añadió.

Natalie lo miró.

—Pero…

Bastian dudó. Fue apenas un instante. Pero ella lo vio.

—Hay rumores.

El aire se volvió más frío.

—¿Qué tipo de rumores?

Fue Lysandro quien respondió esta vez.

—Que el rey Alaric tuvo otro hijo.

Las palabras cayeron como una piedra en agua quieta.

Natalie sintió algo quebrarse dentro de ella.

—Eso es imposible.

Pero incluso mientras lo decía, la certeza no era completa.

Su padre había sido un hombre de secretos.

Un hombre de deber.

Un hombre que cargaba con el peso del reino incluso en su silencio.

—No hay pruebas —dijo Bastian con rapidez—. Solo susurros. Nada que pueda sostenerse ante el consejo.

Lysandro lo miró.

—No necesitan pruebas. Solo necesitan duda.

Y tenía razón.

La duda era suficiente.

La duda debilitaba.

La duda dividía.

La duda destruía.

Natalie caminó lentamente hacia la ventana.

La noche cubría el reino como un manto oscuro.

Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos.

Su pueblo.

Su responsabilidad.

Su herencia.

Sintió algo nuevo dentro de ella.

No miedo.

No exactamente.

Era más frío.

Más claro.

Más fuerte.

Determinación.

—Entonces vendrán por mí.

—Sí —dijo Lysandro.

—Sí —dijo Bastian.

Ella asintió.

No tembló.

No dudó.

Se giró hacia ellos.

—Que vengan.

Sus palabras no fueron un desafío.

Fueron una promesa.

El silencio que siguió fue distinto.

Más denso.

Más íntimo.

Lysandro dio un paso hacia ella.

—Natalie…

Su nombre en sus labios era peligroso.

Demasiado suave.

Demasiado humano.

—Esto cambiará todo.

Ella lo sabía.

Ya lo había hecho.

Bastian también se acercó.

No invadió su espacio.

Pero estuvo cerca.

Lo suficiente para que ella sintiera su presencia como un ancla.

Como un refugio.

Como una elección.

—No estarás sola —dijo.

No era una frase vacía.

Era un juramento.

Natalie los miró a ambos.

Dos hombres.

Dos fuerzas.

Dos destinos entrelazados con el suyo.

Lysandro, con su oscuridad, su fuego, su lealtad peligrosa.

Bastian, con su honor, su devoción silenciosa, su amor sin condiciones.

Y ella…

Ella era el centro de la tormenta.

Pero por primera vez, no se sentía arrastrada por ella.

Se sentía… firme.

Extendió lentamente las manos.

No pensó.

No dudó.

Solo actuó.

Sus dedos encontraron los de Lysandro.

Luego los de Bastian.

El contacto fue eléctrico.

Real.

Irreversible.

—No voy a huir —dijo.

Sus voces respondieron al mismo tiempo.

—Lo sabemos.

Y en ese instante, algo cambió.

No en el reino.

No aún.

Pero entre ellos.

Algo que no podía deshacerse.

Algo que no podía negarse.

Fuera, en la oscuridad, el juego por el trono ya había comenzado.

Pero dentro de esa habitación, el verdadero poder acababa de nacer.

Y nadie estaba preparado para lo que Natalie se convertiría.

1
Anonymus
jummm aquí la traducción fallo y la ilusión de la creatividad murió, bye
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