TEMPORADA 3 Y FINAL DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 24
—AL DÍA SIGUIENTE—
Las doncellas me ayudaron a arreglarme para la fiesta de té.
El vestido…
era imponente.
Un rojo profundo y elegante envolvía mi cuerpo, con una falda amplia que se abría para revelar una capa interior color marfil, finamente bordada.
El corsé, aunque estructurado, no oprimía… se adaptaba a mi vientre prominente, realzándolo en lugar de ocultarlo.
Los bordados dorados ascendían como hilos de luz hasta el pecho, donde una joya central capturaba la mirada.
Los hombros descubiertos y las mangas largas, translúcidas, suavizaban la silueta.
En el cuello, delicados bordados en rojo y oro enmarcaban mi figura con un aire noble.
Desde la cintura caían finas cadenas doradas que descansaban sobre mi vientre, destacándolo con una elegancia imposible de ignorar.
Las doncellas me miraban con ternura.
Pero no era a mí…
Era a mi vientre.
Al futuro heredero del ducado vampírico.
Respeto.
Expectativa.
Tomé la horquilla de cerezo entre mis manos.
La de madera oscura.
La de flores que parecían vivas.
La que… Cien Lu me había dado.
Por un instante, dudé.
Quería usarla.
Más de lo que debería.
Pero antes de que pudiera colocármela—
—Mi señora… esa horquilla no es apropiada para el conjunto —dijo una de las doncellas.
—No combina con el vestido ni con las joyas —añadió otra.
Negaron con firmeza.
Sin dejar espacio a discusión.
Suspiré.
Tenían razón.
No encajaba.
No con ese vestido.
No con ese momento.
Aun así…
mis dedos se aferraron un segundo más a la horquilla.
Como si dejarla…
fuera más difícil de lo que debería.
Como si…
algo dentro de mí supiera que no debía hacerlo.
Finalmente, la dejé junto a los demás accesorios.
Con cuidado.
Pero con una leve… incomodidad que no supe explicar.
Las doncellas terminaron de arreglarme.
Acomodaron cada pliegue.
Cada detalle.
Cada joya.
Hasta que no hubo imperfecciones.
Cuando me vi en el espejo…
me quedé en silencio.
No por el vestido.
No por la elegancia.
Sino por lo que veía más allá de eso.
Mi mano se posó lentamente sobre mi vientre.
—Pronto…
murmuré apenas.
Ya quiero tenerte en mis brazos…
mi niño.
.
.
.
Salí del ducado poco después.
El carruaje ya me esperaba.
Las puertas se abrieron.
Subí con cuidado.
El trayecto comenzó.
Las ruedas avanzaban con suavidad sobre el camino.
Pero dentro de mí…
todo estaba lejos de ser tranquilo.
Mientras el carruaje se alejaba…
una sensación extraña me recorrió.
Breve.
Sutil.
Pero inquietante.
Como si…
hubiera dejado algo importante atrás.
Algo que no debía quedarse.
Y, por alguna razón…
mi mano se posó instintivamente sobre mi cabello.
Vacío.
Sin la horquilla.
Mi corazón dio un latido más fuerte.
Seco.
Desacompasado.
Inquietante.
Por un instante…
estuve a punto de ordenar que el carruaje se detuviera.
De regresar.
De recuperarla.
Pero no lo hice.
Así que el carruaje siguió avanzando.
Y yo…
también.
Directo al palacio imperial.
.
.
.
—PALACIO IMPERIAL—
El carruaje se detuvo lentamente.
El sonido de las ruedas cesó…
y con él…
una extraña presión en mi pecho.
Las puertas se abrieron.
Un sirviente extendió la mano.
La tomé.
Con cuidado.
Mi vientre pesaba más de lo normal.
O…
tal vez no era solo eso.
El palacio imperial se alzaba frente a mí.
Majestuoso.
Imponente.
......................
Las puertas del salón se abrieron.
Risas.
Conversaciones.
El sonido delicado de la porcelana.
Todo parecía… normal.
Las miradas se posaron sobre mí.
Vampiras nobles.
Sonrisas elegantes.
Educadas.
Vacías.
—La duquesa…
—El heredero…
—Qué momento tan conveniente…
Susurros.
Bajos.
Afilados.
Avancé.
Paso a paso.
Lento.
Controlado.
Y entonces la vi.
En lo alto.
Elevada.
Observando.
La emperatriz.
Sus ojos…
no estaban en mi rostro.
Ni en mi vestido.
Estaban en mi vientre.
Y entonces…
sonrió.
—Bienvenida… duquesa —su voz resonó en todo el salón—. Estábamos esperándote.
Tomé asiento.
Una sirvienta sirvió el té.
Las nobles comenzaron a conversar entre ellas.
Hablaban de un intruso.
Un hombre no vampiro.
Alguien que aún no habían logrado encontrar.
No me interesó.
Porque ya me estaban ignorando.
Una humillación elegante.
Silenciosa.
Calculada.
Miré el té.
Los panecillos.
Mi antojo apareció.
Fuerte.
Incontrolable.
Dudé un segundo.
Pero luego pensé…
Ya que debo soportar esto…
al menos comeré algo.
Tomé la taza.
El sabor… era exquisito.
Suave.
Perfecto.
Suspiré.
Pensé en Cassian.
Cuando regrese… le pediré que consiga este té.
Pero entonces—
mis dedos fallaron.
La taza cayó.
Se hizo añicos.
Mi visión se nubló.
Mi cuerpo… dejó de responder.
Un dolor.
Brutal.
Repentino.
En mi vientre.
—AH…!
Me levanté de golpe.
Sosteniéndome.
Temblando.
Las miré.
A todas.
Y lo entendí.
Sus rostros…
ya no fingían.
Eran… monstruosos.
Temí.
No por mí.
Por mi hijo.
Intenté avanzar.
Escapar...
antes de que el veneno se propagara completamente.
Pero—
—¡Atrapen a esa zorra! —ordenó la emperatriz.
Una cadena se lanzó hacia mí.
Se enredó en mi cuello.
Me jaló con violencia.
El aire desaparecía.
Caí.
Intenté liberarme…
pero el veneno…
no era normal.
La cadena…
absorbía mi energía espiritual.
Dos vampiras se lanzaron sobre mí.
Golpes.
Patadas.
Sin piedad.
Protegí mi vientre con todo mi cuerpo.
Cada golpe…
lo desvié como pude.
La emperatriz se acercó.
Lenta.
Disfrutando.
—Hoy morirás —dijo—. Serás el ejemplo de lo que le pasa a una zorra roba-maridos.
Su pie impactó mi rostro.
Todo giró.
—No sé de qué habla… —murmuré con dificultad—. ¿Cuándo le quité al emperador?
—¡No te hagas la estúpida! —gritó—. Encontré tus retratos en sus aposentos.
Otro golpe.
Más risas.
Más voces.
—¿Qué hacemos con el bastardo?
—¿Lo sacamos antes… o después?
—Tal vez deberíamos jugar un poco…
Apreté los puños.
La rabia ardió.
Intenté invocar mi espada.
Nada.
Sin energía…
no podía.
Entonces grité.
Con todas las fuerzas que me quedaban.
—¡No dejaré que toquen a mi hijo!
Y en mi mente…
terminé la promesa.
Aunque tenga que quemar mi propia vida.
La emperatriz levantó una espada.
En dirección a mi corazón.
Y entonces—
BOOM.
Las puertas explotaron.
Se hicieron pedazos.
Todas se giraron.
Un silencio cayó.
Pesado.
Absoluto.
Entró el emperador vampiro.
Vladir Noctharys.
—Su majes—
La emperatriz no terminó la frase.
Porque él ya no la estaba mirando.
Sus ojos…
se fijaron en Aelina.
En el suelo.
Herida.
Sangrando.
Protegiendo su vientre.
Y entonces…