Quinn Akerman tenía una vida cuidadosamente planeada… hasta que el destino decidió estrellarla contra el suelo a diez mil metros de altura. La muerte de sus padres en un accidente de avión no solo la dejó con un duelo imposible de procesar, sino también con una empresa familiar al borde de la quiebra y una hermanita pequeña, Lily, luchando contra la leucemia.
Acorralada por deudas, abogados y médicos que no aceptan promesas como forma de pago, Quinn se ve obligada a aceptar un acuerdo tan frío como cruel: casarse con uno de los gemelos Benedetti, herederos de un imperio empresarial que alguna vez fue socio de su padre.
El problema no es el matrimonio. El problema es que se casa con el gemelo equivocado.
Eitan Benedetti es serio, mordaz, aparentemente incapaz de sentir algo que no sea control. Eiden Benedetti, en cambio, es carismático, provocador y peligrosamente encantador. Dos rostros idénticos, dos almas opuestas… y una verdad que amenaza con destruirlos a todos.
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Capítulo 4
El teléfono sonó a las seis de la mañana.
Nunca trae buenas noticias a esa hora.
—Señorita Akerman —dijo la voz—. Necesitamos que venga al hospital. Es sobre Lily.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
No recuerdo cómo llegué. Solo recuerdo la sala blanca, el olor a desinfectante y mis manos temblando sin control.
Eitan estaba ahí. No sé en qué momento llegó. Solo sé que no se fue.
—El trasplante se ha complicado —explicó el médico—. Su cuerpo está rechazando la médula.
—No… —susurré—. No puede ser.
El mundo se rompió.
—Necesitamos un donante compatible con urgencia —continuó—. De lo contrario…
No terminó la frase.
No hizo falta.
Me derrumbé. Literalmente. Eitan me sostuvo antes de que cayera.
—No la voy a perder —repetía—. No después de todo.
Lloré como no lo había hecho desde el funeral de mis padres.
—Vamos a encontrar una solución —dijo él, firme—. Te lo prometo.
—¿Cómo? —sollozé—. ¿Cómo, Eitan?
No respondió. Solo me abrazó.
Y en ese momento entendí algo que me aterrorizó más que cualquier diagnóstico:
Confié en él.
Me aferré a su pecho como si fuera lo único que me mantenía en pie.
Y por primera vez desde que comenzó esta pesadilla…
Necesité que fuera él quien me abrazara en este preciso momento... Que me hiciera recordar que no estaba sola y que en sus brazos podía estar a salvo.
El hospital tenía un sonido propio.
No eran solo los pitidos de las máquinas ni las voces apagadas de los médicos. Era ese murmullo constante de esperanza y desesperación mezcladas, como si el lugar respirara miedo.
Lily llevaba dos días inconsciente.
Dos días en los que no me había separado de su cama más de unos minutos. Dos días en los que su mano pequeña parecía cada vez más ligera dentro de la mía.
—Vamos a encontrar un donante —me repetía—. Vamos a hacerlo.
Pero repetirlo no lo hacía real.
El médico fue claro. Brutalmente claro.
—Necesitamos un donante compatible en el menor tiempo posible. La médula anterior no está funcionando. Su cuerpo está rechazándolo todo.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —pregunté, con la voz quebrada.
El silencio fue la respuesta.
Eitan se movía por el hospital como si estuviera en una misión. Llamadas. Reuniones privadas. Nombres que no conocía. Contactos que sonaban a gente importante e imponentes.
—Estamos revisando bancos de donantes —me dijo—. Internacionales también.
—¿Y la familia? —pregunté—. ¿Alguien…?
Negué antes de terminar la frase.
Nuestros padres estaban muertos. Yo no era compatible. Ya lo sabíamos.
—Vamos a hacer pruebas a todo el que sea necesario —respondió—. No voy a permitir que se rinda nadie.
Su voz era firme. Demasiado firme.
Eso me dio un poco de miedo.
Porque cuando Eitan se volvía así, significaba que estaba ocultando algo.
Las horas pasaban lento. Demasiado lento.
En la sala de espera vi a personas abrazarse, llorar, reír. Vidas avanzando mientras la mía estaba suspendida.
—Señora Akerman —me llamó una enfermera—. Necesitamos otra muestra de sangre.
Asentí. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces me habían pinchado.
Mientras lo hacían, escuché a Eitan discutir con alguien por teléfono, en voz baja pero tensa.
—No me importa el costo… no, no estoy negociando… consíguelo.
Cuando colgó, me miró como si no quisiera que yo hubiera escuchado nada.
—¿Pasa algo? —pregunté.
—Todo —respondió—. Pero lo estoy manejando.
Esa noche, un nuevo médico se acercó.
—Hemos encontrado un posible donante compatible —dijo.
Sentí que el corazón me saltaba al pecho.
—¿Quién? —pregunté—. ¿Dónde está?
El médico dudó.
—Aún estamos confirmando los resultados. Pero es alguien… cercano.
Miré a Eitan.
Él no me miró a mí.
—¿Cercano cómo? —insistí.
—Biológicamente —respondió el médico—. Muy cercano.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—¿Está diciendo…?
—Aún no es seguro —interrumpió—. Necesitamos más pruebas.
Eitan apretó los puños.
—Hágalo —ordenó—. Todas las pruebas que sean necesarias.
El médico asintió y se fue.
Me giré hacia él.
—¿Qué no me estás diciendo?
—Nada que no necesites saber todavía.
—Eitan…
—Confía en mí —dijo—. Solo esta vez.
Y lo odié.
Porque una parte de mí quería hacerlo. Una parte de mí quería confiar en él, porque a pesar de todo estaba aquí... Ayudándome
Heyyyy, chicxs, ¿cómo les va?. Espero que muy bien, les agradezco por seguir aquí leyendo esta historia que la he hecho con mucho amor para usted. Gracias por todo, espero que dejen su voto y comenten, para seguir escribiendo más historias como está o... Tal vez otras con fantasías o ficción, usted me recomiendan que les gustaría que escribiera.
Cómo mucho cariño Hash_BL, las amxs mucho. ❤️