Me desperté aturdida en un lugar desconocído y después de una serie de acontecimientos me di cuenta que habia reencarnado en una novela, pero mi personaje no existia
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capitulo 15
AURELIAN
¿Acaso era ella?
No.
Era imposible.
Amara estaba desaparecida.
Sin rastros.
Sin pistas.
Sin nada.
Y, aun así…
Esa risa.
Ese tono.
Ese maldito tono que se me había grabado en la memoria.
Mi corazón latía con fuerza.
—¿Mi señor? —susurró Marcos a mi lado—. Su pulso está acelerado.
Lo miré.
—La princesa…
—¿Qué ocurre con ella?
Dudé.
Por primera vez en mucho tiempo…
No tenía el control.
—Me citó.
Marcos se tensó.
—Eso es peligroso.
—Lo sé.
Miré hacia donde ella estaba.
De pie junto a los reyes de Eryndor.
Cubierta completamente.
Intocable.
Inalcanzable.
Pero yo sabía…
Sabía que debajo de esas telas…
Había alguien que conocía.
O alguien que quería que yo creyera eso.
—Dijo que llevara a Mateo.
Marcos frunció el ceño.
—Eso es aún peor.
Sí.
Lo era.
Porque eso solo significaba dos cosas.
O era una trampa.
O era Amara.
Y no sabía cuál de las dos opciones era más peligrosa.
Las horas pasaron lentas.
Cada conversación era ruido.
Cada risa era falsa.
Cada sonrisa era veneno.
El rey celebraba.
Bebía.
Reía.
Como si no fuera responsable de miles de muertes.
Como si no fuera responsable de mi vida.
De mi dolor.
De mi hermano.
Apreté la copa.
Quería matarlo.
Aquí.
Ahora.
Pero no podía.
Aún no.
—Aurelian.
Bajé la mirada.
Mateo.
Estaba a mi lado.
Vestido con ropas nobles.
Elegante.
Fuerte.
Frío.
—¿Qué ocurre?
Lo miré.
Dudé.
Pero no podía mentirle.
No a él.
—La princesa de Eryndor quiere vernos.
Silencio.
—A los dos.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Mentira.
Tal vez sí lo sabía.
Tal vez siempre lo supe.
Mateo no preguntó más.
Solo asintió.
—Entonces iremos.
Como un Draconis.
El jardín estaba vacío.
La luna iluminaba el mármol blanco.
El aire era frío.
Silencioso.
Peligroso.
Llegamos a las doce.
Puntuales.
Como nos enseñaron.
Como nos entrenaron.
Esperamos.
Un minuto.
Dos.
Cinco.
Y entonces…
Pasos.
Suaves.
Elegantes.
Familiares.
Ella salió de las sombras.
Cubierta.
Silenciosa.
Nos miró.
Primero a mí.
Luego a Mateo.
Y entonces…
Se quitó el velo.
El mundo se detuvo.
Mateo dejó de respirar.
Yo olvidé cómo hacerlo.
—Hola…
Esa sonrisa.
Esos ojos.
Esa mujer.
—Aurelian, bebe
Amara.
AMARA
Miré a Mateo.
Y mi mundo se rompió.
Había crecido.
Mucho.
Demasiado.
Su rostro seguía siendo el de mi niño…
Pero sus ojos…
Sus ojos ya no eran los de un niño.
Eran los de alguien que había aprendido a vivir con dolor.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
No tenía derecho.
No después de irme.
No después de romper mi promesa.
Aun así…
Di un paso.
—Mateo…
Mi voz se quebró.
Él se quedó congelado.
Como si tuviera miedo de que fuera una ilusión.
Como si temiera que desapareciera otra vez.
—Lo siento… —susurré—. Lo siento mucho, mi bebé…
Mis manos temblaban.
—Te extrañé…
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Y entonces corrió.
—¡MAMÁ!
Se lanzó contra mí.
Con fuerza.
Con desesperación.
Se aferró a mi ropa como si su vida dependiera de ello.
Y empezó a llorar.
No como un noble.
Como un niño.
Mi niño.
Lo abracé.
Fuerte.
Protector.
Enterré mi rostro en su cabello.
—Perdóname…
Sus pequeñas manos se aferraban a mí.
Como esa primera vez.
Como si temiera que volviera a irme.
No lo detuve.
No detuve sus lágrimas.
Porque las merecía.
Porque yo las había causado.
—Te odio… —murmuró entre sollozos—. Te odio…
Sonreí entre lágrimas.
—Lo sé…
Acaricié su cabeza.
—Pero sigues siendo mi bebé.
Se aferró más fuerte.
Y supe…
Que me había perdonado.
Aunque dijera que no.
Entonces levanté la mirada.
Y lo vi.
Aurelian.
De pie.
Quieto.
Observándonos.
Sus ojos…
Sus ojos decían todo lo que su orgullo no le permitía decir.
Culpa.
Dolor.
Alivio.
Enojo.
Incliné la cabeza.
—Gracias…
Mi voz fue suave.
Sincera.
—Por cuidarlo.
Él no respondió.
Solo me miró.
Así que continué.
—Y lo siento…
Tragué saliva.
—Por irme sin avisar.
Mis dedos se aferraron a Mateo.
—Sabía que no me dejarías ir…
Lo conocía.
Sabía que la habría detenido.
Sabía que habría elegido el camino difícil.
Por eso elegí el imposible.
Lo miré a los ojos.
—Tenía que hacerlo.
El silencio entre nosotros era peligroso.
Porque había demasiadas cosas que decir.
Y ninguna forma fácil de decirlas.
Mateo seguía aferrado a mí.
Como si fuera su ancla.
Como si yo fuera su hogar.
Y tal vez…
Tal vez siempre lo sería.
Pero ahora…
Ya nada era igual.
Porque yo ya no era solo Amara.
Era la princesa de Eryndor.
Y eso…
Lo cambiaba todo.
pensó que podría pero ya demostró Aurelian su potencial y que Amara no es una muñeca de decoración allá gobernará como igual a Aurelian no será una muñeca de adorno