Sin spoiled
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Capitulo 15
El poder no se estabiliza con la fuerza; se estabiliza con el espectáculo. Para el mundo exterior, la muerte de Maximilian Vesper-Zandrón era el fin de una era, pero para los mercados, era una incertidumbre insoportable. Necesitaban una narrativa de continuidad, una imagen de estabilidad que solo el apellido Vesper-Zandrón podía dar. Y yo, el hombre que habitaba el cadáver de Julian Vane, necesitaba a Araxie bajo mi techo para poder usar el interruptor "Terminus" o, al menos, para que Manuel no la usara a ella como un ariete contra mi nuevo imperio.
Emití el comunicado oficial al mediodía: “En honor a la voluntad final de mi mentor y padre, y ante la fragilidad de la vida, Araxie Vesper-Zandrón y un servidor contraeremos nupcias en una ceremonia privada en la capilla de La Atalaya, seguida del funeral de Estado”.
Era una "Boda Fúnebre". Un evento macabro que solo la élite más retorcida podía digerir. Sabía que Araxie no podría resistirse. No vendría por amor, ni por el apellido; vendría para reclamar el trono que yo le había arrebatado. Y vendría con Manuel.
La capilla de la mansión olía a incienso y a flores muertas. El ataúd de roble negro de Maximilian presidía el altar, cerrado y frío, mientras los bancos se llenaban de hombres con trajes que valían fortunas y mujeres con velos que ocultaban sonrisas de hiena. Valerius estaba allí, en la primera fila, observándome con la mirada de quien espera que el escenario se derrumbe.
Yo estaba en el altar, vestido con un esmoquin negro riguroso. Mis manos, ocultas tras la espalda, jugueteaban con un pequeño dispositivo táctil conectado directamente a La Médula.
—¿Crees que vendrá? —susurró Valerius cuando pasé por su lado para ocupar mi posición.
—Las polillas siempre vuelven a la llama, Inspector —respondí sin mirarlo.
Entonces, las puertas pesadas de la capilla se abrieron.
No hubo música nupcial. Solo el eco de unos tacones sobre el mármol. Araxie entró caminando con una elegancia que desafiaba el hecho de que, según el sistema, ella era una intrusa. Llevaba un vestido de encaje negro, un velo que le cubría la mitad del rostro y una expresión de triunfo que me heló la sangre.
A su lado, vestido con un traje de chófer que no lograba ocultar su tosquedad, caminaba Don Manuel. Sus ojos recorrieron la capilla con el hambre de un lobo que ha entrado en un redil de ovejas de oro. Manuel no estaba allí para escoltarla; estaba allí para marcar el territorio.
Araxie llegó al altar y se colocó frente a mí. A través del velo, sus ojos brillaban con una intensidad eléctrica. Literalmente. Pude ver pequeños destellos azules en sus pupilas, el signo de que se había conectado a algún nodo externo de La Médula en los muelles.
—Te ves pálido, Julian —susurró ella, su voz vibrando con una frecuencia que hizo que el sistema en mi bolsillo emitiera un pitido de advertencia—. ¿Es el peso de la corona o el remordimiento de la tumba?
—Es la impaciencia, Araxie —respondí, tomando su mano. Estaba fría como el hielo, una temperatura que ningún ser humano debería tener—. Terminemos con este teatro.
El sacerdote, un hombre que parecía más asustado por los vivos que por el muerto en el ataúd, comenzó la ceremonia. Fue una letanía de palabras vacías sobre la unión y el legado. Mientras hablaba, sentí que la red a mi alrededor empezaba a agitarse. Araxie no estaba allí para casarse; estaba usándome como un puente físico. Al tocar mi mano, estaba saltando mis cortafuegos.
—Julian Vane, ¿aceptas a esta mujer...?
—La acepto —dije, mientras activaba el protocolo de rastreo en mi dispositivo.
—Araxie Vesper-Zandrón, ¿aceptas a este hombre...?
—Acepto su destino —respondió ella, y en ese momento, las luces de la capilla parpadearon.
Manuel se movió hacia un lado, colocando su mano en el interior de su chaqueta. Mis hombres de seguridad, infiltrados entre los invitados, tensaron los músculos. La tensión era una cuerda de violín a punto de romperse sobre el cuello de todos los presentes.
—Ya estoy dentro, Julian —me dijo ella al oído mientras nos inclinábamos para el beso fingido—. Manuel tiene a cincuenta hombres en los túneles de servicio. En cuanto firme el registro, La Médula reconocerá mi firma biológica reforzada y tú volverás al barro del que te saqué.
—Te olvidas de una cosa, "Sujeto 0" —le susurré de vuelta, sintiendo cómo el dispositivo en mi mano vibraba—. Tu padre no te creó para ser la dueña. Te creó para ser el motor. Y los motores tienen un interruptor de apagado.
Araxie se separó bruscamente, sus ojos desorbitados. Intentó soltar mi mano, pero la sujeté con una fuerza de hierro. En la pantalla de mi dispositivo, el protocolo "Terminus" estaba al 90%.
—¡Manuel! —gritó ella.
Todo estalló. Manuel sacó una ráfaga corta y disparó al techo, provocando el pánico masivo. Los invitados se lanzaron al suelo. Valerius sacó su arma, pero los hombres de Manuel ya habían irrumpido por las puertas laterales. La capilla se convirtió en un campo de batalla de seda y pólvora.
—¡Suéltala, Elías! —rugió Manuel, apuntándome a la cabeza—. ¡Esa chica es mi billete de salida de los muelles y tú eres un cadáver que se olvidó de caerse!
—¡Hazlo, Julian! —gritó Araxie, su rostro contorsionándose mientras la red neuronal dentro de ella empezaba a luchar contra mi virus—. ¡Si me apagas, la red colapsará! ¡Toda la ciudad se quedará a oscuras! ¡Miles morirán!
Miré a Araxie. Vi la belleza artificial, la ambición desesperada y, por un segundo, la tristeza de una criatura que nunca pidió nacer en un laboratorio. Luego miré a Manuel, el hombre que representaba todo lo que yo odiaba de mi pasado.
El progreso de Terminus llegó al 100%.
—Lo siento —dije.
No pulsé el botón de apagado total. En lugar de eso, ejecuté una maniobra que había estado calculando desde que vi el video de Maximilian: "Derivación de Carga".
No apagué a Araxie. Usé su conexión con La Médula para sobrecargar las armas electrónicas de los hombres de Manuel y bloquear todas las salidas de la mansión. La energía de la red fluyó a través de ella como un rayo, haciéndola gritar mientras las luces de la capilla estallaban en una lluvia de cristales.
Manuel fue lanzado hacia atrás por una descarga estática de los micrófonos del altar. Aproveché el caos, saqué la pistola que llevaba oculta y le disparé dos veces en la pierna. Cayó al suelo, rugiendo de dolor, su traje de chófer manchándose de esa sangre vieja y sucia que tanto conocía.
La red se estabilizó. Araxie se desplomó en mis brazos, inconsciente pero viva. Su corazón latía a una velocidad aterradora, pero seguía latiendo.
Me puse de pie, solo, en medio de la capilla destrozada. Valerius se acercó a mí, con el arma aún levantada, mirando el desastre.
—¿Qué demonios ha sido eso, Vane? —preguntó con la voz temblorosa.
—Una disputa conyugal, Inspector —respondí, limpiándome una gota de sangre de la mejilla—. Asegure a este hombre —señalé a Manuel—. Tiene mucho que contar sobre los crímenes en los muelles. Y asegúrese de que mi esposa sea llevada a la unidad médica de la mansión. Necesita... un reajuste de software.
Valerius me miró con un respeto nacido del terror puro. Había visto a un hombre manipular la realidad misma para salvar su cuello.
Caminé hacia la salida, pasando por delante del ataúd de Maximilian. Le di un golpe suave a la madera con los nudillos.
—Buen truco, viejo —murmuré—. Pero el motor ahora me pertenece a mí, y yo decido cuándo se apaga.
Salí a la terraza. La ciudad seguía allí, brillando bajo el sol de la tarde, ajena a que su nuevo dios acababa de sobrevivir a su propia boda fúnebre. Julian Vane era ahora una leyenda; Elías Solo era una sombra que finalmente había devorado a la luz.
Pero mientras miraba hacia los muelles, supe que la paz sería breve. Había salvado a Araxie, pero la había convertido en mi prisionera y en mi arma. Y en este juego, el amor y el odio son solo dos formas diferentes de la misma corriente eléctrica.