Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 14: Reconstruir desde las ruinas
Después del juicio, el silencio fue distinto.
No era el silencio que precedía al castigo, ni el que obligaba a estar alerta. Era un silencio amplio, extraño, como un espacio que no sabía aún cómo llenarse.
Elian Vaelor despertó esa mañana con el cuerpo pesado. No de dolor. De cansancio profundo. El tipo de cansancio que llega cuando algo que te sostuvo durante años —el miedo— se retira de golpe y deja todo expuesto.
Se quedó mirando el techo un largo rato.
No había gritos.
No había pasos apresurados.
No había órdenes.
Solo la luz suave entrando por la ventana.
Su pecho se apretó.
¿Y ahora qué?
Durante toda su vida había sabido qué hacer: obedecer, resistir, aguantar. Sobrevivir. Pero ahora nadie le pedía eso. Nadie lo empujaba. Nadie lo corregía.
La puerta se abrió con un golpe suave.
—Buenos días —dijo Kael Ardenfell, sin entrar del todo—. ¿Puedo pasar?
La pregunta lo descolocó.
—Sí… —respondió Elian tras un segundo.
Kael entró despacio. No llevaba ropa formal. Tampoco uniforme. Solo una camisa sencilla. En sus manos había una bandeja pequeña.
—El médico dijo que hoy probaríamos algo distinto —explicó—. Desayuno ligero. Y elección.
Dejó la bandeja sobre la mesa baja.
Pan tibio.
Fruta cortada.
Infusión suave.
Elian la miró como si fuera algo frágil.
—No tienes que comer ahora si no quieres —añadió Kael—. Solo… quería que supieras que está ahí.
Elian asintió.
Silencio.
—Anoche —dijo Elian de pronto— soñé que me llamaban por mi nombre… pero no para gritarme.
Kael no respondió de inmediato.
—Eso es nuevo —dijo al final.
Elian apretó los dedos sobre la manta.
—Tengo miedo de que… cuando baje la guardia… todo vuelva.
Kael se sentó en la silla, a distancia.
—Eso no es debilidad —respondió—. Es memoria. El cuerpo tarda más en creer que la mente.
Elian lo miró.
—¿Y si nunca deja de tener miedo?
Kael sostuvo su mirada.
—Entonces aprenderemos a vivir con él sin que te gobierne.
Las palabras no prometían milagros.
Y por eso funcionaron.
Un poco más tarde, Elian logró comer algunos bocados. No todos. Pero tampoco se detuvo por obligación. Cuando dejó el pan, lo hizo porque estaba lleno… no porque temiera.
Ese detalle lo dejó temblando.
—Puedo… —dijo, dudando—. ¿Puedo salir al jardín?
Kael alzó las cejas, sorprendido.
—Claro.
—¿Solo? —añadió Elian rápido—. Si no es un problema.
Kael asintió.
—Habrá guardias lejos. No te observarán.
Elian salió.
El jardín estaba en calma. El mismo donde había hablado por primera vez sin gritos. Caminó despacio, sintiendo el suelo bajo los pies, el aire en los pulmones.
Cuando una sirvienta apareció al fondo del sendero, Elian se tensó.
Ella se detuvo de inmediato, bajó la mirada y se alejó sin decir una palabra.
Elian se quedó inmóvil.
Había esperado una orden.
Un reproche.
Un gesto de desprecio.
No llegó nada.
Se llevó una mano al pecho.
Puedo decir no, pensó.
Y el mundo no se acaba.
Esa tarde, tuvo su primera sesión con el sanador.
No habló mucho. No pudo. Pero cuando el sanador le preguntó si algo le incomodaba, Elian dijo una sola palabra:
—El agua.
Y nadie lo obligó a explicar más.
Esa noche, al regresar a su habitación, encontró algo nuevo.
Una silla junto a la cama.
Una lámpara pequeña.
Un cuaderno en blanco.
Kael estaba en la puerta.
—No es para que escribas si no quieres —dijo—. Es para que tengas un lugar donde poner lo que no cabe todavía.
Elian tragó saliva.
—Gracias.
Cuando Kael se fue, Elian se sentó en la cama.
Tomó el cuaderno.
Lo abrió.
No escribió nada.
Pero tampoco lo cerró de inmediato.
Y eso, aunque parezca pequeño, fue enorme.
Porque por primera vez, Elian no estaba sobreviviendo el día.
Lo estaba habitando.