Ariel murió… y despertó como un omega condenado.
Un “villano” acusado de traición y asesinato, aunque no recuerda nada.
Su destino: un matrimonio con un alfa violento… una sentencia de muerte.
Hasta que aparece Kael, un delta temido que lo protege…
como si ya lo hubiera perdido antes.
Porque en cada vida…
Kael lo ha estado buscando.
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CAPÍTULO 15 – CUANDO EL CUERPO HABLA DE AMOR
El cuerpo de Ariel comenzó a cambiar de formas sutiles.
Casi imperceptibles.
Para cualquiera… menos para Kael.
Él lo notaba todo.
Cómo Ariel caminaba un poco más lento por las mañanas.
Cómo se detenía a respirar antes de subir cualquier pendiente.
Cómo sus manos buscaban su vientre cuando el mundo se volvía demasiado ruidoso.
Ariel, en cambio, aún se estaba adaptando.
—No entiendo cómo puedo estar tan cansado sin hacer nada —se quejó una mañana, sentado sobre una manta, con el ceño fruncido.
Kael le alcanzó un cuenco con fruta.
—Estás haciendo algo muy importante —respondió—. Solo que ocurre por dentro.
Ariel suspiró.
—Nunca fui bueno quedándome quieto.
—Yo tampoco —admitió Kael—. Pero míranos ahora.
Ariel alzó la vista.
Kael estaba arrodillado frente a él, ofreciéndole comida como si fuera lo más natural del mundo.
Sin superioridad.
Sin obligación.
Solo cuidado.
Y eso…
eso seguía siendo nuevo.
Más tarde ese mismo día, Ariel se detuvo frente a la mesa improvisada.
Una pequeña flor silvestre descansaba allí.
Simple.
Frágil.
Hermosa.
—¿La pusiste tú? —preguntó.
—Sí —respondió Kael, encogiéndose de hombros—. Me pareció bonita.
Ariel la tomó con cuidado.
Como si pudiera romperse.
Como si no fuera real.
Y entonces…
sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Ahora qué hice mal? —preguntó Kael, alarmado.
Ariel negó de inmediato, soltando una risa entrecortada.
—Nada… —susurró—. Es solo que…
Su voz tembló.
—Nunca nadie me había dado algo… sin pedirme algo a cambio.
El silencio se volvió suave.
Kael se acercó despacio.
Lo abrazó.
Sin apuro.
—Entonces lo haré más seguido —dijo—. Hasta que deje de sorprenderte.
Ariel negó contra su pecho.
—No quiero que deje de sorprenderme —susurró—. Quiero sentirlo siempre.
Kael cerró los ojos un instante.
Como si esa respuesta pesara más que cualquier juramento.
Las noches también comenzaron a cambiar.
El deseo seguía allí.
Pero ya no era urgencia.
Era cercanía.
Kael tocaba a Ariel con una reverencia casi sagrada.
Como si cada gesto preguntara en silencio:
¿estás bien?
¿quieres esto?
¿te sientes seguro?
Y Ariel respondía acercándose.
Buscando.
Eligiendo.
Una noche, Ariel se despertó sobresaltado.
—Kael…
El delta reaccionó al instante.
—Aquí estoy.
Ariel respiraba rápido.
—Soñé que me quitaban a nuestro hijo.
Kael lo rodeó con ambos brazos.
Firme.
Presente.
—No sucederá.
Ariel tembló.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Kael apoyó su frente en la suya.
—Porque no permitiré que nadie vuelva a decidir por ti.
Ariel cerró los ojos.
Se aferró a él.
—A veces sigo sintiéndome… roto.
Kael negó con suavidad.
—No estás roto —dijo—. Estás sanando.
Una pausa.
—Y sanar… duele.
A la mañana siguiente, Ariel despertó con hambre.
Mucha hambre.
—Creo que podría comerme un caballo —dijo, completamente serio.
Kael lo observó un segundo.
—Haré lo posible por conseguir algo más pequeño.
Ariel rió.
Y esa risa…
era distinta.
Más ligera.
Más libre.
Como si por fin le perteneciera.
Por la tarde, todo cambió.
Ariel se quedó completamente quieto.
—Kael…
El delta levantó la vista de inmediato.
—¿Qué pasa?
Ariel tomó su mano.
La llevó hacia su vientre.
—Creo que… —susurró—. Creo que se movió.
El tiempo se detuvo.
Kael no se movió.
Ni siquiera respiró.
Esperó.
Y entonces—
Lo sintió.
Un movimiento leve.
Suave.
Pero innegable.
Real.
Los ojos de Kael cambiaron.
Algo en ellos se quebró.
Y se reconstruyó en el mismo instante.
—Hola… —susurró—. Estamos aquí.
Ariel sonrió, con lágrimas cayendo sin contención.
—Te reconoce —dijo—. Siempre se calma contigo.
Kael inclinó la cabeza.
Apoyó la frente contra su vientre.
Con una devoción que no necesitaba palabras.
—Te protegeré —susurró—. A ti… y a tu padre.
Ariel cerró los ojos.
Sosteniendo ese momento.
Memorizándolo.
Esa noche, se durmió con una sonrisa.
Una real.
Una que no escondía miedo.
Y Kael, observándolo en silencio, comprendió algo que nunca había entendido del todo:
El amor no siempre llegaba como una tormenta.
No siempre era ruido.
No siempre era fuego.
A veces…
llegaba como esto.
Como un cuerpo cansado que, por fin…
podía descansar.
Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”