Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.
Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.
Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.
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Capítulo 15: La Delgada Línea
La lluvia regresó a la ciudad, un persistente cortinaje gris que golpeaba los cristales de la librería con un ritmo monótono. Era una tarde tranquila, de esas en las que el único sonido era el crepitar de la leña en la chimenea eléctrica y el leve susurro de las páginas al ser pasadas.
Valentina estaba en la sección de literatura, subida a una escalera baja para reorganizar los clásicos. Dante estaba sentado en un sillón de cuero cercano, hojeando un volumen de poesía de Neruda que parecía absurdamente pequeño en sus manos grandes.
Su presencia allí se había vuelto casi habitual en los últimos días. No todos los días, pero sí con una frecuencia que hacía que Sofía arquease las cejas y sonriera con complicidad.
Nunca llegaba con grandes anuncios. Simplemente, aparecía, se instalaba y pasaba horas leyendo en silencio, interrumpido solo por breves intercambios de palabras con Val.
Era una corteja peculiar, silenciosa y persistente, que consistía principalmente en… estar. Existir en su espacio. Y Valentina, para su propio asombro, no solo lo toleraba, sino que comenzaba a esperarlo.
—¿Neruda? —preguntó ella desde lo alto de la escalera, intentando alcanzar un ejemplar de Moby Dick—. No lo veo como un hombre de versos.
Él alzó la mirada del libro. Sus ojos, a la luz tenue de la tarde, parecían más claros, casi plateados.
—Todos necesitan un poco de poesía, Valentina. Hasta los tiburones —dijo, su voz un murmullo grave que se mezclaba con el sonido de la lluvia—. Especialmente los tiburones.
Ella sonrió, estirándose un poco más para alcanzar el libro. El movimiento fue brusco. Un error. Un simple estirón que, para cualquier otra persona, no habría significado nada. Para ella, fue suficiente.
Un latido violento y desincronizado golpeó su pecho, un thump sordo y aislado que le hizo contener el aliento. No fue doloroso, pero sí profundamente aterrador. Un recordatorio instantáneo y cruel de su fragilidad. El mundo no se giró, pero su equilibrio sí flaqueó. Su mano, que buscaba el libro, se aferró al estante en busca de apoyo. El color debió huir de su rostro porque sintió un mareo instantáneo, una ligera náusea.
—Mierda —susurró, cerrando los ojos con fuerza.
No había tenido tiempo de bajar la escalera. No había tenido tiempo de disimular. Él lo había visto. Lo supo antes de siquiera mirarlo.
En menos de un segundo, oyó el sonido del libro de Neruda siendo dejado a un lado y sus pasos firmes acercándose. No corría. No había pánico en su movimiento. Era una aproximación calmada, deliberada.
—Valentina —dijo su voz, justo debajo de ella. Era firme, pero no alarmada.
Ella abrió los ojos. Él estaba al pie de la escalera, mirándola fijamente. Su rostro era una máscara de serenidad, pero sus ojos… sus ojos escudriñaban cada centímetro de su rostro, buscando información, evaluando el daño.
—Estoy bien —logró decir, pero su voz sonó débil y quebradiza—. Solo… me estiré demasiado.
—Baja —ordenó él. No era una sugerencia. Era una instrucción clara y calmada, dicha con una autoridad que no admitía réplica.
Ella, normalmente tan propensa a rebelarse contra las órdenes, obedeció. Bajó con cuidado, cada movimiento medido. Cuando sus pies tocaron el suelo firme, las piernas le flaquearon levemente. Fue apenas un temblor, casi imperceptible.
Pero él lo sintió. Su mano se alzó de inmediato, no para agarrarla del brazo con fuerza, sino para posarse con firmeza en su cintura, estabilizándola. El calor de su palma a través de la fina tela de su blusa fue una descarga eléctrica de alivio y vergüenza.
—Vamos a sentarnos —dijo, y su voz era ahora más suave, pero no menos firme.
La guió hacia el sillón que él había ocupado. Su mano no se movió de su cintura, una presencia constante y segura. Ella se dejó llevar, demasiado asustada por el susto físico y por haber sido descubierta para protestar.
Cuando estuvo sentada, hundida en el cuero suave, él se arrodilló frente a ella, a su altura. Su mirada era intensa, preocupada, pero no condescendiente.
—¿Qué pasó? —preguntó, sin rodeos.
—Nada —mintió ella, desviando la mirada—. Te lo dije, un mareo tonto. No he almorzado bien.
Él no se inmutó. Alargó la mano y, con una delicadeza que le partió el alma, le tomó la muñeca. Sus dedos se posaron sobre su pulso. No era un gesto médico, torpe o intrusivo. Era natural, como si fuera la cosa más lógica del mundo medir el ritmo de su corazón. Sus dedos eran cálidos y callosos contra su piel.
—Rápido —murmuró él, más para sí mismo que para ella. Sus ojos se encontraron con los de Val—. Pero estable.
Valentina sintió que las lágrimas le picaban los ojos. No de dolor, sino de una mezcla de humillación y de alivio abrumador. Él no estaba haciendo preguntas tontas. No estaba entrando en pánico. Estaba… gestionando la situación. Como si cuidar de ella fuera lo más natural del mundo.
—Soy un desastre —susurró, intentando cubrir su fragilidad con una capa de sarcasmo autodespreciativo—. Ni siquiera puedo alcanzar un libro sin que mi cuerpo decida rebelarse. Patético, ¿verdad?
La mirada de Dante se endureció. No con enfado hacia ella, sino contra sus palabras.
—No —dijo, su voz cortante como un diamante—. No digas eso. Nunca es patético luchar.
Su pulgar, sin soltar su muñeca, comenzó a trazar pequeños círculos en la piel interior de su antebrazo. Era un gesto inconsciente, calmante, tan íntimo que le quitó el aire.
—¿Qué… qué estás haciendo? —preguntó Val, su voz apenas un hilo.
—Calculando tu frecuencia cardíaca —respondió él, con total naturalidad—. Y parece que se está normalizando. La respiración también. Más lenta.
Ella se quedó mirándolo, completamente expuesta. Él lo sabía. Sabía que algo andaba mal. Y no huía. No la miraba con lástima. La miraba con… determinación. Como si su fragilidad fuera un problema que él estaba dispuesto a resolver.
—Dante, yo… —empezó a decir, pero las palabras se atascaron en su garganta. Tengo una enfermedad del corazón. A veces falla. A veces me asusto mucho.
Él pareció entender la batalla interna. Apretó suavemente su muñeca y luego soltó.
—No tienes que explicarlo —dijo, levantándose—. No ahora.
Se alejó un momento y regresó con un vaso de agua que había pedido a Sofía . Se lo ofreció.
—Bebe. Pequeños sorbos.
Ella obedeció, sintiendo el agua fría recorrer su garganta. Él se sentó en el brazo del sillón, cerca pero sin tocarla, vigilante. El silencio que se extendió no era incómodo. Era denso, cargado de una comprensión nueva y aterradora.
—¿Mejor? —preguntó al cabo de un minuto.
—Sí —asintió ella, y esta vez era verdad—. Mucho mejor. Gracias.
—De nada.
Miró hacia la lluvia que seguía cayendo fuera. Su perfil era fuerte, pensativo.
—Todos tenemos nuestras batallas, Valentina —dijo, sin mirarla—. Algunas son más visibles que otras. La mía es la impaciencia. La tuya… bueno. La tuya parece requerir una escalera más estable.
Ella soltó una risa breve, temblorosa, cargada de emoción.
—O unos brazos más largos.
Él la miró entonces, y una sonrisa lenta, genuina, iluminó su rostro.
—Eso también podría funcionar.
Se levantó y extendió la mano hacia ella.
—Ven. Te acompaño a casa. No deberías estar sola.
Valentina miró su mano grande y abierta. Era una oferta. De ayuda. De compañía. De protección. No era caridad. Era una elección.
Sin pensarlo dos veces, deslizó su mano en la de él. Sus dedos se cerraron alrededor de los suyos, firmes y cálidos. No era un apretón romántico. Era un ancla.
Al caminar hacia la puerta, con su mano en la de él, Valentina no sintió lástima por sí misma. Sintió… seguridad. Una sensación tan rara y novedosa que casi le dolía. Él no había resuelto sus problemas. No había curado su enfermedad. Pero había estado allí. Había visto el monstruo de cerca y no había huido. Se había quedado. Y había hecho que el miedo, por un momento, se sintiera más pequeño.
Dante la miró de reojo mientras caminaban bajo su paraguas, la lluvia creando un mundo íntimo a su alrededor.
—¿Sigues pensando que es patético? —preguntó, su voz suave.
Ella negó con la cabeza, una sonrisa pequeña y real asomando a sus labios.
—No. Solo… humano.
Él asintió, satisfecho.
—Eso es todo.
Y en ese momento, Valentina supo que una línea invisible había sido cruzada. Ya no había vuelta atrás. Él había visto su vulnerabilidad de frente y no se había alejado. Y ella, al tomar su mano, le había permitido entrar.
El miedo aún estaba allí, gritando advertencias. Pero por primera vez, había algo más fuerte: una fascinación profunda por el hombre que había estado tranquilo en su tormenta, y una chispa de esperanza, frágil y terco como un narciso en la nieve, de que quizás, solo quizás, no tenía que empujar la roca completamente sola.
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Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
¡Un amor más grande que el amor!
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