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Los Protegeré

Los Protegeré

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Mundo mágico / Venganza
Popularitas:364
Nilai: 5
nombre de autor: Leandro Martin Diaz

En un pequeño orfanato una niña no sabe que será una de los pocos sobrevivientes y quién era como su madre da la vida par aque ellos puedan escapar.
Decidida y con una promesa echa a la lus de luna, jura proteger a quienes sobrevivieron y a los que la necesiten.

NovelToon tiene autorización de Leandro Martin Diaz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 14: Extraños Movimientos En El Bosque

La mañana llegó tranquila a la Casa de los Puentes.

La luz apenas comenzaba a entrar por las ventanas cuando Elia abrió los ojos.

Durante unos segundos permaneció acostada, mirando el techo.

Había dormido bien.

Demasiado bien, quizá.

Porque cuando intentó levantarse...

—Ah...

Volvió a sentarse.

Sus piernas estaban cansadas.

No era un dolor fuerte, pero sí esa sensación que aparecía después de varios días sin descanso suficiente.

Elia miró debajo de la cama.

Allí estaban sus pesas.

Los observó durante unos segundos.

—Hoy no.

Los dejó donde estaban.

Después de vestirse, bajó al comedor.

Tarin ya estaba allí, comiendo.

Nima estaba sentada a su lado, intentando darle de comer a Pipa.

—No quiere.

Dijo Nima muy seria.

Elia se sentó frente a ellos.

—Es una muñeca.

—Pero tiene hambre.

Tarin se llevó una mano a la frente.

—No empieces.

Nima acercó una cuchara a la boca de Pipa.

—Solo un poquito.

Elia sonrió.

—Quizá después.

—¿Ves? Elia sí entiende.

Tarin miró a Elia.

—No la animes.

—No estoy haciendo nada.

—Eso dices siempre.

Elia tomó un trozo de pan.

—¿Tú vas a entrenar hoy?

—Sí. Bram dijo que quería practicar conmigo.

—Entonces yo también voy.

Tarin negó con la cabeza.

—Tus piernas parecen dos ramas.

Elia lo miró fijamente.

—Las tuyas tampoco son gran cosa.

—Las mías funcionan.

—Las mías también.

—Entonces camina hasta la puerta.

Elia se levantó.

Dio tres pasos.

Se detuvo.

Tarin sonrió.

—¿Ves?

Elia volvió a sentarse.

—No importa.

Nima se echó a reír.

—¡Ganó Tarin!

—Traicionera.

—¡Yo no hice nada!

Madre Liria apareció desde la cocina con una bandeja.

—¿Qué están haciendo ahora?

—Nada.

Eespondieron Elia y Tarin al mismo tiempo.

Liria los observó.

—Eso me preocupa más.

Elia terminó de desayunar y esperó un poco antes de dirigirse al gremio.

Esta vez no llevaba las pesas.

Quería escuchar primero qué tenía preparado Bram.

Cuando llegó al gremio, encontró al guerrero en el patio de entrenamiento.

Bram sostenía una espada de madera.

—Llegas tarde.

Elia miró el cielo.

—Todavía es temprano.

—Para ti.

—Eso no tiene sentido.

Bram sonrió.

—Precisamente.

Le lanzó una espada de madera.

Elia la atrapó.

—Hoy no quiero que hagamos lo de siempre.

—¿Qué quieres hacer?

—Espada.

Bram levantó una ceja.

—¿Solo espada?

—Sí.

—Bien.

Durante casi una hora, Bram hizo que Elia repitiera movimientos básicos.

Paso.

Giro.

Bloqueo.

Retroceso.

Ataque.

Una y otra vez.

Elia comenzó a sudar.

—Otra vez.

—Ya lo hice diez veces.

—Entonces puedes hacerlo once.

Elia resopló.

Bram sonrió.

—Empiezas a aprender.

Elia volvió a adoptar la postura.

Esta vez no intentó golpear fuerte.

Se concentró en mover los pies.

Después de varios intercambios, Bram bajó la espada.

—Mejor.

Elia respiró profundamente.

—¿De verdad?

—Sí. Estás empezando a entender que una espada no se mueve sola.

—Eso es bastante obvio.

—Para alguien que prefiere lanzar rayos, no tanto.

Elia sonrió.

—Los rayos son más rápidos.

—Y gastan mana.

—También.

—Por eso entrenamos la espada.

Elia asintió.

No quería depender siempre de su magia.

Bram volvió a levantar la espada.

—Ahora intenta atacarme.

Elia avanzó.

Un golpe.

Bram lo bloqueó.

Otro.

Lo desvió.

Elia giró y trató de atacar desde el costado.

Bram retrocedió.

—Mejor.

Elia volvió a avanzar.

Esta vez, sin pensarlo demasiado, lanzó una pequeña descarga de mana hacia sus piernas.

Su cuerpo se impulsó ligeramente.

Bram abrió los ojos.

Elia también.

El movimiento había sido mucho más rápido.

Pero apenas dio el siguiente paso, perdió el equilibrio.

—¡Ah!

Cayó de lado.

Bram bajó la espada.

—¿Qué acabas de hacer?

Elia se levantó rápidamente.

—No sé.

—Eso me preocupa.

—Solo intenté moverme más rápido.

Bram la observó.

—No vuelvas a hacerlo hasta que entiendas qué fue.

Elia hizo una mueca.

—Pero funcionó.

—Y casi terminas contra la pared.

Elia miró la pared.

Estaba bastante cerca.

—Bueno...

Bram cruzó los brazos.

—Eso no cuenta como éxito.

Elia suspiró.

—Está bien.

La pequeña descarga de mana había sido extraña.

No había sentido que lanzara un hechizo.

Más bien había sentido que algo dentro de su cuerpo se volvía más ligero durante un instante.

Pero no tuvo tiempo de pensar demasiado en ello.

Hessa apareció en la entrada del patio.

—Elia.

Ella se giró.

—¿Sí?

—Orven quiere verte.

Elia dejó la espada de madera.

—¿Ahora?

—Cuando termines aquí.

Bram señaló la espada.

—Ya terminaste.

Elia dejó escapar un suspiro de alivio.

—Gracias.

—Mañana continuamos.

—¿Otra vez?

—Otra vez.

Elia siguió a Hessa hasta el salón principal.

Orven estaba revisando varios documentos sobre su escritorio.

Había más papeles de lo habitual.

Elia se acercó.

—¿Me buscabas?

Orven levantó la cabeza.

—Sí.

Apartó algunos documentos.

—Tengo una misión para ti.

Elia se enderezó inmediatamente.

—¿Una misión?

—Una sencilla.

—¿Con otros aventureros?

—No.

Elia parpadeó.

Orven señaló un pequeño papel.

—Recolección de hierbas.

Elia tomó el documento.

La misión consistía en recoger una cantidad determinada de hierba luminosa, una planta utilizada para preparar algunas pociones y ungüentos. Crecía en una zona del bosque a poca distancia de Ardentia.

—¿Solo recoger?

—Eso dice.

Elia miró el papel nuevamente.

—¿Y por qué me la das a mí?

Orven se reclinó en la silla.

—Porque quieres ser aventurera.

—Sí.

—Entonces necesitas aprender que no todas las misiones consisten en derrotar monstruos.

Elia asintió.

—Además.Cintinuó Orven.

—Quiero observar cómo usas tu tiempo y tu mana cuando no estás en combate.

Elia entendió.

No era solamente una misión de recolección.

Era otra prueba.

—¿Puedo ir sola?

Orven tardó un momento en responder.

—La zona es segura en comparación con otros lugares, pero no significa que sea completamente segura.

Elia esperaba.

—Puedes ir sola.

Dijo finalmente

–Siempre que respetes las condiciones de la misión y regreses antes de que oscurezca.

Elia sonrió.

—Lo haré.

Orven levantó un dedo.

—Y una cosa más.

—¿Qué?

—No conviertas la recolección de hierbas en un campo de entrenamiento.

Elia puso cara de inocencia.

—No pensaba hacerlo.

Orven la miró.

Elia sostuvo su mirada.

—Quizá un poquito.

Orven soltó una risa.

—Eso imaginaba.

Le entregó el documento.

—Puedes practicar magia, pero con cabeza. No quiero que regreses sin las hierbas porque decidiste probar cuántas bolas de fuego puedes lanzar.

Elia guardó el papel.

—¿Y si practico con cosas pequeñas?

—Eso ya suena más razonable.

—¿Bolas de fuego pequeñas?

Orven cerró los ojos durante un instante.

—Elia...

—Está bien.

Se levantó.

—Primero las hierbas.

—Exacto.

Elia caminó hacia la salida.

Antes de cruzar la puerta, Orven la llamó.

—Y recuerda lo que aprendiste en el bosque la última vez.

Elia se detuvo.

—Observar primero.

Orven asintió.

—Actuar después.

Elia sonrió.

—Lo recuerdo.

Salió del gremio.

El aire de la mañana era fresco.

La misión parecía sencilla.

Un bosque cercano.

Unas cuantas hierbas.

Regresar antes del anochecer.

Pero Elia ya estaba pensando en algo más.

Durante el entrenamiento había conseguido hacer que su cuerpo se moviera más rápido usando mana.

No sabía cómo, no sabía por qué y todavía no estaba segura de si había sido un accidente.

Mientras caminaba hacia las puertas de Ardentia, levantó una mano.

Una pequeña llama apareció sobre su palma.

No era grande.

Apenas tenía el tamaño de una nuez.

Elia la observó.

—Bola de fuego...

Cerró la mano.

La llama desapareció.

Después volvió a intentarlo.

Esta vez formó una pequeña esfera.

La sostuvo durante unos segundos.

—Más estable.

La deshizo.

Después intentó reunir mana de otra forma.

Una pequeña chispa azul apareció entre sus dedos.

—Rayo.

La chispa desapareció casi inmediatamente.

Elia frunció el ceño.

—Todavía tengo que practicar mucho.

Guardó las manos en los bolsillos y continuó caminando.

No sabía que aquella misión, aparentemente sencilla, terminaría convirtiéndose en el primer lugar donde intentaría usar hechizos ofensivos.

Tampoco sabía que el bosque podía ofrecerle algo más que hierbas.

Algo que pondría a prueba cuánto había aprendido desde la última vez que había estado allí.

El bosque parecía distinto cuanto más se alejaba de Ardentia.

Al principio, Elia había seguido el sendero sin preocuparse demasiado. El camino estaba bastante marcado y de vez en cuando, encontraba pequeños grupos de hierba luminosa creciendo cerca de las raíces de los árboles.

Se agachaba, revisaba las hojas y cortaba únicamente las que estaban maduras, tal como le habían explicado en el gremio.

—Una, dos… tres.

Guardó las hierbas dentro de la bolsa que llevaba atada a la cintura y miró alrededor.

—No está tan mal.

Había pensado que tendría que buscar durante horas.

Se levantó y continuó caminando.

El sol entraba entre las ramas formando manchas de luz sobre el suelo, mientras tanto el viento movía las hojas de los árboles y durante unos minutos, todo parecía completamente normal.

Hasta que dejó de escuchar a los pájaros.

Elia caminó unos cuantos pasos más antes de darse cuenta.

Se detuvo.

Miró hacia arriba.

Nada.

Ni un canto.

Ni el aleteo de algún ave entre las ramas.

Solo el sonido del viento.

—Qué raro…

No parecía peligroso, pero recordó algo que Bram le había repetido muchas veces.

Si algo cambia de repente en un lugar que parecía normal, no ignores el cambio.

Elia bajó un poco la bolsa de hierbas y miró alrededor.

No había nada.

Al menos, nada que pudiera ver.

Continuó caminando, aunque esta vez más despacio.

Encontró otra zona donde crecía hierba luminosa. Se agachó y empezó a recogerla.

Entonces escuchó un pequeño crujido.

Se quedó quieta.

Crac.

El sonido había venido desde su derecha.

Elia giró lentamente la cabeza.

—¿Hola?

Silencio.

Esperó.

Nada.

Se puso paro y observó los árboles.

—Probablemente fue una rama.

Volvió a agacharse.

Crac.

Esta vez sonó detrás de ella.

Elia se levantó de golpe.

Su mano fue directamente hacia la pequeña espada que llevaba.

No la sacó.

Solo la sujetó.

—Eso no fue una rama.

Durante unos segundos permaneció inmóvil.

Entonces vio algo entre las hojas.

Una huella.

Elia se acercó con cuidado.

No era una huella humana.

Parecía pertenecer a algún animal de tamaño considerable. Tenía cuatro marcas largas y la tierra estaba hundida alrededor.

Elia frunció el ceño.

Se agachó sin tocarla.

—Está fresca…

La tierra todavía conservaba humedad en los bordes.

Miró hacia el camino.

Después hacia el interior del bosque.

Las huellas no cruzaban el sendero.

Entraban directamente entre los árboles.

Elia tragó saliva.

—Bueno…

Se quedó pensando.

—Puedo volver.

Miró la bolsa.

Todavía no había reunido suficiente hierba.

Luego miró nuevamente las huellas.

—O puedo seguir buscando, pero con más cuidado.

La segunda opción ganó.

No porque quisiera enfrentarse a algo, sino todo lo contrario.

Había aprendido que una misión no consistía en demostrar quién era más fuerte.

Así que guardó la espada y decidió mantenerse cerca del sendero.

Avanzó varios minutos.

La hierba luminosa apareció otra vez junto a un grupo de rocas. Elia comenzó a recogerla.

Entonces encontró algo que no esperaba.

Un pequeño recipiente de madera estaba tirado entre los arbustos.

Estaba roto.

Elia lo observó durante unos segundos.

—Esto no esta aquí por casualidad.

Miró alrededor.

Había más señales.

Unas ramas aplastadas.

Hojas arrancadas.

Y cerca de una roca, una marca profunda en el suelo.

Parecía que algo pesado había pasado por allí recientemente.

Elia se puso de pie.

Ya no estaba pensando solamente en la misión.

Había alguien más que había estado en ese lugar.

O algo.

Se acercó un poco a los árboles.

—¿Hay alguien?

No obtuvo respuesta.

Esperó.

El viento volvió a mover las ramas.

Entonces escuchó un sonido muy bajo.

Un gruñido.

Elia se quedó congelada.

Esta vez no necesitó preguntarse si había imaginado algo.

El sonido había sido demasiado claro.

Su corazón comenzó a latir más rápido.

Sacó la espada.

Miró hacia el lugar donde había escuchado el ruido.

Nada.

—Tranquila…

Respiró profundamente.

—No hagas nada precipitado, piensa.

Recordó las palabras de Bram.

Primero observar.

Después pensar y luego actuar.

Elia retrocedió un paso.

Una rama se movió.

Luego otra.

Algo se desplazaba detrás de los árboles.

Elia levantó la mano libre.

Una pequeña esfera de fuego apareció sobre su palma.

No era grande.

Apenas tenía el tamaño de una naranja.

La observó.

Había practicado aquello muchas veces.

Crear una esfera.

Mantenerla estable.

Controlar su temperatura.

Y sobre todo evitar gastar más mana del necesario.

La pequeña llama tembló.

Elia sonrió ligeramente.

—Pequeña y suficiente.

Lanzó la esfera hacia un espacio vacío entre dos árboles.

La explosión fue pequeña.

¡Pum!

Un poco de humo se elevó entre las ramas.

Elia solo quería iluminar el lugar y comprobar si había movimiento.

Funcionó.

Algo salió corriendo.

Elia abrió los ojos.

—¡Ah!

Una criatura apareció durante apenas un instante antes de desaparecer detrás de otro árbol.

Parecía un lobo joven, aunque era algo más grande de lo que Elia esperaba encontrar tan cerca del sendero.

No atacó.

Simplemente huyó.

Elia bajó lentamente la espada.

—¿Se fue?

Esperó unos segundos.

No ocurrió nada.

Entonces escuchó otro sonido.

Esta vez desde el lado contrario.

Gruuu…

Elia giró.

Había otro.

Y después escuchó un tercero.

—Ah…

Retrocedió.

No parecían querer atacarla directamente.

Pero tampoco parecía buena idea quedarse allí.

Elia levantó ambas manos.

Esta vez no creó fuego.

Una corriente de agua apareció frente a ella y comenzó a girar formando una pequeña barrera.

No era la gran pared de agua que había intentado practicar anteriormente.

Era mucho más pequeña.

Pero estable.

—No quiero pelear.

Uno de los animales apareció entre los árboles.

Era similar al anterior.

Se quedó observándola.

Elia también lo observó.

Ninguno se movió.

Entonces comprendió algo.

Los animales no estaban rodeándola para atacarla.

Estaban intentando mantenerla lejos de algo.

Elia giró lentamente la cabeza.

Más allá de los árboles había una zona oscura del bosque.

No había visto nada allí antes.

Ahora podía distinguir varias huellas.

Muchas más que las anteriores.

Y todas iban en la misma dirección.

Hacia el interior.

Elia sintió un escalofrío.

—¿Qué hay ahí…?

El animal soltó un gruñido bajo.

Después retrocedió.

Elia no lo siguió.

Guardó la espada y dejó desaparecer la barrera de agua.

—Está bien.

Miró la bolsa de hierbas.

Luego observó nuevamente las huellas.

Había conseguido suficiente para cumplir buena parte de la misión.

Podía regresar.

Pero algo dentro de ella le decía que todavía no había entendido qué estaba ocurriendo.

No quería cometer el mismo error de antes.

No quería atacar simplemente porque no comprendía que pasaba.

Así que decidió hacer algo diferente.

Se agachó y examinó las huellas desde cierta distancia.

Había marcas pequeñas.

Otras mucho más grandes.

Y algunas parecían recientes.

Todas se dirigían hacia la misma zona.

Elia sacó su cuaderno.

Anotó rápidamente:

“Huellas de varias criaturas. Parecen evitar el sendero. Algo las está haciendo desplazarse hacia el interior del bosque.”

Se quedó mirando la frase.

Luego añadió:

“Investigar antes de acercarme.”

Cerró el cuaderno.

En ese momento escuchó un sonido lejano.

No era un gruñido.

Tampoco era el sonido de un animal.

Parecía un golpe seco.

¡Toc!

Elia levantó la cabeza.

Pasaron unos segundos.

¡Toc!

Otra vez.

Esta vez acompañado de algo parecido a una voz.

Muy débil.

Demasiado lejos para distinguir las palabras.

Elia continuó avanzando por el bosque con la espada preparada y la bolsa de hierbas colgada de la cintura. Ya había reunido una cantidad suficiente para completar buena parte de la misión, así que no tenía demasiados motivos para alejarse más.

Sin embargo, la presencia de tantas huellas y el comportamiento extraño de los animales habían despertado su curiosidad.

Además, seguía pensando en aquellos sonidos que había escuchado desde las profundidades.

Mientras caminaba, intentaba decidir si debía regresar a Ardentia o investigar un poco más. La primera opción parecía la más prudente, pero una voz que llegó desde algún punto cercano interrumpiendo sus pensamientos.

—¡Cuidado!

Elia se detuvo y giró rápidamente hacia el origen del grito.

Un golpe fuerte sacudió los árboles y poco después escuchó el sonido de algo pesado cayendo sobre la tierra, seguido de varias voces.

—¡Por aquí!

—¡No lo dejes pasar!

Elia sujetó la espada y avanzó con cautela. Después de recorrer unos metros encontró un lugar desde el que podía observar sin quedar expuesta.

En un pequeño claro había cuatro aventureros. Por el equipo que llevaban y las bolsas que habían dejado junto a unas cajas de madera, parecía que estaban realizando una misión de recolección similar a la suya.

Dos de ellos llevaban armas de combate, una mujer tenía un arco y la última utilizaba un bastón mágico.

Frente a ellos se encontraba una criatura parecida a un lobo, aunque mucho más grande que cualquiera que Elia hubiera visto cerca de Ardentia.

Lo extraño era que no parecía querer atacar.

La criatura intentaba encontrar una salida entre los aventureros, mientras ellos trataban de impedir que se acercara a sus provisiones.

—¡No lo acorrales!

Gritó la arquera.

—Si lo dejamos pasar, puede llevarse todo lo que recogimos.

Respondió el hombre del escudo.

—¡Míralo! Está intentando escapar.

Elia observó con atención, la mujer tenía razón. El monstruo se mostraba nervioso y mantenía la mirada constantemente dirigida hacia el bosque, como si esperara que algo apareciera entre los árboles.

La niña salió finalmente de su escondite.

—Creo que no quiere pelear con ustedes.

Los cuatro aventureros se volvieron de inmediato. La arquera levantó el arco por reflejo, aunque no llegó a disparar.

—¿Quién eres?

Elia levantó una mano para mostrar que no pretendía atacar.

—Estoy haciendo una misión del gremio. Vine a recoger hierba luminosa.

El hombre del escudo observó la bolsa que llevaba.

—¿Tú sola?

—Sí.

Hubo un breve silencio.

—Nosotros también estamos trabajando por aquí.

Explicó la mujer del bastón.

—Tenemos que recoger algunas raíces medicinales y otras plantas.

Elia miró las cajas.

—¿Y qué pasó?

La arquera bajó lentamente el arco.

—Los animales empezaron a comportarse de forma extraña hace un rato. Al principio pensamos que había aparecido algún monstruo territorial, pero no encontramos nada.

—Yo encontré huellas.

Comentó Elia.

—Muchas y algunas son bastante grandes.

El hombre de la lanza intercambió una mirada con sus compañeros.

—Nosotros vimos algunas más adelante.

Elia recordó el recipiente roto que había encontrado antes.

—También encontré un recipiente de madera destrozado y varias ramas aplastadas.

—Eso explica algunas cosas.

Respondió la arquera.

—Encontramos algo parecido.

El lobo volvió a gruñir.

Todos dirigieron la atención hacia él.

La criatura permanecía inmóvil, mirando hacia una zona de árboles situada detrás de los aventureros.

Sus orejas estaban levantadas y su cuerpo parecía preparado para salir corriendo en cualquier momento.

Elia siguió su mirada.

Al principio no vio nada.

Después escuchó el crujido de una rama.

La criatura retrocedió.

Otro crujido sonó unos segundos después, esta vez un poco más cerca.

—¿Hay algo ahí?

Preguntó el hombre del escudo.

Nadie contestó.

El lobo soltó un gruñido bajo y sin previo aviso, salió disparado entre los árboles. Pasó tan cerca de Elia que levantó polvo a su alrededor.

La niña se volvió para seguirlo con la mirada.

—Ni siquiera intentó atacarnos.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Dijo la arquera.

Antes de que pudieran continuar hablando, un aullido atravesó el bosque.

Otro respondió desde una dirección diferente y unos instantes después se escuchó un tercero mucho más lejano.

Elia sintió un escalofrío.

—Hay muchos.

El hombre de la lanza levantó la cabeza para intentar localizar los sonidos.

—Y todos vienen de diferentes zonas.

—¿Se están acercando?

Preguntó la mujer del bastón.

—No. Parece que están alejándose.

Elia pensó en las huellas que había visto durante el camino y comprendió lo que estaba sucediendo.

—Todos están huyendo hacia el interior del bosque.

Los aventureros guardaron silencio.

El hombre del escudo miró en esa dirección.

—Entonces debe haber algo cerca del sendero.

—O algo que se está acercando.

Añadió la arquera.

Elia apretó ligeramente la empuñadura de su espada.

Aquella posibilidad no le gustaba.

El grupo comenzó a recoger sus cosas, el hombre del escudo aseguró una de las cajas mientras la arquera revisaba el camino.

—Deberíamos movernos juntos.

Propuso él.

—Todavía nos falta recoger parte de los materiales, pero no quiero que nadie se quede solo.

La arquera lo miró con cierta incredulidad.

—¿Después de ver todo esto todavía quieres continuar con la misión?

—Nos queda poco. Además, si regresamos ahora, no sabremos qué está pasando.

Elia permaneció escuchándolos durante unos segundos.

—Podemos seguir, pero deberíamos tener cuidado.

El hombre de la lanza sonrió.

—¿Eso es una recomendación o una orden?

Elia negó rápidamente con la cabeza.

—Solo digo que yo no me separaría del grupo.

La respuesta provocó una pequeña risa entre los aventureros.

—Está bien.

Dijo la arquera.

—Entonces caminaremos juntos.

Continuaron avanzando.

El ritmo fue mucho más lento que antes. Cada uno prestaba atención a un sector diferente del bosque, mientras Elia intentaba recordar las indicaciones que Bram le había dado durante sus entrenamientos.

No había necesidad de correr ni de gastar mana sin motivo y si aparecía un peligro, primero debía entender qué estaba ocurriendo.

Después de varios minutos encontraron nuevas huellas.

Esta vez había muchas más.

El hombre del escudo se agachó para examinarlas.

—Son recientes.

Elia se acercó sin tocar el suelo.

—¿De cuánto tiempo?

—No podría decirlo con exactitud, pero no llevan mucho ahí.

La mujer del bastón miró hacia el interior del bosque.

—Entonces aquello que está provocando todo esto todavía podría estar cerca.

Elia levantó la mirada.

Entre los árboles no había nada visible.

Sin embargo, el ambiente parecía haberse vuelto más pesado.

Entonces se escuchó un golpe a la distancia.

No fue demasiado fuerte, pero las ramas de varios árboles temblaron al mismo tiempo.

Los cuatro aventureros se quedaron quietos.

Elia sintió que su corazón comenzaba a latir con mayor rapidez.

—Eso no fue un animal.

Dijo el hombre de la lanza.

La arquera mantuvo una mano sobre su arco.

—No.

Durante unos segundos esperaron algún otro sonido, pero el bosque volvió a quedar en un escalofriante silencio.

Elia miró hacia la dirección de donde había venido aquel ruido.

Algo estaba ocurriendo allí.

Todavía no sabía qué era, pero ya no podía considerar aquello una simple alteración del comportamiento de los animales.

Aun así, ninguno de ellos podía imaginar que, mientras continuaban avanzando por el bosque, un aventurero acababa de llegar a Ardentia con información que pronto pondría al gremio entero en alerta.

Las puertas se abrieron de golpe y un aventurero entró casi tropezando con sus propios pies.

Llevaba la ropa cubierta de polvo, varias ramas pequeñas enganchadas en la capa y una expresión mucho más seria de lo normal.

Hessa fue la primera en acercarse.

—¿Qué ocurrió?

El hombre respiró profundamente antes de responder.

—Los animales están abandonando sus territorios.

Orven, que se encontraba revisando unos documentos detrás del mostrador, levantó la mirada.

—¿Qué animales?

—Lobos, jabalíes, criaturas pequeñas... incluso vi huellas de algo bastante más grande. Todos se están moviendo hacia las zonas más profundas del bosque.

Orven dejó el documento sobre la mesa.

—¿Los atacaron?

—Nonlo se y ese es el problema, no encontré señales claras de una pelea. Solo árboles dañados, madrigueras abandonadas y huellas por todas partes. Algunos animales parecían estar huyendo.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que Orven tomara una decisión.

—Hessa, reúne a cuatro aventureros de rango Plata o superior. Que lleven provisiones para varias horas.

—¿Quieres que busquen a los animales?

—No. Quiero que averigüen de qué están huyendo.

Hessa asintió y comenzó a moverse entre los aventureros que se encontraban en la sala.

Orven se quedó unos segundos mirando hacia la puerta.

Elia.

La niña estaba en el bosque.

Su misión era sencilla. Recoger hierba luminosa y regresar.

Pero ahora esa misma zona comenzaba a llenarse de animales que escapaban de algo que nadie comprendía.

—No me gusta esto...

Hessa lo escuchó.

—¿Crees que Elia pueda estar en peligro?

Orven tardó un instante en responder.

—No lo sé.

Después tomó su capa y acompañó al grupo hasta la entrada.

—Escuchen bien. Si encuentran algo extraño, observan y si la situación se vuelve peligrosa, regresen. No quiero héroes. Quiero información.

Los cuatro aventureros asintieron y se marcharon.

Orven permaneció en la puerta mientras los veía desaparecer por el camino.

Había algo que no podía explicar.

Una sensación incómoda.

Como si varias piezas estuvieran moviéndose al mismo tiempo sin que nadie pudiera ver quién las estaba empujando.

Pasó una hora.

Nada.

Orven volvió a entrar, revisó algunos documentos, preguntó si había llegado algún mensaje y regresó a la puerta.

Nada.

Pasó otra media hora.

Hessa intentó tranquilizarlo.

—Seguramente encontraron algo y están siguiendo las huellas.

—Lo sé.

—Entonces...

—Lo sé, Hessa.

Orven miró nuevamente hacia el camino.

—Pero deberían haber enviado alguna señal.

La mujer guardó silencio.

Orven tomó su espada.

—Voy a ir.

—¿Tú solo?

—No.

Se colocó la capa sobre los hombros.

—Pero no voy a esperar a que regresen mientras no sé qué está pasando.

Mientras tanto, mucho más adentro del bosque, los cuatro aventureros avanzaban siguiendo unas huellas que se volvían cada vez más extrañas.

Al principio encontraron rastros de lobos.

Después aparecieron huellas de criaturas más grandes.

Luego dejaron de encontrar huellas.

Encontraron cuerpos.

El primero era un lobo.

Estaba tendido entre unos arbustos, inmóvil.

Uno de los aventureros se agachó para examinarlo.

—Esto no parece una pelea entre animales.

Los demás observaron el terreno.

Había árboles con marcas profundas en la corteza. Algunas ramas estaban partidas y el suelo estaba removido en varios lugares.

Un poco más adelante encontraron otro cuerpo.

Y después otro.

No pertenecían todos a la misma especie.

Había criaturas que normalmente nunca se habrían encontrado juntas en aquella zona.

—¿Qué pudo hacer esto?

Nadie respondió.

Uno de ellos se levantó lentamente.

—Algo los estaba persiguiendo.

Entonces un sonido lejano atravesó el bosque.

¡BOOM!

Los cuatro se quedaron quietos.

Había sido una explosión.

Uno de ellos llevó la mano hacia su espada.

—¿Escucharon eso?

Antes de que pudieran decidir qué hacer, otra parte del bosque quedó en silencio.

Demasiado silencio.

Muy lejos de allí, sobre una elevación cubierta de árboles, dos figuras observaban el bosque desde la distancia.

Sus rostros permanecían ocultos.

Una de ellas tenía los brazos cruzados mientras contemplaba el camino por donde los aventureros habían entrado.

—Parece que finalmente comenzó.

La otra soltó una pequeña risa.

—Tardaron más de lo esperado.

—Pero vinieron.

—Claro que vinieron.

Hubo una pausa.

—Los animales hicieron exactamente lo que queríamos.

—Abandonaron sus territorios y se internaron en el bosque.

—Y eso hizo que los aventureros comenzaran a investigar.

La segunda figura inclinó ligeramente la cabeza.

—Incluso ella está ahí.

La primera permaneció en silencio durante unos segundos.

—Sí.

—Entonces todo salió bien.

—Todavía no.

La voz de la segunda figura cambió. Ya no sonaba divertida.

—¿Crees que llegará hasta el lugar?

—Si sigue investigando, sí.

—¿Y si no lo hace?

La primera figura sonrió.

—Lo hará.

Otra explosión resonó a lo lejos.

Las dos figuras observaron el resplandor que apareció brevemente entre los árboles.

—¿Todo esto era necesario?

—Para que entraran, sí.

—¿Incluso los animales?

—Solo fueron el principio.

La segunda figura soltó una risa baja.

—Qué manera tan extraña de preparar el escenario.

—No estamos preparando un escenario.

—¿Entonces qué hacemos?

La figura levantó lentamente la mirada hacia el bosque.

—Esperamos.

Un nuevo sonido atravesó los árboles.

Esta vez fue mucho más cercano.

Ambas figuras permanecieron inmóviles.

—Ahora sí.

—Entonces ya no hay vuelta atrás.

Y mientras ellos desaparecían entre las sombras, muy lejos de allí Orven se internaba en el bosque sin saber que varias cosas habían comenzado a moverse al mismo tiempo.

Los aventureros seguían frente a los cuerpos.

Elia todavía estaba en algún punto del bosque.

Y nadie sabía quién había echo aquello, ni por qué.

Pero alguien llevaba tiempo esperando que todos ellos llegaran exactamente hasta allí.

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