Valentina Reyes lleva dos años tragándose el infierno en silencio.
Cada mañana se sube al Metrobús en Coyoacán, cruza media ciudad y llega a las oficinas de Grupo Lucía en Santa Fe — el imperio empresarial del hombre que la destruyó. Cada mañana se para frente a Sebastián Montero, el CEO más despiadado de Ciudad de México, y finge que no le tiemblan las manos. Cada noche vuelve a su departamento vacío, abre el frasco de paroxetina y cuenta las pastillas que le quedan.
Sebastián la odia. O eso dice.
Porque Valentina era la mejor amiga de Lucía — su hermana menor, la que murió una noche hace cinco años en circunstancias que nadie ha podido explicar del todo. Y Sebastián está convencido de que Valentina pudo haberla salvado.
Lo que él no sabe es que Valentina también lo cree. Que la culpa la está matando por dentro mucho antes de que él pudiera hacerlo.
Un día, Sebastián le propone algo absurdo: un acuerdo de cien días. Cien días juntos — viviendo bajo el mismo techo, siguiendo sus reglas, fingiendo una relación que a ella le quema y a él le obsesiona. Cuando los cien días terminen, ella será libre. Él la dejará ir.
Pero en esos cien días pasan cosas que ninguno de los dos planeó.
Él descubre que detrás de su odio hay algo mucho peor: que nunca dejó de amarla. Ella descubre que el caso de Lucía esconde una verdad que podría cambiarlo todo — una verdad que alguien está dispuesto a matar para mantener enterrada. Y Doña Carmen, la madre de Sebastián, enferma terminal y rota por la pérdida de su hija, le exige a su hijo que elija: su familia o esa mujer.
Los cien días se acaban en Nochevieja.
Y Valentina ya decidió cómo va a terminar esta historia.
**¿Será Sebastián capaz de encontrarla antes de que sea demasiado tarde?**
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Capítulo 14
Capítulo 14
El viaje a Monterrey
Valentina nunca había volado sola.
La última vez que se subió a un avión tenía quince años y sus padres estaban sentados a cada lado. Su madre le agarraba la mano durante el despegue y su padre le explicaba cómo funcionaban las turbulencias con la paciencia de un ingeniero que cree que el conocimiento elimina el miedo. Dos años después estaban muertos, y Valentina no había vuelto a pisar un aeropuerto.
Sebastián la dejó en la Terminal 2 del AICM a las seis de la mañana. No bajó del auto, pero cuando ella abrió la puerta, él dijo:
—Si necesitas algo, llámame.
—Estaré bien.
—Llámame.
El vuelo a Monterrey duró una hora cuarenta. Valentina se sentó junto a la ventanilla, miró la Ciudad de México encogerse debajo hasta convertirse en una mancha gris y naranja, y pensó en Daniela Ríos. En lo que iba a decirle. En lo que esperaba escuchar.
Aterrizó a las ocho y cuarto. El calor de Monterrey la golpeó como un muro cuando salió de la terminal: seco, denso, distinto al de la Ciudad de México. Tomó un taxi en la fila y le dio la dirección que Lic. Ramírez le había enviado.
El taxista la llevó por avenidas anchas flanqueadas por cerros pelones y centros comerciales enormes. Monterrey no se parecía a la Ciudad de México. Era más nueva, más ordenada, con menos historia visible y más dinero a la vista. El taxista le habló del clima, del equipo de futbol y de la inseguridad de la colonia a la que iban.
—Tenga cuidado, señorita. Esa zona no es mala, pero tampoco es para andar sola de noche.
La dirección era una casa en una colonia de clase media: fachada beige, reja de metal, un triciclo volcado en el patio delantero y una maceta con geranios que alguien regaba pero que no florecían del todo.
Valentina tocó el timbre. Esperó.
Nada.
Tocó otra vez. Escuchó pasos adentro. La cortina de la ventana se movió. Alguien estaba mirando.
—Soy Valentina Reyes. Hablamos con el licenciado Ramírez.
Silencio. Luego el sonido de una cadena, un cerrojo y la puerta que se abrió diez centímetros.
Daniela Ríos tenía treinta y dos años pero parecía de cuarenta. El pelo recogido en una cola descuidada, los ojos oscuros con bolsas profundas, los labios apretados en una línea que no era hostil pero que tampoco invitaba a quedarse.
—No puedo hablar mucho tiempo. Mis hijos regresan a las dos.
—Solo necesito media hora.
Daniela la miró como se mira a alguien que trae una enfermedad que puede contagiarse. Luego abrió la puerta.
La casa era pequeña y limpia. Un sofá de tela con cojines bordados, una mesa de comedor con manteles de plástico, dibujos de niños pegados en el refrigerador con imanes de frutas. La tele estaba encendida en un canal de caricaturas con el volumen bajo, como si los niños acabaran de irse.
Se sentaron en la sala. Daniela le ofreció agua. Valentina aceptó. Las dos tenían las manos ocupadas con vasos que no bebían.
—¿Qué quieres saber? —preguntó Daniela.
—Lo que puedas contarme.
Daniela miró el vaso. Las manos le temblaban.
—Fue hace ocho años. Yo tenía veinticuatro. Era becaria en una empresa farmacéutica de Monterrey. —Hizo una pausa—. La empresa tenía un convenio con una compañía de la Ciudad de México. Llegaron unos inversionistas para una gira. Una noche hubo una cena de negocios. Yo no quería ir, pero mi jefe dijo que era parte del trabajo.
Valentina no se movió. No tomó notas. Solo escuchó.
—Raúl Mendoza estaba en esa cena. Era el hijo del dueño de la empresa con la que teníamos el convenio. Tenía dinero, tenía poder, tenía esa sonrisa que usan los hombres que saben que nadie les va a decir que no. —La voz de Daniela se volvió plana, como si estuviera leyendo un guion que se había obligado a memorizar para no sentirlo—. Me sirvió copa tras copa. Cuando quise irme, me ofreció llevarme. No me llevó a mi casa.
El reloj de la cocina marcaba los segundos. Afuera, un perro ladraba.
—Después me dijo que si hablaba, iba a perder mi trabajo, mi visa de trabajo temporal, todo. Su padre tenía contactos en la fiscalía. Me mostró fotos que alguien había tomado esa noche, fotos que parecían... consentidas. —Daniela cerró los ojos—. No eran consentidas. Pero en las fotos no se veía eso.
Valentina apretó el vaso hasta que los nudillos le blanquearon.
—Cuando supe lo de Lucía Montero... lo leí en las noticias. Una chica de dieciocho años. El nombre de Raúl Mendoza nunca apareció en los reportes, pero yo sabía. Sabía por cómo operaba. Por el patrón. Por la forma en que usaba las fiestas, el alcohol, la confianza.
—¿Nunca denunciaste?
—Intenté. Fui a la fiscalía de Monterrey. Me tomaron la declaración. Dos semanas después me llamaron para decirme que no había suficientes pruebas. —Sonrió con amargura—. El padre de Raúl tiene un amigo en la fiscalía. Eso ya lo sabías.
Valentina lo sabía. Lic. Ramírez se lo había dicho.
—Daniela, tu testimonio podría reabrir el caso de Lucía. Si declaras lo que te pasó, se establece un patrón de conducta. Con tu declaración y la de otros posibles testigos...
—No hay otros testigos —cortó Daniela—. Yo soy la única que sigue viva y cuerda. Las demás se fueron, cambiaron de nombre, desaparecieron. Yo me quedé porque tengo hijos, tengo una casa, tengo una vida que construí sobre las cenizas de lo que ese hombre me hizo.
—Por eso es tan importante.
—Si hablo, mi esposo va a enterarse.
—¿Él no sabe?
Daniela negó con la cabeza. Las lágrimas le corrían por las mejillas pero no se las limpiaba, como si limpiarlas fuera admitir que estaban ahí.
—Nos casamos tres años después. Nunca le dije. Tenemos dos hijos. Si esto sale... si mi nombre aparece en un expediente... él va a preguntar por qué no le dije antes. Y no sé si va a entender.
Valentina dejó el vaso en la mesa. Se inclinó hacia adelante. Extendió la mano y la puso sobre la de Daniela. No la apretó. Solo la dejó ahí, como un puente.
—Lucía tenía dieciocho años. Fue mi mejor amiga. Lo que le hicieron la destruyó por dentro, y un mes después se quitó la vida. —La voz de Valentina temblaba pero no se rompía—. Ella ya no puede hablar. Yo no fui testigo de lo que pasó esa noche. Pero tú sí sabes cómo opera ese hombre. Tu voz es la única que puede hacer que alguien escuche.
Daniela miró la mano de Valentina sobre la suya.
—¿Y si no cambia nada? ¿Si hablo y de todas formas no pasa nada?
—Entonces al menos Lucía no estará sola.
El silencio que siguió fue largo. El reloj de la cocina siguió marcando segundos que sonaban como gotas de agua cayendo en un pozo profundo.
—Dame tiempo —dijo Daniela—. Necesito hablar con mi esposo primero.
—Claro.
—No te prometo nada.
—Lo sé.
Valentina se levantó. Daniela la acompañó a la puerta. En el umbral, con el sol de Monterrey cayéndoles encima como un castigo, Daniela la miró de frente.
—Esa chica... Lucía. ¿Era buena persona?
—Era la mejor persona que he conocido.
Daniela asintió. Cerró la puerta.
Valentina caminó hasta la esquina, se detuvo bajo la sombra de un árbol raquítico y se recargó contra el tronco. Le temblaban las piernas. Le temblaban las manos. Le temblaba todo.
Sacó el celular. Tenía un mensaje de Sebastián, enviado hacía dos horas: "¿Llegaste bien?"
Escribió: "Sí. Creo que hay esperanza."
La respuesta llegó en diez segundos: "Bien."
Una palabra. Pero Valentina la leyó tres veces, como si contuviera más de lo que cabía en cuatro letras.
Tomó un taxi al aeropuerto. En el avión de regreso, mientras Monterrey se encogía debajo y las nubes tapaban el sol, cerró los ojos y pensó en Daniela, en su casa pequeña, en sus hijos que no sabían, en su esposo que no sabía, en todo lo que esa mujer había cargado sola durante ocho años para poder seguir levantándose cada mañana.
Como ella.
Como todos.