Novela +18
Mi nombre es Lucia Westton, la hija legítima del Marqués Arturo Westton.
Durante años viví rodeada de amor, lujos y tranquilidad… hasta que mi madre murió en un trágico accidente de carruaje después de una fiesta de té.
Creí que aquella sería la peor tragedia de mi vida.
ME EQUIVOQUÉ.
Poco después descubrí que mi padre había ocultado una amante… y una hija ilegítima: Laura Westton.
Desde el momento en que ellas cruzaron las puertas de la mansión, todo cambió.
Mi hogar dejó de sentirse seguro.
Las miradas se volvieron frías.
Los susurros comenzaron en la oscuridad.
Entonces Laura me convenció de jugar un extraño juego.
Dijo que podría ayudarme a hablar con mi madre una última vez.
PERO ALGO SALIÓ MAL.
Ahora… algo me sigue desde las sombras.
Lo veo en los espejos.
Escucho sus pasos detrás de mí.
Siento sus manos heladas rozando mi cuello mientras duermo.
¡TENGO MIEDO!
Y lo peor de todo…
¡NADIE ME CREE!
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CAPÍTULO 13 — CONFESIÓN
El cardenal Zepharel continuó avanzando.
Sin embargo, ya no parecía ignorarme con la misma facilidad.
Aceleré el paso.
Lo rodeé.
Y me coloqué frente a él.
Las ruedas de la silla se detuvieron.
El cardenal y yo quedamos frente a frente.
Sus ojos dorados descendieron hacia mí.
Fríos.
Inalterables.
Esperando.
Entonces toda la fortaleza que había intentado mantener se derrumbó.
Me arrodillé.
Las rodillas golpearon el suelo de piedra.
Mis manos se aferraron a los laterales de la silla de ruedas.
Con fuerza.
Como si temiera que él pudiera marcharse en cualquier momento.
Sentí las lágrimas acumularse en mis ojos.
Y por más que intenté contenerlas, una terminó deslizándose por mi mejilla.
—Ayúdeme... por favor.
Mi voz se quebró.
—No sé qué me está pasando.
Otra lágrima cayó.
—Tengo miedo.
Aquellas palabras apenas fueron un susurro.
Pero eran sinceras.
Completamente sinceras.
—Cada día es peor.
Bajé la cabeza.
Mis dedos seguían aferrados a la silla.
Como el último náufrago sujetándose a un pedazo de madera en medio del océano.
—Ya no sé qué es real y qué no lo es.
La biblioteca quedó en silencio.
Un silencio absoluto.
Y durante varios segundos no escuché respuesta alguna.
Hasta que finalmente una voz profunda y fría descendió desde arriba.
—Levante la cabeza.
No era una orden pronunciada con dureza.
Pero tampoco admitía desobediencia.
El cardenal Zepharel parecía dispuesto a escuchar.
Levanté lentamente la cabeza.
Las lágrimas aún humedecían mis mejillas.
Mis manos continuaban aferradas a la silla de ruedas como si temiera que, en cualquier momento, él decidiera marcharse y dejarme sola con todo aquello.
El cardenal Zepharel me observaba desde arriba.
Sus ojos dorados brillaban tenuemente bajo la luz que atravesaba los vitrales.
Eran hermosos.
Pero también intimidantes.
No había compasión en ellos.
Ni crueldad.
Solo una calma tan absoluta que resultaba imposible adivinar qué estaba pensando.
Finalmente habló.
—Haré lo que sea.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Eso fue lo que dijo.
Su voz permanecía tan tranquila como siempre.
—Que haría lo que fuera.
Sentí que mis mejillas se calentaban ligeramente.
Había dicho aquello.
Y lo había dicho en serio.
Apreté los labios.
—Sí.
El cardenal Zepharel no apartó la mirada.
—¿Incluso sin saber qué podría pedirle a cambio?
Titubeé apenas un instante.
Pero luego asentí.
—Sí.
El cardenal permaneció en silencio.
—Eso es una estupidez.
Abrí los ojos.
Aquella no era la respuesta que esperaba.
—¿Qué?
Su voz permaneció tranquila.
Profunda.
Tan fría como siempre.
—Las personas desesperadas suelen ofrecer más de lo que poseen.
Luego apoyó una mano sobre el reposabrazos de la silla.
—Y cuando descubren el precio real de sus palabras, ya es demasiado tarde para retirarlas.
Sentí un escalofrío.
Aun así no aparté la mirada.
—Yo no lo haré.
—Todos dicen eso.
El silencio volvió a caer entre nosotros.
Me sentía observada.
Analizada.
Como si intentara descubrir si realmente hablaba en serio.
Finalmente Zepharel inclinó apenas la cabeza.
—¿No teme que aproveche lo que acaba de decir?
Mi garganta se secó.
Comprendí perfectamente lo que quería decir.
Era un hombre al que apenas conocía.
Un hombre poderoso.
Temido.
Influyente.
Y yo acababa de ofrecerle cualquier cosa a cambio de ayuda.
Sin embargo...
Pensé en las voces.
En los susurros.
En los rostros deformes.
En las manos que me tocaban en la oscuridad.
En la voz que imitó a mi madre.
Y en el miedo que me perseguía incluso mientras dormía.
Respiré profundamente.
Luego lo miré directamente a los ojos.
—Haré lo que sea.
Mi voz tembló ligeramente.
Pero no aparté la mirada.
—Por favor...
Apreté con más fuerza la silla de ruedas.
—Ayúdeme.
Los ojos dorados del cardenal Zepharel permanecieron sobre mí durante largos segundos.
Tan largos que empecé a preguntarme si volvería a rechazarme.
Pero gracias a Dios no fue así.
Finalmente habló.
—¿Qué hizo exactamente antes de que todo esto comenzara?
Bajé la mirada.
Intentando ordenar mis pensamientos.
Todo parecía tan confuso ahora.
Las pesadillas.
Las voces.
Las apariciones.
Era difícil recordar en qué momento había empezado realmente.
—Creo... que comenzó una mañana.
Mis dedos se aferraron a la tela de mi vestido.
—Pero la noche anterior ocurrió algo.
Zepharel permaneció en silencio.
Escuchando.
Esperando.
—Estuve jugando un juego.
La expresión del cardenal no cambió.
Ni siquiera un poco.
—Mi hermana lo compró a una anciana.
Decía que podía ayudarte a hablar con alguien que ya hubiera muerto.
Sentí un nudo formarse en mi garganta.
—Y yo...
Bajé la mirada.
—Yo quería ver a mi madre otra vez.
La biblioteca permaneció completamente silenciosa.
Continué hablando.
—Había instrucciones.
Tenía que esperar después de medianoche.
Encender siete velas.
Y dejar caer unas gotas de sangre sobre una tabla.
Mientras hablaba sentía cada vez más vergüenza.
Ahora sonaba absurdo.
Ridículo.
Como una historia inventada por un niño.
Pero aquella noche había estado desesperada.
—También había un dado.
Cada cara tenía una parte distinta.
Un ojo.
Una boca.
Una mano.
Y otras cosas extrañas.
Levanté lentamente la vista hacia Zepharel.
Él seguía escuchando sin interrumpirme.
—Cuando lancé el dado...
Mi voz se volvió más baja.
—Empezaron a ocurrir cosas.
Tragué saliva.
—Vi a mi madre.
Por un instante el recuerdo hizo que me doliera el pecho.
—Era ella.
O al menos se veía exactamente igual.
Mis ojos comenzaron a humedecerse.
—También escuché su voz.
Y cuando salió la mano...
Sentí que me abrazaba.
Como cuando era pequeña.
Bajé la cabeza.
—Estaba tan feliz que seguí jugando durante toda la noche.
No quería detenerme.
No quería perderla otra vez.
Apreté los labios.
—Cuando amaneció recordé la última instrucción.
Debía dejar algo preciado sobre la tabla antes de terminar.
Así que dejé el collar que mi madre me regaló antes de morir.
Mis dedos temblaron ligeramente.
—Después me fui a dormir.
Pensé que todo había terminado.
Pensé que solo había sido una noche extraña.
Respiré profundamente.
—Pero cuando desperté...
La caja había desaparecido.
La tabla también.
El dado.
Las instrucciones.
Todo.
Levanté la vista hacia el cardenal.
—Y desde entonces empezaron las pesadillas.
Las voces.
Las sombras.
Las cosas que veo.
Las personas actuando de manera extraña.
Mis manos volvieron a aferrarse a la silla de ruedas.
—No sé qué me está pasando.
No sé si me estoy volviendo loca.
No sé si realmente vi esas cosas.
Mi voz comenzó a quebrarse.
—Solo sé que tengo miedo.
Mucho miedo.
La biblioteca quedó en silencio.
Un silencio absoluto.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Nota: Se vienen cosas muy potentes.🔥
vamos Lucia a gozar del cardenal, que está es papasito así este en silla de ruedas, lo demás debe responder jajajajajjajajajajajajua
Ho ayy si🤔