Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.
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capitulo 14
La nieve había dejado de caer, pero el frío se había vuelto más intenso.
Moscú amaneció cubierta por un silencio distinto. No era paz. Era expectativa. Como si la ciudad supiera que algo se estaba moviendo bajo la superficie.
En la mansión Sergeyev, nadie hablaba del ataque en voz alta. Pero todos lo sentían.
Sasha estaba sentada en el sofá del salón privado, una manta cubriéndole los hombros. El sedante ya había salido de su sistema, pero el recuerdo seguía latente. No temblaba. No lloraba. No parecía rota.
Pero estaba alerta.
Más que antes.
Isabella estaba de pie frente a la ventana, mirando el jardín donde había ocurrido el ataque. La nieve había sido reemplazada durante la madrugada. No quedaba rastro visible de sangre.
Pero ella lo veía igual.
Cada segundo.
Cada golpe.
Cada momento en que casi la perdía.
—No me mires como si me hubieran quebrado —dijo Sasha con calma.
Isabella no se giró.
—No lo hago.
—Sí lo haces.
Silencio.
Finalmente, Isabella se volvió.
Sus ojos ya no ardían. Ahora eran fríos. Medidos.
—Estoy calculando.
Sasha inclinó levemente la cabeza.
—¿A quién vas a destruir primero?
Isabella caminó hasta la mesa central donde varios documentos estaban extendidos. Fotografías. Nombres. Movimientos financieros.
—Morozov no actúa sin capas —dijo—. El ataque fue prueba. No ejecución.
Sasha se levantó lentamente y se acercó.
—Entonces no buscaba matarme.
—No.
—Buscaba provocarte.
Isabella la miró.
—Buscaba ver cuánto me importas.
El silencio que siguió fue profundo.
Sasha sostuvo su mirada sin bajar la vista.
—¿Y qué conclusión sacó?
Isabella dio un paso más cerca.
—Que cometió un error.
En el despacho principal, Aleksander escuchaba el informe de Milan y Alexei.
—Morozov no está en Moscú —informó Alexei—. Salió hace dos días hacia San Petersburgo.
—Eso es distracción —dijo Milan.
Aleksander asintió.
—Siempre lo ha sido.
Isabella entró sin anunciarse.
Los tres la miraron.
—No quiero una guerra abierta —dijo ella.
Milan levantó una ceja.
—¿Desde cuándo?
—No ahora.
Aleksander cruzó las manos sobre el escritorio.
—Entonces, ¿qué propones?
Isabella dejó un dossier sobre la mesa.
—Morozov tiene tres rutas principales de ingreso ilegal a Europa del Este. Dos están protegidas. Una no.
Alexei revisó el documento.
—¿Quieres intervenirla?
—No.
—¿Sabotearla?
—No.
El silencio se tensó.
—Voy a quedármela.
Milan sonrió lentamente.
—Eso sí me gusta.
Aleksander observó a su hija con atención renovada.
—Eso es un mensaje más fuerte que un asesinato.
—Exactamente.
Isabella sostuvo su mirada.
—Si tocó algo mío, yo tomo algo suyo.
Aleksander asintió.
—Hazlo limpio.
—Siempre.
Esa tarde, Sasha caminaba por el jardín nuevamente.
Esta vez acompañada.
Dos guardias a distancia.
No le gustaba.
Pero entendía.
Isabella apareció a su lado.
—Te están subestimando —dijo Sasha sin mirarla.
—Siempre lo hacen.
—No hablo de tus enemigos.
Isabella se detuvo.
Sasha giró hacia ella.
—Tu familia cree que esto es tu guerra.
—Lo es.
—No.
El viento movió sus cabellos.
—Me atacaron a mí. No soy espectadora.
Isabella apretó la mandíbula.
—No voy a exponerte.
—No me expongas. Inclúyeme.
Eso golpeó más fuerte que cualquier enemigo.
Isabella la observó en silencio.
Sasha dio un paso adelante.
—Si soy tu omega, no soy tu punto débil. Soy tu flanco cubierto.
El aire cambió.
Isabella respiró profundo.
—¿Qué propones?
—Morozov estudió tu reacción. Ahora estudiemos la suya.
Una chispa apareció en los ojos de Isabella.
—Habla.
Sasha se acercó aún más.
—No ataquemos su negocio. Ataquemos su confianza.
Dos días después.
San Petersburgo.
Un almacén industrial fue intervenido sin violencia visible. Documentación filtrada estratégicamente. Socios financieros retirando apoyo. Contactos dudando.
Morozov no perdió dinero.
Perdió estabilidad.
Perdió certeza.
Y eso era más peligroso.
En su oficina privada, Morozov observaba las pantallas con expresión fría.
—Sergeyev —murmuró.
Uno de sus hombres se acercó.
—No fue ataque directo. Fue quirúrgico.
Morozov sonrió apenas.
—Entonces aprendió.
—¿Escalamos?
Morozov negó lentamente.
—No todavía.
Se acercó a la ventana.
—Quiero ver cuánto protege a su omega.
De regreso en Moscú, Isabella recibía informes.
Todo estaba saliendo exactamente como lo había planeado.
Pero algo la inquietaba.
Morozov no reaccionaba.
Y el silencio de un enemigo inteligente nunca es pasividad.
Es cálculo.
Esa noche, Sasha entró en el despacho sin tocar.
—Está demasiado tranquilo, ¿verdad?
Isabella la miró.
—Sí.
Sasha se apoyó en el escritorio.
—Quiere que nos sintamos seguros.
—No lo estamos.
—Bien.
Isabella se levantó.
—Mañana viajamos.
Sasha la miró con sorpresa contenida.
—¿Dónde?
—San Petersburgo.
—Eso es provocación directa.
—Exacto.
Sasha sostuvo su mirada unos segundos.
—Entonces vamos juntas.
Isabella no respondió de inmediato.
Luego asintió.
—Juntas.
El tren privado avanzaba bajo el cielo gris.
No era viaje diplomático.
Era declaración silenciosa.
Sasha observaba el paisaje nevado pasar.
—¿Tienes miedo? —preguntó Isabella.
Sasha la miró.
—No.
—Mientes.
—Estoy alerta.
Isabella se acercó.
—No voy a permitir que vuelva a tocarte.
Sasha sostuvo su mirada con firmeza.
—No quiero que me protejas como objeto.
—No lo hago.
—Entonces confía en que puedo caminar a tu lado sin romperme.
El silencio fue intenso.
Luego Isabella asintió.
—Confío.
San Petersburgo los recibió con viento cortante.
La reunión fue breve.
Tensa.
Morozov apareció elegante, imperturbable.
—Isabella Sergeyev —saludó con una leve inclinación.
—Morozov.
Sus miradas chocaron como acero.
—Tu respuesta fue interesante —comentó él.
—Tu error también.
Morozov sonrió.
—Pensé que eras más emocional.
Isabella dio medio paso al frente.
—Pensaste mal.
Morozov miró a Sasha.
—¿Y ella? ¿Sigue intacta?
El silencio fue absoluto.
Isabella no reaccionó físicamente.
Pero el aire se volvió peligroso.
—Cuidado —dijo con voz baja—. La última vez que alguien intentó tocarla, terminó sangrando en mi jardín.
Morozov sostuvo su mirada.
Por primera vez, su sonrisa se debilitó apenas.
No era amenaza vacía.
Era promesa comprobada.
La reunión terminó sin violencia.
Pero el mensaje quedó claro.
Ninguno retrocedería.
De regreso en Moscú, ya de noche, Isabella y Sasha caminaban nuevamente bajo el roble.
El mismo lugar donde todo había cambiado.
—Esto no terminó —dijo Sasha.
—No.
—Va a escalar.
—Sí.
Sasha se detuvo frente a ella.
—Entonces dime algo con honestidad.
Isabella sostuvo su mirada.
—¿Qué?
—Si vuelve a atacarme… ¿qué harás?
El silencio se volvió pesado.
Finalmente Isabella respondió.
—Lo destruiré.
No fue dramático.
Fue simple.
Sasha respiró profundo.
—Entonces asegúrate de que cuando lo hagas… no te pierdas a ti misma.
El viento sopló más fuerte.
Isabella acercó su frente a la de ella.
—Si alguna vez me pierdo, encuéntrame.
Sasha cerró los ojos.
—Siempre.
En la distancia, dentro de la mansión, Aleksander observaba desde la ventana.
La guerra no había comenzado oficialmente.
Pero la cacería sí.
Y en el mundo de los Sergeyev, cuando comienza una cacería…
No termina hasta que alguien cae.
El invierno aún no alcanzaba su punto más frío.
Pero ya había elegido sus presas.
Y nadie saldría intacto.