Una alfa rebelde
Alismeidy, una dominicana indomable en Italia, choca con una refinada omega. Entre secretos, caos familiar y deseo prohibido, el instinto salvaje de esta alfa pondrá su mundo de cabeza.
¿Podrá esta Alfa indomable domesticar su instinto y ser madre?
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Capítulo 14
El silencio de la mansión Valenti me había parecido una entidad viva, una presencia que te vigilaba desde las sombras de los cuadros renacentistas. Pero esa noche, el aire se volvió sólido, casi irrespirable. La madre de Alessandra, Doña Isabella, había entrado en nuestra suite con la parsimonia de una reina y la mirada de una hiena hambrienta. En sus manos, una bandejita de plata cargaba dos tazas de porcelana de Meissen, tan finas que parecían hechas de cáscara de huevo.
—Bébanselo, hijas mías —insistió Isabella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos de cristal—. En Italia sabemos que una buena unión, una que deba durar siglos, empieza por la sangre tranquila y el espíritu dispuesto. Este té de hierbas de la montaña es una bendición de mis antepasados para el descanso y la vitalidad de la pareja.
Yo, que soy una Alfa criada en los callejones de Santo Domingo, donde aprendes que si alguien te ofrece un trago con demasiada insistencia es porque algo trae el barco, sentí un tufillo extraño. No olía a manzanilla ni a tila; olía a canela silvestre mezclada con algo metálico, algo que despertaba un instinto primario de alerta. Pero Alessandra, agotada de pelear con su linaje y deseosa de que su madre saliera de una vez para terminar con la farsa del día, cogió su taza y se la bebió de un solo trago, con una elegancia que ocultaba su fastidio.
Yo no podía quedar como una maleducada frente a la "suegra" que tenía el poder de hundirnos o salvarnos. Cogí la porcelana, sentí el calor en mis dedos y bebí. "Si esto me mata, que me entierren con una bandera dominicana y un disco de Anthony Santos", pensé mientras el líquido espeso y dulce me bajaba por la garganta como una caricia de fuego.
Isabella se retiró con una reverencia mínima y un brillo de triunfo en los ojos. Escuché el clic de la puerta al cerrarse —con llave, supuestamente por "protocolo de seguridad" de la mansión— y nos quedamos solas. Pasaron treinta minutos de un silencio incómodo. Yo trataba de acomodarme en el mueble de terciopelo verde, que era más duro que un poste de luz, decidida a mantener mi distancia de la cama donde Alessandra ya se había acostado.
De repente, el aire acondicionado pareció apagarse. Un calor húmedo, pesado, empezó a subirme desde la planta de los pies. No era el calor del verano de Italia; era un incendio interno. Miré a Alessandra y vi que se había sentado en la cama, arrancándose la parte superior del pijama de seda con una urgencia que no encajaba con su frialdad habitual. Estaba empapada en sudor, su piel blanca brillando bajo la luz de la luna que entraba por el ventanal como si fuera mármol líquido.
—Alismeidy... —susurró, y su voz ya no era la de la jefa autoritaria. Era un ronquido bajo, cargado de una olor de feromona tan potente que me golpeó el pecho como un mazo de demolición.
—Jefa... yo... yo siento que me estoy quemando por dentro —dije, aflojándome el nudo de la corbata con dedos torpes.
No era un té de descanso. Era una trampa disfrazado de un té. La vieja nos había dado un brebaje saturado de afrodisíacos naturales y las feromonas que ahora Alessandra desprendía estaba tan dulce y el olor servía para doblegar la voluntad de cualquier Alfa y forzar el celo de una Alfa. Mi instinto de Alfa pura, ese que yo mantenía bajo llave por respeto a Elizabeth, rompió las cadenas. Mis ojos empezaron a arder en ese tono dorado que delata a la bestia cuando la sangre hierve.
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Alessandra se puso de pie, tambaleándose, con los ojos nublados por el deseo fisiológicos. El olor a jazmín, miel y celo que desprendía era una droga que me arrancó la cordura de cuajo. Me levanté del mueble y en dos zancadas estuve frente a ella. Ya no había jefa, no había empleada, no había contrato de matrimonio. Solo había una Alfa dominicana reclamando territorio y una Omega aristocrática pidiendo a gritos que le enseñaran lo que era la verdadera pasión de la calle.
La agarré por la nuca con una mano y por la cintura con la otra, uniendo nuestros labios en un beso que no tuvo nada de romántico. Fue un choque de dientes, un intercambio de saliva espeso y urgente. Mis labios devoraban los suyos con el hambre de quien lleva siglos en el desierto, y ella me respondía con pequeños gemidos que se le escapaban desde lo más profundo de la garganta. Su lengua buscaba la mía con una desesperación que me hizo rugir.
—¡Maldita sea, Alessandra, me vas a volver loca! —le gruñí al oído, mientras mis manos bajaban con violencia hacia sus nalgas, apretándolas con una fuerza que dejaría marca sobre la seda del pijama que aún le quedaba.
—No hables... solo tómame... hazme tuya ahora mismo —suplicó ella, hundiendo sus uñas en mis hombros, buscando mi piel por debajo de la camisa.
La arrastré hacia el baño de mármol, buscando desesperadamente el agua fría para ver si apagábamos el volcán, pero el contacto de su piel húmeda contra la mía bajo el chorro de la ducha fue como echarle gasolina a un incendio forestal. La camisa de mi traje, empapada, se volvió un estorbo que desgarré de un tirón, enviando los botones a rebotar contra las paredes de mármol. Alessandra hizo lo mismo con lo que quedaba de su ropa, quedando expuesta, temblorosa y febril bajo el agua.
Mis manos, guiadas por un instinto que no conocía la piedad, recorrieron cada curva de su cuerpo. La pegué contra la pared fría del baño, levantándole una pierna para encajarme entre sus muslos. Los besos bajaron por su cuello, dejando mordiscos que eran sellos de propiedad. Ella echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, mientras el agua nos golpeaba con fuerza.
—Dime quién manda aquí, jefa —le susurré con la voz ronca, antes de darle una nalgada sonora que resonó en todo el baño—. Dime quién es tu Alfa esta noche.
—Tú... eres tú... ¡Alis, por favor! —gritó ella, perdiendo el control, sus manos buscando desesperadamente mis caderas.
La cargué sin esfuerzo, sintiendo cómo envolvía sus piernas alrededor de mi cintura con una fuerza que me sorprendió. La llevé de regreso a la habitación, a esa cama de dosel gigante que ahora parecía un ring de boxeo sentimental. La tiré sobre las sábanas de hilo y me posicioné sobre ella como la fiera que soy cuando el deseo me ciega.
Mis manos no se detuvieron. Eran caricias rudas, posesivas, que buscaban despertar cada nervio de su cuerpo. Mis dedos se hundían en su carne, explorando sus zonas más íntimas con una maestría que solo da la experiencia de los años. Alessandra se arqueaba, sus pechos subiendo y bajando al ritmo de una respiración entrecortada.
—¡Ay, mi madre! ¡Usted está que quema, jefa! —exclamé en mi dominicano más puro, perdiendo cualquier rastro de la fachada profesional.
—Dame más, Alis... enséñame cómo aman en tu tierra —me pedía ella con palabras que yo nunca imaginé que saldrían de la boca de una mujer tan estirada.
Fue entonces cuando las estocadas empezaron. No fueron movimientos lentos; fue un ritmo salvaje, una cadencia de poder que buscaba satisfacer una necesidad fisiológica que nos sobrepasaba. Cada vez que mi cuerpo chocaba contra el suyo, el sonido de la piel encontrándose llenaba la habitación. Yo la trataba como lo que era en ese momento: mi Omega, marcando mi territorio con cada embestida, dejando claro que esa noche, en esa mansión de locos, la que mandaba era la callejera de Santo Domingo.
Alessandra se aferraba a las almohadas, sus uñas rasgando la seda mientras sus gemidos se convertían en gritos que no podía contener. Mi acento caribeño se mezcló con sus palabras en italiano, una sinfonía de perdición donde las clases sociales desaparecieron. La giré sobre el colchón, dejándola a cuatro patas, y volví a golpearla con una nalgada que la hizo vibrar de placer y dolor.
—¡Eso es para que no se le olvide quién la puso a gozar! —le dije al oído, antes de volver a poseerla con una urgencia que me hacía temblar hasta los huesos.
Sus manos buscaban las mías, entrelazando nuestros dedos mientras el sudor nos unía en una sola piel. Los besos eran húmedos, ruidosos, cargados de una pasión que no tenía nada que ver con el amor y todo que ver con la biología desatada.
En el clímax, mi rugido de Alfa se unió a su grito de Omega, un sonido que debió escucharse hasta en los pasillos de la mansión, confirmándole a la vieja Isabella que su plan había funcionado a la perfección.
Nos quedamos ahí, entrelazadas, con los corazones latiendo a mil por hora, en medio de una habitación que ahora olía a sexo, feromonas y a una traición que, aunque fuera fisiológicos, se sentía demasiado real.
Yo no era una secretaria; era la dueña de la situación, dejando el sello de Quisqueya impreso en el alma y el cuerpo de la heredera de los Valenti. El calor del Caribe había derretido el hielo de Italia, y lo que quedaba era un desastre de placer que ninguna de las dos iba a poder olvidar al despertar a la mañana siguiente.
Continuará...🔥