La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.
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CAPÍTULO 13 Luz y acero
El mapa de Hassan cubría toda la mesa.
Leila lo había estudiado durante horas, memorizando cada pasadizo, cada salida, cada punto ciego donde los guardias no vigilaban. Elara había resultado ser una fuente inagotable de información: conocía el palacio mejor que nadie, había servido a tres generaciones de reyes y sabía dónde se escondían los secretos.
—Aquí —dijo, señalando un punto en el ala este—. Hay una entrada a las mazmorras que solo usan los carceleros. No está vigilada.
—¿Por qué?
—Porque nadie la conoce. Mi abuela trabajó en la construcción del palacio hace doscientos años. Me lo contó antes de morir.
Leila trazó la ruta con el dedo.
—¿Cuántos guardias?
—Dos en la puerta exterior. Cuatro dentro. El príncipe está en la celda siete, la última del pasillo.
—¿Armas?
—Los guardias llevan espadas. Usted no tiene ninguna.
—Tengo esto.
Levantó la mano. La luz bailó en su palma, tenue pero presente.
Elara la miró largamente.
—No va a rendirse, ¿verdad?
—No.
—¿Y si muere en el intento?
—Entonces muero. Pero no me rindo.
La elfa asintió lentamente.
—Su abuela —dijo— estaría orgullosa.
Leila parpadeó.
—¿Mi abuela?
—Los Aelindel no se rinden. Por eso los exterminaron. Eran demasiado peligrosos para los hechureros que querían controlarlos.
—No sé nada de mi abuela.
—Lo sé. Pero ella sí sabía de usted. Las Aelindel siempre saben cuándo va a nacer la siguiente.
Leila sintió un escalofrío.
—¿Cómo...?
—No tengo respuestas, mi señora. Solo fragmentos. Mi abuela me contaba historias, y su abuela le contaba a ella, y así hasta el principio de los tiempos. Las historias son lo único que nos queda cuando la magia se extingue.
—Pero la magia no se ha extinguido.
Elara sonrió.
—No. Porque usted está aquí.
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La noche de la tormenta llegó como una bendición.
Leila esperó a que las antorchas azules parpadearan —esa era la señal, Elara las alteraría con un hechizo menor— y entonces se deslizó fuera de sus habitaciones.
Vestía la túnica oscura. Los pantalones de sirviente. Las botas de suela blanda que no hacían ruido sobre la piedra.
Su corazón latía con tanta fuerza que temió que pudieran oírlo.
Concéntrate, se ordenó. Respira. Siente la luz. Siente el mapa.
Los pasillos estaban vacíos. La tormenta había llevado a la mayoría de los guardias a las murallas, donde la magia fronteriza amenazaba con desgarrarse. Nadie esperaba un ataque desde dentro.
Nadie esperaba a una humana con poderes de diosa.
Llegó a la puerta este. Dos guardias, como había dicho Elara.
Leila no dudó.
Salió de las sombras con las manos levantadas, la luz brotando de sus palmas como dos pequeñas estrellas.
—No os voy a hacer daño —dijo—. Solo quiero pasar.
Los guardias desenvainaron las espadas.
—Humana —dijo uno—. Vuelve a tus habitaciones.
—No puedo.
—Entonces morirás aquí.
—Lo intentaréis.
El guardia atacó.
Leila no sabía pelear con espada, pero sabía moverse. Había visto a Angrod entrenar, había memorizado sus posturas, sus giros, la forma en que anticipaba los golpes antes de que ocurrieran. Su luz no era un arma, pero podía cegar.
Y eso fue lo que hizo.
Un destello dorado, intenso, directo a los ojos del guardia. Él gritó, llevándose las manos al rostro. Su compañero retrocedió, desorientado.
Leila pasó entre ellos como una exhalación.
No los mató. No quería matar. Pero tampoco iba a dejar que la detuvieran.
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Las escaleras hacia las mazmorras eran interminables.
Leila bajó los peldaños de dos en dos, el corazón galopando, la luz latiendo en sus manos. No sabía cuánto tiempo tenía antes de que los guardias reaccionaran. No sabía si llegaría a tiempo.
Pero tenía que intentarlo.
Angrod, pensó. Angrod, aguanta. Ya voy.
El nivel de las celdas.
Cuatro guardias, como había dicho Elara. Estaban jugando a los dados, ajenos al caos que se avecinaba.
Leila no esperó.
Entró con la luz por delante, cegadora, implacable. Uno de los guardias alcanzó a desenvainar la espada, pero ella ya estaba sobre él, descargando un golpe de energía en su pecho. El elfo voló hacia atrás y se estrelló contra la pared.
Los otros tres cayeron en segundos.
Silencio.
Leila se quedó quieta, respirando agitadamente, la luz parpadeando en sus manos. Había sido rápido. Más rápido de lo que imaginaba.
—Leila.
La voz llegó desde el fondo del pasillo.
Ella levantó la vista.
Angrod estaba de pie en su celda, aferrado a los barrotes, mirándola como si ella fuera un milagro.
—Qué haces aquí —susurró.
—Rescatarte, idiota.
—No puedes...
—Ya lo hice.
Cruzó la distancia que los separaba y agarró los barrotes con ambas manos. La luz brotó de sus palmas, dorada y violenta, y el hierro ennegrecido comenzó a fundirse.
—Vas a agotarte —dijo él.
—No me importa.
—Leila.
—He dicho que no me importa.
Los barrotes cedieron.
Angrod salió de la celda como un animal liberado de su jaula. Su mirada recorrió el pasillo, los guardias inconscientes, las manos humeantes de Leila.
—Estás herida —dijo.
—No es nada.
—Tienes sangre.
—No es mía.
Él la agarró del rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo.
—Eres increíble —dijo—. Eres lo más increíble que he visto nunca.
—Ya me lo agradecerás después. Ahora tenemos que huir.
—Sí.
—¿Sabes por dónde?
—Sí.
—Entonces vámonos.
Él no se movió.
—Angrod. Vámonos.
—Un segundo.
La besó.
No fue un beso suave, ni tierno, ni contenido. Fue un beso de doce años de espera y tres días de cautiverio y miedo y alivio y amor. Fue un beso de soldado que vuelve de la guerra y encuentra su casa intacta.
—Ahora —dijo él contra sus labios—. Ahora vámonos.
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Corrieron.
Los pasadizos secretos de Hassan se abrían ante ellos como venas en la piedra. Angrod conocía cada recoveco, cada grieta, cada sombra donde esconderse. Su mano no soltaba la de ella ni siquiera cuando tenían que trepar por conductos estrechos o deslizarse por túneles olvidados.
—¿Adónde vamos? —preguntó Leila.
—A la puerta sur. Círdan nos espera.
—¿Quién es Círdan?
—Un aliado. Hay más gente de la que crees dispuesta a ayudarnos.
—¿Gente que quiere salvar a la humana?
—Gente que quiere salvar a su reino.
Doblaron una esquina y se encontraron frente a una puerta de hierro.
—Detrás de esto está el patio de armas —dijo Angrod—. Luego la puerta sur. Luego la libertad.
—Suena demasiado fácil.
—Lo es. Por eso me preocupa.
Abrió la puerta.
Y el infierno se desató.
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Malakor los esperaba.
No estaba solo. Una docena de criaturas de sombras pululaban a su alrededor, hambrientas, ansiosas. El hechicero flotaba sobre el suelo, envuelto en una nube de oscuridad, sus ojos rojos brillando en la penumbra.
—Príncipe —dijo, con voz de cuchillos—. ¿Creíste que podías escapar de mí?
—No creo —respondió Angrod, desenvainando la espada—. Sé que puedo.
—¿Con la ayuda de la humanita? ¿Con esa lucecita de juguete?
—Con ella —dijo Angrod—. Siempre con ella.
Malakor rió. Era una risa antigua, podrida, que olía a tumbas.
—Entonces moriréis juntos. Qué romántico.
Atacó.
Las sombras se lanzaron sobre ellos como una marea negra. Angrod las recibió con la espada, cortando, girando, abriéndose paso entre la oscuridad. Pero eran demasiadas.
—Leila —gritó—. ¡Ahora!
Ella no dudó.
La luz brotó de su pecho como un sol naciente. No era un destello, no era una explosión. Era un torrente continuo, dorado y cálido, que se derramó sobre las sombras y las disolvió como ácido.
Malakor chilló.
—¡No es posible! ¡No puedes tener tanto poder!
—Puedo —respondió Leila—. Cuando tengo por quién usarlo.
La luz avanzó hacia él. Malakor retrocedió, por primera vez en mil años, por primera vez en su existencia inmortal, retrocedió.
—Esto no se acabó —siseó—. Volveré. Y cuando lo haga, te arrancaré esa luz de las entrañas.
—Búscame cuando creas estar listo —respondió Leila—. Estaré esperando.
Malakor se desvaneció en la oscuridad.
Las sombras restantes huyeron con él.
Silencio.
Angrod y Leila quedaron solos en el patio de armas, rodeados de cenizas y ecos de batalla.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí. ¿Tú?
—Vivo. Gracias a ti.
—No me agradezcas.
—No te agradezco. Constato.
Ella casi sonrió.
—Tenemos que irnos —dijo—. Antes de que vuelva con refuerzos.
—Sí.
—¿Puedes caminar?
—Puedo.
—Entonces vamos.
Él la tomó de la mano.
Y juntos, por primera vez, corrieron hacia la libertad.
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Círdan los esperaba en la puerta sur, tal como había prometido.
El anciano elfo los miró con sus ojos plateados, evaluando las heridas, el agotamiento, la forma en que sus manos permanecían entrelazadas.
—Han llegado —dijo.
—No sin dificultades —respondió Angrod.
—Nunca es fácil traicionar a un rey.
—No lo traiciono. Lo reemplazo.
Círdan sonrió. Era una sonrisa arrugada, antigua, llena de esperanza.
—Eso he esperado oír durante cincuenta años —dijo—. Vengan. Los míos están en el bosque.
Salieron de Hassan.
El cielo violeta se abrió sobre sus cabezas, infinito y libre. Leila respiró hondo, llenando sus pulmones de aire que no olía a piedra ni a siglos de opresión.
—¿Estamos a salvo? —preguntó.
—Todavía no —respondió Angrod—. Pero lo estaremos.
—¿Cuándo?
—Cuando ganemos.
—¿Y cuándo será eso?
Él la miró.
—Cuando tú decidas.
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El campamento de los olvidados estaba oculto en el corazón del bosque negro.
No era grande: unas cincuenta personas entre elfos y humanos, algunos ancianos, algunos niños, algunos soldados que habían perdido sus batallas pero no su fe. Todos se volvieron para mirarlos cuando aparecieron.
—Es él —susurró alguien.
—El príncipe.
—El maldito.
—El salvador.
Angrod apretó la mandíbula. No estaba acostumbrado a que lo miraran así. No como a un monstruo, sino como a una esperanza.
Una niña elfa se separó del grupo y caminó hacia ellos.
Tendría unos siete años, el cabello plateado recogido en dos coletas, los ojos del color de la luna. Se detuvo frente a Leila y alzó la cabeza.
—¿Eres la humana que domina la luz? —preguntó.
Leila se arrodilló para quedar a su altura.
—Sí —respondió—. Me llamo Leila.
—Yo soy Aria —dijo la niña—. Mi abuela decía que vendrías. Decía que nos salvarías.
Leila sintió el peso de esas palabras en el pecho.
—¿Y tú qué crees? —preguntó.
La niña la miró largamente.
—Creo que mi abuela nunca mentía —respondió.
Leila respiró hondo.
—Entonces será mejor que no la decepcione —dijo—. Sí, Aria. He venido a salvaros.
La niña sonrió. Era una sonrisa pequeña, tímida, llena de dientes de leche y fe inquebrantable.
—Lo sabía —dijo—. Te estaba esperando.
Y entonces, como si esa fuera la señal que todos necesitaban, los olvidados se acercaron. Para tocarla. Para bendecirla. Para susurrar su nombre como una plegaria.
Leila. Leila. Leila.
Angrod la observaba desde la distancia, con los brazos cruzados y el corazón desbocado.
No nací para ser héroe, pensó. Pero ella sí. Ella nació para esto.
Y yo voy a estar a su lado, aunque el mundo entero se oponga.
Aunque tenga que arder con ella.
Especialmente si tengo que arder con ella.
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Esa noche, en la tienda que Círdan les había asignado, Leila lloró.
No eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de alivio, de agotamiento, de todo lo que había contenido durante días.
Angrod la sostuvo en silencio, acunándola contra su pecho, acariciando su cabello dorado.
—¿Por qué lloras? —preguntó.
—Porque tengo miedo —respondió ella—. Porque no sé si podré hacerlo.
—¿Hacer qué?
—Salvarlos. Cumplir la profecía. Ser quien ellos creen que soy.
Él guardó silencio un momento.
—¿Sabes lo que yo veo cuando te miro? —dijo al fin.
Ella negó con la cabeza.
—Veo a una mujer que cruzó mundos sin pedirlo. Que fue arrancada de su hogar, encerrada en un palacio, condenada a muerte. Y en lugar de rendirse, aprendió. Luchó. Me salvó a mí, que ni siquiera merecía ser salvado.
—Tú mereces...
—Déjame terminar. Veo a una mujer que habló de igual a igual con un rey. Que derritió barrotes de hierro con sus propias manos. Que hizo retroceder a un dios. ¿Y sabes qué? Esa mujer eres tú. No una profecía. No una leyenda. Tú.
Leila lo miró largamente.
—¿Y tú qué ves cuando te miras? —preguntó.
Él desvió la mirada.
—A alguien que está aprendiendo —respondió—. A alguien que todavía no sabe quién es, pero quiere descubrirlo.
—¿Conmigo?
—Solo contigo. Siempre solo contigo.
Ella sonrió. Era una sonrisa pequeña, húmeda, pero real.
—Entonces será mejor que empecemos —dijo.
—¿A qué?
—A descubrir quiénes somos. Juntos.
Él asintió.
Y en la penumbra de la tienda, bajo el cielo violeta de Hassan, dos almas rotas comenzaron a soldar sus grietas.
Una con luz.
Otra con oscuridad.
Pero ambas, por primera vez, enteras.
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No nací para ser héroe.
Pero los héroes no nacen: se hacen.
Se hacen en cada batalla, en cada herida, en cada vez que se levantan después de caer.
Y yo, que he caído tantas veces que perdí la cuenta...
Hoy, por fin, aprendí a levantarme.
Por ella.
Para ella.
Con ella.