Elior siempre se sintió fuera de lugar.
En su vida pasada fue profesora de ciencias, alguien que creía en la lógica… hasta que murió y despertó en un mundo regido por jerarquías, vínculos y destinos imposibles de ignorar.
Ahora es un omega masculino de belleza andrógina, hijo de los duques del Ducado de Lirien, rodeado de protección… y de miradas peligrosas.
Desde antes de renacer, soñaba con un hombre que nunca vio, pero que su cuerpo siempre reconoció.
Cuando el mundo intenta reclamarlo como una oportunidad política, Elior descubre que el vínculo que lo llama no exige posesión, sino espera.
🌙 Omegaverse · Reencarnación · Romance BL · Deseo contenido · Consentimiento
Advertencias:
Presión política sobre omegas · Intentos de reclamo forzado (no consumados) · Tensión emocional intensa
✔️ Sin violación
✔️ Sin romance forzado
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11: El primer gesto
No fue una decisión ruidosa.
No hubo un pensamiento claro que dijera ahora. Tampoco una emoción tan intensa que me empujara a actuar sin medir consecuencias. Fue algo mucho más pequeño… y por eso mismo, más difícil de ignorar.
Me desperté con la sensación de haber dormido profundamente, sin sueños que pudiera recordar con claridad. El cuerpo estaba tranquilo, asentado, como si hubiera dejado de pelear consigo mismo durante unas horas.
Eso ya era extraño.
Me quedé unos minutos observando el techo, escuchando los sonidos suaves del ducado al despertar. El murmullo distante de pasos, el roce de telas, una voz apagada en algún corredor cercano. Todo era normal.
Demasiado normal.
Y aun así, había algo distinto en mí.
No ansiedad.
No urgencia.
Disponibilidad.
Me incorporé despacio y apoyé los pies en el suelo frío. La sensación me recorrió con nitidez, anclándome al presente. Respiré hondo, permitiéndome sentir sin huir.
No pasó nada extraordinario.
Y sin embargo, supe que ese momento importaba.
Durante la mañana cumplí con las rutinas habituales. Conversaciones medidas, miradas atentas, el cuidado constante de quienes me rodeaban. Respondí con la calma que había aprendido a construir, pero esta vez no me sentí desgastado por ello.
Era como si algo en mí hubiera dejado de resistirse.
Al mediodía, mientras caminaba solo por una de las galerías menos transitadas, me detuve sin razón aparente. El sol se filtraba entre las columnas, dibujando sombras largas sobre el suelo de piedra. El aire estaba tibio, quieto.
Cerré los ojos.
No para escapar.
Para escuchar.
Y lo sentí.
No como una presencia abrumadora ni como una llamada urgente. Fue más bien una dirección. Un punto de atención que no exigía movimiento, pero que estaba ahí, constante.
Mi corazón se aceleró apenas.
—No estoy huyendo —susurré, sin saber por qué sentí la necesidad de decirlo en voz alta.
El gesto que siguió fue mínimo.
Llevé una mano a mi pecho.
No como defensa.
Como reconocimiento.
El contacto despertó una calidez suave que se expandió lentamente, acomodándose en mí sin sobresaltos. No hubo imágenes, ni palabras ajenas. Solo una sensación clara de ser visto… sin estar expuesto.
Mis dedos se cerraron levemente sobre la tela.
—No sé quién eres —continué en voz baja—.
—No sé qué significa esto.
Mi voz no tembló.
—Pero hoy… no voy a negarlo.
El aire pareció cambiar, apenas.
No como una respuesta inmediata.
Como una aceptación tranquila.
Sentí el vínculo asentarse un poco más, no tirante, no invasivo. Como si alguien hubiera escuchado y decidido respetar el espacio exacto que yo estaba ofreciendo.
Eso fue lo que me estremeció.
No avanzó.
No reclamó.
Esperó.
Abrí los ojos y dejé que la luz me envolviera. Mi respiración volvió a un ritmo normal, y el mundo siguió exactamente igual. Nadie apareció. Nadie dijo nada.
Y aun así, supe que algo había cambiado.
Porque por primera vez desde que desperté en este cuerpo, no estaba reaccionando.
Estaba eligiendo.
Seguí caminando, con pasos lentos pero firmes. Cada movimiento se sentía más propio, menos prestado. El deseo seguía ahí, sí, pero ya no era una fuerza que me empujara desde atrás.
Era algo que caminaba conmigo.
Más tarde, cuando regresé a mi habitación, me detuve frente al espejo. El reflejo seguía siendo extraño, pero ya no me incomodaba de la misma forma. Observé mis rasgos con atención nueva, como si intentara reconocerme desde cero.
—Está bien —dije al reflejo—. Vamos despacio.
La respuesta no vino del espejo.
Vino de adentro.
Una estabilidad cálida, firme, que no pedía más de lo que yo estaba dispuesto a dar.
Me recosté esa noche sin anticipación ansiosa. No busqué el sueño ni el recuerdo. Simplemente dejé que el cansancio me alcanzara.
Antes de cerrar los ojos, un pensamiento claro se formó con serenidad inesperada:
No he dado un paso hacia ti.
He dejado de retroceder.
Y eso…
eso ya no tenía vuelta atrás.