Elías era un estudiante de arquitectura solitario, tímido y sensible. Vivía para dibujar, cantar en silencio y refugiarse en novelas románticas donde el amor era intenso y absoluto. Tras la muerte de su abuela —la única persona que lo comprendía—, su mundo quedó vacío… hasta que una historia BL cambió su destino.
En aquella novela, el villano llamó su atención más que nadie:
un alfa poderoso, frío y temido, el gran duque del norte.
Un hombre incomprendido, marcado por una infancia cruel y condenado a morir solo entre el hielo.
Elías lo entendió.
Y lo amó… aun sin existir.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Tras perder la vida en un accidente, Elías despierta reencarnado en un mundo de fantasía, convertido en un omega masculino, de belleza delicada y mirada tierna. El mundo de la novela es ahora real… y el duque del norte también.
Esta vez, Elías no piensa ser un espectador.
Esta vez, no permitirá que el villano muera solo.
Entre jerarquías alfa–omega, heridas del pasado y
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Capítulo 14: Donde el hogar reconoce al elegido
El día amaneció claro, con una luz suave filtrándose entre nubes altas, como si el cielo mismo avanzara con cuidado. El salón principal del ducado estaba preparado con sencillez: flores claras, té humeante, ventanales abiertos al aire fresco. No era una ceremonia pública. Era algo más profundo.
Era familia.
El omega entró acompañado del duque. Caminaba despacio, aún con esa timidez que no lo abandonaba del todo, pero había firmeza en su paso. No estaba solo. Ya no lo estaría.
Sus padres los esperaban.
El padre fue el primero en avanzar. Observó al duque con atención, no como gobernante, sino como padre que mide el corazón de quien ama a su hijo. Luego inclinó la cabeza.
—Gracias —dijo—. No como duque. Como padre.
El silencio se volvió denso de emoción.
—Cuando nos dijeron que había desaparecido… —continuó— pensé que fallé como protector. Pero tú lo trajiste de vuelta. Vivo. Entero. Y sin miedo en la mirada.
La madre se acercó entonces. Su omega masculino tomó las manos del duque, apretándolas con gratitud sincera.
—Lo envolviste con tu presencia —dijo con la voz temblorosa—. Como haría alguien que ama de verdad.
El duque inclinó la cabeza con respeto absoluto.
—Lo amo —respondió—. Y lo elegiré siempre.
El omega sintió que el pecho se le apretaba. Respiró hondo… y dio un paso al frente.
—Padre… madre… —dijo con voz suave—. Hay algo que quiero contarles.
Los hermanos gemelos se giraron hacia él de inmediato. Sus miradas, siempre vigilantes, se suavizaron.
—Fue en el lago —continuó el omega, bajando la mirada, aún sonrojado—. En el mismo lugar donde… donde me escuchó cantar por primera vez.
El duque lo miró, sorprendido, pero no lo interrumpió.
—Yo aún tenía miedo —confesó—. Después de lo que pasó… temía que todo fuera frágil. Pero él… —alzó la vista hacia el duque— se arrodilló. No como gobernante. Como alguien que elige.
La madre se llevó una mano al pecho.
—Me pidió caminar juntos —dijo el omega—. Construir un hogar donde no tenga que volver a sentirme solo.
Los hermanos intercambiaron una mirada profunda. Uno de ellos sonrió apenas.
—Y dijiste que sí —afirmó.
El omega asintió, con lágrimas brillando en los ojos.
—Lo elegí —susurró—. Incluso con miedo.
El padre cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había orgullo y emoción contenida.
—Entonces… —dijo— llegamos al momento correcto.
Hizo una seña y una pequeña caja de madera oscura fue colocada sobre la mesa. La abrió con cuidado, revelando el símbolo ancestral dividido en dos piezas complementarias.
—Este vínculo se entrega solo una vez en la vida —explicó—. De familia en familia. Para los omegas que eligen y son elegidos.
Colocó una mitad en la mano del duque.
—Responsabilidad. Protección. Elección constante.
Luego puso la otra mitad en la mano temblorosa del omega.
—Confianza. Entrega. Permanencia.
Unió las manos de ambos.
—Desde hoy, esta familia reconoce su promesa.
La madre no pudo contener las lágrimas. Abrazó a su hijo con fuerza, besándole el cabello.
—Has encontrado un hogar —susurró—. Y eso es todo lo que siempre quise para ti.
Los hermanos se acercaron también. Uno colocó una mano firme en el hombro del duque.
—Si alguna vez flaqueas —dijo—, recuerda que no caminas solo.
El otro asintió.
—Ahora eres parte de nosotros.
El omega lloró entonces. No de dolor.
De alivio.
El duque lo sostuvo sin palabras, apoyando la mejilla contra su sien.
El día continuó en calma. Té compartido. Conversaciones suaves. El símbolo ancestral brillando entre sus manos, incompleto por separado, perfecto cuando estaban juntos.
Y mientras el sol avanzaba, una verdad quedó grabada en todos los corazones:
El omega fue elegido.
El duque fue aceptado.
Y el hogar… estaba completo.