Me llamo Araceli Durango, y toda mi vida me han señalado como la mala del cuento.
La manipuladora.
La egoísta.
La que destruye todo lo que toca.
Y quizá tengan razón.
No nací siendo un monstruo…
Pero cuando te enseñan desde pequeña que el mundo solo respeta a los fuertes, aprendes rápido a ocultar tus heridas detrás de una sonrisa afilada. A empujar primero antes de que te empujen. A tomar lo que quieres, incluso cuando no deberías.
Durante años construí mi reputación:
la mujer que nadie podía engañar, la que siempre ganaba, la que controlaba cada pieza del tablero.
Todo iba bien… hasta que Yubitza Sandoval regresó a mi vida.
La chica que una vez llamé amiga.
La única que vio mi vulnerabilidad.
La que, sin saberlo, presenció el día en que dejé de ser víctima y me convertí en la villana que todos temen.
Ahora, Yubitza aparece con una sonrisa que me hiere más que cualquier golpe del pasado, dispuesta a demostrar que no soy tan invencible como aparento. Su regreso reabre las puertas
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Un mínimo acto de bondad
El control siempre había sido mío, no porque me lo regalaran, sino porque lo sabía tomar, desde niña aprendí que el mundo no se mueve por justicia ni por amor, sino por debilidades y yo sabía verlas, sabía tocarlas, sabía apretarlas hasta que dolieran.
Elías era una de esas debilidades, no por lo que sentía, sino por lo que debía, culpa, responsabilidad, apariencias, todo eso lo hacía predecible y lo predecible se domina.
Pero ese día… ese día algo se salió del guion, todo empezó con una mirada distinta, breve, incomoda, no fue ternura, no fue amor, fue algo peor, humanidad.
Y eso me desconcertó, necesitaba recuperar mi centro, mi eje, Elías tenía que volver a estar bajo mi poder, así que empecé a idear un plan, tenía que ser perfecto, sin errores, sin testigos que dudaran, sin fisuras.
El bebé —ese pequeño, convertido en herramienta— tenía que servir para algo.
Siempre sirve.
Caminaba por el pasillo con la mano apoyada en el vientre, marcando el paso lento, vulnerable, aprendí a moverme así, ni demasiado frágil, ni demasiado firme, lo justo para provocar miradas. Para generar expectativa, para que todos recordaran que yo era la que estaba gestando vida, mientras ellos solo observaban.
Y entonces la vi, Yubitza estaba junto a las escaleras, inocente, desprevenida, demasiado segura de su lugar, demasiado limpia, perfecta.
Ajusté la respiración, bajé un poco los hombros, dejé que el cansancio se notara en mis ojos, todo estaba calculado.
Cuando vi a Elías aparecer al fondo del pasillo, supe que era el momento.
Me acerqué a Yubitza con pasos suaves, casi amistosos, pude oler su perfume, esa mezcla ridícula de jabón y tranquilidad, levanté la vista justo cuando Elías giró hacia nosotras.
Y entonces… caí.
No fue una caída torpe, fue dramática, escandalosa, el cuerpo rodando por los escalones, el golpe seco, el grito ahogado, la mano protegiendo el vientre.
El silencio que siguió fue delicioso.
—¿Por qué, Yubitza? —sollozé, con la voz rota, el llanto perfectamente dosificado—. Mi bebé es inocente…—
Eso bastó, no necesitaba más palabras, no necesitaba lágrimas reales, el murmullo se propagó como pólvora, las miradas se clavaron en ella, Yubitza pálida, paralizada, sin entender, la duda sembrada, la culpa flotando en el aire.
Y Elias…Elias la miró diferente...Ahí estuvo el primer quiebre...No fue rabia, fue decepción y eso duele más.
Me tomó en brazos sin decir nada, su contacto era firme, urgente, no me preguntó, no dudó, no escuchó explicaciones, me llevó directo al hospital mientras yo lloraba contra su pecho, escondiendo una sonrisa que nadie vería.
Todo estaba saliendo perfecto o eso creí.
En el hospital, el caos siguió su curso, médicos, preguntas, monitores, voces rápidas, yo respondía lo justo, débil, asustada, protegiendo mi vientre como si fuera lo único que importaba.
Elías no se movió de mi lado, eso era nuevo, no me hablaba, pero tampoco se iba, no revisaba el teléfono, no miraba el reloj, solo estaba ahí, tenso. Callado, presente y esa presencia empezó a incomodarme.
—El bebé está bien —dijo finalmente el médico—. Solo fue un susto.—
Sentí alivio, claro, pero no por las razones que todos creían.
Cuando el médico se fue, Elías se quedó de pie frente a la cama, sus manos apretadas, su mandíbula rígida.
—No tenías que pasar por esto —dijo al fin.
No era una disculpa, no era una promesa, era… culpa y ahí estuvo el gesto, se sentó a mi lado, no como obligación, no como espectáculo, sino porque parecía no saber qué más hacer.
Me acomodó la manta con torpeza, evitó mirarme directamente, como si temiera encontrar algo que no quería ver.
—Descansa —añadió, más bajo—. Yo me quedo.—
Ese fue el momento, ese mínimo acto de bondad que no pedí, que provoqué, que planeé.
Por primera vez no sentí que lo tenía bajo control absoluto, por primera vez, Elías no actuaba por presión, sino por decisión y eso era peligroso.
Cerré los ojos fingiendo agotamiento, mientras mi mente trabajaba a toda velocidad, tenía que reajustar, redefinir, recuperar el dominio.
Porque si empezaba a verme como humana…si dejaba de ser solo culpa, si ese gesto se repetía, entonces el juego cambiaría.
Elías pensó que dormía.
Lo supe por la forma en que cerró la puerta, despacio, casi con cuidado, ese tipo de cuidado que no nace del amor, sino de la conciencia, escuché sus pasos alejarse por el pasillo y recién entonces abrí los ojos, el techo blanco del hospital me devolvió la mirada vacía mientras mi mente retomaba su ritmo natural.
Pensar, planear, controlar.
Ese mínimo gesto de bondad todavía me ardía en la piel, no podía permitir que me confundiera, los hombres no cuidan por ternura, cuidan por culpa y la culpa se usa.
La puerta se abrió de nuevo, interrumpiendo mis pensamientos, esta vez no fue silenciosa, era Diego.
Llevaba bata de doctor, el cabello ligeramente desordenado y esa sonrisa que no pedía permiso, que entraba directo, como si supiera exactamente el efecto que causaba. Sentí cómo algo dentro de mí se acomodaba en su lugar, una sonrisa lenta se dibujó en mis labios antes de que pudiera detenerla.
Por fin, ahora tenía un aliado.
Diego se acercó a la cama con pasos seguros, revisando la pulsera en mi muñeca, el monitor, cualquier excusa para mirarme sin disimulo. Yo lo observé a través de las pestañas, vulnerable por fuera, despierta por dentro.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, con voz suave, profesional… pero no del todo.
Ahí estaba la grieta, sabía perfectamente qué hacer para ponerlo de mi lado, no con órdenes, no con mentiras burdas, con necesidad, con esa sensación peligrosa de ser indispensable.
—Asustada —respondí en un susurro—. Pensé que lo perdía…—
Mis dedos temblaron lo justo al apoyarse sobre el vientre, Diego tensó la mandíbula, el instinto se activó, como siempre.
—Fue solo un susto —dijo—. Pero tienes que cuidarte.—
Levanté la mirada, húmeda, rota.—A veces siento que estoy sola en esto…—
No era verdad, pero sonaba real y eso bastaba.
Diego se sentó al borde de la cama, demasiado cerca, no se apartó, yo tampoco.
—No lo estás —aseguró—. Yo estoy aquí.—
Perfecto.
Incliné la cabeza, dejando que mi mano rozara la suya, como por accidente, no la retiró, al contrario, sus dedos se cerraron lentamente sobre los míos.
El fuego.
Diego era fuego puro, impulsivo, protector, fácil de encender.
Y yo… yo quería quemarme en ese fuego.
No por pasión, por estrategia.
Porque mientras Elías se debatía entre la culpa y la decencia, Diego ya estaba donde lo necesitaba, creyendo que me salvaba, sin saber que acababa de entrar en mi juego.
Y esta vez, no pensaba fallar.
ojalá puedas investigar algo por que esa niña es igual de mala que la madre ojalá cuando esa aparezca disque a reclamar lo que es suyo Araceli lo deje libre a si sin más será un golpe bueno para el idiota de Elías 😡😡😡
sería increíble que Araceli le dijera y le entregará al Elías sin reclamos comí siempre eso la aria arder más a la Yubitza 😂
le dije les dije desde el primer capítulo la autora quiso o hizo que odiaríamos a la equivocada🤭🤭🤭
y yo estoy en esas por que en el primer capítulo como le eche más a Araceli pero ahora amo su frialdad
ojalá también sepa que tiene a una empleada traidora en su casa 😡