“Para heredar el imperio de la mafia, Pedro necesita ser entrenado por los gemelos Danilo y Diogo. Pero las lecciones de poder pronto se convierten en juegos de deseo, donde el placer es el arma más peligrosa y el heredero se convierte en el premio.”
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Capítulo 14
Danilo bajó las escaleras de la mansión, su andar silencioso sobre el mármol frío. La luz de la mañana entraba en anchas franjas por las ventanas del piso de abajo. La casa estaba en silencio, excepto por el ruido suave de las ollas proveniente de la cocina. Espió la sala de estar y el jardín de invierno. Nada.
"¿Aún no se ha despertado?", preguntó Danilo, entrando en la cocina, donde Diogo, ya impecablemente vestido, revolvía una sartén con huevos revueltos.
Diogo ni siquiera se giró. "Aún no. Ve a despertar a nuestro príncipe heredero. Ya comienza el día con una visión increíble". Una leve sonrisa tocó sus labios.
Danilo no perdió tiempo. "Voy. No hace falta pedirlo dos veces para una misión como esa".
Subió las escaleras de dos en dos, una energía depredadora en sus pasos. Se detuvo frente al cuarto de Pedro y, sin ceremonia, sin llamar, abrió la puerta y entró.
El cuarto estaba sumido en una penumbra acogedora, las cortinas gruesas aún cerradas. La forma de Pedro era un montón de mantas en la cama grande.
"¡Oh, princesa!", anunció Danilo, su voz resonando en el cuarto silencioso.
Pedro no se movió. Solo un ronquido suave respondió.
Danilo sonrió, un plan se formaba en su mente. Vio el vaso de agua en la mesita de noche. Sin dudarlo, tomó el vaso y, con la puntería de un tirador de élite, lanzó un chorro frío y preciso directamente en el rostro de Pedro.
El efecto fue instantáneo. Pedro gritó y se sentó en la cama de un salto, jadeante, el agua escurriendo por su cabello y por su rostro.
"¿ESTÁS LOCO, DANILO?", gritó, frotándose los ojos con el dorso de las manos.
Danilo se quedó parado, con los brazos cruzados, con una sonrisa amplia y desafiante. "Es para que te despiertes. Y tomes café. Aquí no se ha convertido en un palacio para que te despiertes a la hora que quieras, su alteza".
Pedro lo miró fijamente, aún aturdido y empapado. "¡Eres un loco! ¡No hacía falta despertarme así!".
"Lo encuentro más divertido", Danilo se encogió de hombros, la imagen de la inocencia. "Diogo ya ha hecho el desayuno. Levántate y arréglate. Si no, vuelvo con la jarra de agua. Prometo que es más fría".
Pedro murmuró algo ininteligible, pero ya estaba echando las piernas fuera de la cama. Su camiseta estaba mojada y pegada al pecho. "Ustedes dos son insoportables por la mañana".
"Somos insoportables todo el día, gatito. Tú eres el que aún no se ha acostumbrado". Danilo le echó otra mirada demorada a Pedro, aún desorientado y con la ropa pegada al cuerpo, antes de darse la vuelta para salir. "Cinco minutos. O la próxima es con hielo".
"¡Que te jodan, Danilo!", gritó Pedro a la espalda del gemelo, que ya desaparecía por la puerta.
"¡Ya lo he intentado, no es lo mismo!", la voz de Danilo resonó por el pasillo, seguida por una risa.
Solo, Pedro se levantó, aún murmurando. Cogió una toalla y se secó el rostro y el cabello. La rabia inicial estaba dando lugar a una sensación extraña... de formar parte de algo. Aquella intimidad agresiva, aquella falta total de formalidad, era horrible y, de una manera torcida, maravillosa. Era el opuesto completo de la casa helada y controlada de su padre.
Miró hacia la puerta cerrada, imaginando la sonrisa satisfecha de Danilo. Una sonrisa lenta se formó en sus propios labios. Podían ser insoportables, pero sin duda sabían cómo hacer que un tipo se despertara vivo.
Se vistió rápidamente, la amenaza de la jarra de agua aún fresca en su mente. El olor del café y de los huevos llegaba hasta su cuarto,