La vida de Alina Levine se ve arruinada cuando es llevada a prisión acusada de un crimen que no cometió. Gracias a eso pierde a sus amigos y al amor de su vida: Christian Walton.
Años más tarde, Alina sale de prisión y está dispuesta a luchar por demostrar su inocencia ante las personas que la acusaron años atrás.
No obstante, siendo acusada injustamente, encerrada, sin la posibilidad de defenderse, ¿podría aquella nueva oportunidad ser suficiente para limpiar su nombre?
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CAPÍTULO 13.
CAPITULO 13.
Joseph se quedó rígido, el aliento suspendido por un instante. Un impulso lo arrojó de la silla y fue al encuentro de la pequeña de cuatro años.
—Estoy aquí, amor. —exclamó tomándola en brazos.
—¿Con quién hablas? —preguntó la niña, refregando sus ojos y recostándose contra el pecho de su padre, aún somnolienta.
—Es una amiga, ¿recuerdas a Ali?, te hablé de ella.
—Sí. —Respondió la pequeña, aunque el sueño la pudo más que su curiosidad.
Joseph se giró en sus talones y miró a Alina, quien lo observaba expectante.
—¿Puedes ayudarme a arroparla?, te explicaré todo luego.
Ali asintió y se puso de pie de inmediato para seguir a Joseph hasta el cuarto de la nena. Un bonito cuarto de color rosa con decoraciones de Barbie. Alina sonrió. Se acercó a la cama de la pequeña y corrió las sábanas para que su padre pueda acostarla y luego arroparla. Ella encendió una lámpara que iluminaba estrellas y luego de que Joey deje un beso en la coronilla de su cabeza, salieron de la habitación y se dirigieron nuevamente a la sala de estar.
—Lo siento Joseph, yo no sabía que tú estabas…
—¿Qué? —Interrumpió. —¿Casado?
Ali asintió y Joseph soltó una pequeña risa.
—Solo soy padre, Ali. Padre soltero.
—¿Qué hay de la mamá, de la pequeña? —se atrevió a preguntar con confianza.
—Fue algo pasajero. —Exclamó. —Un día apareció en la puerta y me entregó a la niña recién nacida con un sobre. Dijo que no deseaba ser madre y que me encargue del “problema”, se refirió así de ella, de su hija.
—¿Qué contenía el sobre? —preguntó Ali, con curiosidad.
—Eran papeles firmados ante jueces, abogados y demás funcionarios donde ella renuncia totalmente a la niña sin derecho a reclamar la tenencia en el futuro.
—Eso es… terrible. —Dijo Ali.
—Su nombre es Nirvana. —Exclamó Joseph.
—Como tu banda musical favorita. —Respondió Ali y a Joseph le brillaron los ojos al saber que ella aún recordaba esas cosas. —Es un hermoso nombre.
—Nirvana es mi razón de vivir. —Respondió él.
—¿Cómo le haces cuando trabajas?
—Tiene una niñera y, en algunas ocasiones, mi madre la cuida.
—Siento que te incomoda, que yo sepa de su existencia. —Respondió ella.
—No, no es eso. —Dijo él, tomando sus manos. —No quería que te enteraras así. Pero tampoco encontraba la manera de decírtelo.
—¿Es porque estuve en la cárcel?, Joseph, de verdad lo entiendo…
—No, no Ali, claro que no. Le he hablado de ti a mi hija.
—¿De verdad?
—Claro que sí. —Dijo él. —Estoy seguro de que le encantará conocerte.
—¿Tal vez pueda venir mañana? —preguntó ella.
—O puedes quedarte. —Respondió él.
—Está bien. —Exclamó ella.
Siempre llevaba una muda extra de ropa en su bolso y elementos de aseo, por lo que no le preocupaba pasar la noche fuera de casa.
—Sé que es tarde, pero necesito ducharme.
—Puedes hacerlo en mi habitación. —Respondió Joseph.
Alina asintió y se dirigió a la habitación. Joseph se quedó de pie en el centro de la sala, sintiendo una repentina incomodidad. El simple hecho de que ella estuviera en su baño, usando sus cosas, hacía que el apartamento se sintiera más pequeño, cargado de una intimidad que intentaba ignorar. Se obligó a sí mismo a ir a la cocina, concentrándose en el goteo del grifo.
—Relájate, es solo Ali. Es solo tu amiga. —Pero la voz en su cabeza sonaba débil.
La recordó hace días en el club, en ese traje de baño rojo, y el recuerdo hizo arder su piel.
Luego de unos minutos en la ducha, salió envuelta en una toalla.
El sonido de la puerta abriéndose fue como un click en el silencio.
—¿Me prestas una camiseta?, no tengo pijama.
Joseph se giró, y se quedó paralizado. La toalla blanca, apenas sujetada, era una invitación y una barrera a la vez. El vapor que la seguía era casi un halo. Vio las gotas de agua resbalando por su cuello hasta desaparecer bajo el tejido, y su respiración se enganchó.
—No la mires. —La orden mental era inútil.
Sus ojos se fijaron brevemente en esas cicatrices que ya conocía, que había visto sin que ella lo notara y el deseo se mezcló con una intensa ternura. Era fuerte, pero frágil. Tenía que ser un caballero, un refugio. Cualquier otro impulso era una traición.
Se obligó a bajar la mirada, sintiendo la tensión en su mandíbula. El aire entre ellos vibraba. Quería acercarse, tocarla, decirle que todo estaba bien, que él estaba allí, pero se quedó clavado, temiendo que un solo movimiento revelara la lucha volcánica que estaba ocurriendo dentro de él.
—Joseph, ¿estas bien? —pregunto ella.
—Si. —Dijo el, con un hilo de voz.
Joseph busco la camiseta y espero pacientemente en la habitación a que ella terminara de vestirse.
Él se acostó en la cama con los ojos cerrados. Estaba un poco cansado, ya que su día había sido algo movido.
—¿Puedo dormir contigo? —pregunto ella y él abrió los ojos de repente al oír su voz. Se quedó unos minutos analizándola de arriba a abajo, viendo lo bien que se le veía la camiseta de la famosa banda del género “grunge” que a él tanto le fascinaba.
En ese momento sintió a su corazón detenerse. La imagen era demasiado, demasiado sexy para lo que su corazón estaba dispuesto a soportar.
Sin embargo, no se permitió hacer nada. Solo protegerla, acompañarla y apoyarla en este momento tan difícil para ella.
—Claro que sí, ven aquí. —Le respondió, sonriendo.
Alina apagó la luz y se acomodó junto a Joseph. Permanecieron unos minutos en silencio hasta que ella preguntó:
—¿Fue por Nirvana que debiste ausentarte hoy?
—Sí. —Dijo. —La niñera me llamó preocupada porque no le podía bajar la fiebre. Pero ya está mejor, es por el crecimiento y todas esas cosas.
—Eres muy valiente. —Respondió ella. —No cualquier hombre haría lo que tú hiciste. Criaste solo a tu hija.
—Si hubieras visto a través de mis ojos el día que ella llegó, entenderías cuánto la amo. —Dijo él.
Alina se acurrucó aún más en los brazos de su amigo, hasta que ambos lograron conciliar el sueño.
Despertaron unas horas más tarde, estando muy cerca el uno del otro. Alina se quedó observándolo durante unos minutos. Había algo en él, algo que años atrás, cuando era novia de Christian, no notaba. O tal vez sí, pero no se permitía sentir.
Ahora lo veía con otros ojos, aunque no pueda interpretar que es ese sentimiento que sale a flote cada vez que él está.
Ali elevó su mano y comenzó a acariciar de forma lenta, muy suave, su mejilla. Contorneo el borde de su nariz y cuando iba a bajar hacia sus labios, Joseph abrió los ojos, obligándola a retroceder.
—Buen día. —Exclamó él con una sonrisa radiante.
Alina sonrió en respuesta. Estaba avergonzada de que él hubiese notado lo que ella hacía mientras dormía.
Sin embargo, Joseph no dijo nada, simplemente acarició su mejilla y corrió un mechón de cabello que caía sobre su rostro.
El momento era perfecto. Hasta que fueron interrumpidos por unos suaves toquidos en la puerta.